CARTAGENA DE INDIAS
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Cartagena es la gran plaza militar de América Española, a la que Felipe II dedicara un histórico lamento por el costo excesivo que demandaban las fortificaciones. En tres siglos de ruda defensa, primero contra los indios, después contra las potencias europeas enemigas de España, corsarios y aventureros, tuvo como primera galería de atacantes a tres franceses: Baal, Coté y de Pointis; y a tres ingleses: Hawkings, Drake y Vernon. Algunos de ellos, anteriores a la época en que se completaron las defensas, tuvieron éxito, con los consiguientes saqueos y pérdidas humanas. Mucho después, el siglo XIX trajo también otra tanda de penalidades durante la Independencia y la República: sitios impuestos por Bolívar y Morillo; tomas a manos de distintas facciones en las contiendas civiles, bloqueos navales de Inglaterra, Francia e Italia en reclamo de deudas. Dieciocho ataques totalizan la historia militar de la ciudad.

Los cartageneros son particularmente orgullosos de dos de esos episodios: la legendaria victoria ante la flota inglesa del Almirante Edward Vernon (186 barcos con más de quince mil hombres) en l.741. Y una dolorosa derrota: habiendo sido la primera provincia en declarar la Independencia absoluta de España en Noviembre de l.811, fue también la primera en sufrir el asedio que le impuso el ejército del Rey - el propio constructor de las defensas -, al emprender allí la Reconquista en l.815, al costo de un tercio de la población. De ahí le viene el título de "Heroica", que parece tan lejano al nuevo sentimiento de ternura, de femenino engalanamiento con que se rodea ahora el "corralito de piedra" , nombre que los colombianos le dan a esta bella ciudad en trance de muchacha adolescente.

Mirándola desde una aspillera de cañón en lo alto de los baluartes, entre la fronda de árboles añosos, dese un minuto de imaginación hacia el pasado. Empiece por enmarcar el mismo paisaje que hoy tiene ante si: una vieja ciudadela encerrada por gruesas murallas, a los pies de un inmenso fuerte - San Felipe de Barajas- el más grande castillo militar americano. El espeso ambiente del recinto cruzado por callejuelas de trazo recto y estrechez casi medieval, a menudo flanqueadas por la hilera de contrafuertes de alguna Iglesia, o por largos pórticos. Pequeñas plazuelas, recodos, sorpresas envolventes por entre el tejido urbano. Encima, techumbres en teja de barro a dos aguas salteadas de torres, campanarios y muros almenados, miradores hacia la bahía sobre las casas de antiguos mercaderes o de contrabandistas para observar la llegada de los barcos. Cúpulas renacentistas.

Largas filas de balcones florecidos para dar noticias de vecindario y refrescar los espacios domésticos, refugiados en las plantas de arriba. Grandes portales, contraportones, vestíbulos, despachos de negocios, tiendas y depósitos, en las plantas de abajo. Más adentro, solares, dobles patios y claustros por doquier; y en el interior de éstos, ramajes verdes, helechos, flores encendidas, pozos de agua fresca en aljibes de piedra. El olor de algas y la humedad salobre del mar, omnipresentes. En mitad del paisaje urbano, el cerro de la Popa cortando el horizonte en diagonal, y en un extremo, suspendidas, las paredes blancas de su viejo monasterio agustino, como un arbotante contra el cielo cruzado de nubes y alcatraces. Y el sol intenso.

Evoquemos un día cualquiera, dos siglos atrás: en las calles llenas de bullicio los pilluelos juguetean, las gentes chismorrean y se mecen -como hoy- a la puerta de sus casas; piquetes de soldados marchan por la calzada arrastrando cañones de un fuerte a otro; carruajes de caballos, silletas cargadas por negros, burros repartidores de agua. En las plazas, traficantes que subastan esclavos; pregoneros; vendedores de frutas; lectores a viva voz de los bandos del Gobernador, de los edictos del Tribunal de Inquisición. En los atrios, "serenos" que vocean la hora y manejan las llaves de todos los portones. En el malecón, filas de cargueros con fardos de mercancías para o desde el puerto, marinos, pordioseros, frailes doctrineros. Gente que reza, que maldice, que canta.

Es un puerto cosmopolita, abigarrado, cruel y codicioso. Comerciantes, aventureros, capitanes de barco, funcionarios, curas y una sociedad puntillosa y presumida, se entienden en el español andaluz o de canarias, en flamenco, en portugués. Los negros esclavos comparten sus penas - y los toques de tambora con cimarrones evadidos en los "Palenques" - en dialectos africanos. Indios kalamarís o turbacos deambulan silenciosos con cestos, collares, perlas y baratijas.

A la Cartagena colonial acude cada año el convoy de "los Galeones", portadores de mandatos reales, oidores, armas, esclavos y mercaderías. De aquí parte en Agosto rumbo a la Habana, donde se encontrará con "La Flota", el otro convoy que controla el comercio y la producción de Méjico y las Filipinas . Los Galeones cargan aquí los tributos, la plata del Perú (que previamente ha recogido en Portobelo, en el Istmo de Panamá), el oro de la nueva Granada, los diezmos, las maderas preciosas, las esmeraldas, los caudales de los españoles que regresan. Veracruz y Portobelo son los puertos terminales de ambas flotas al llegar, después de paradas de paso en Santo Domingo y San Juan. La Habana y Cartagena son los puertos de retorno. Para los convoyes Cartagena es el puerto seguro para calafateo y reparación de los barcos, antes de cruzar de nuevo un Caribe plagado de piratas. Decenas de galeones que no tuvieron suerte en ese cruce reposan en el fondo del mar, dentro y fuera de la bahía.

La ciudad antigua comprende dos conjuntos civiles: el interior del recinto amurallado donde estaba lo de más alcurnia; y Getsemaní, parcialmente afuera, en pinza sobre el puerto. Su visita exige comprender la concepción militar del complejo que se empezó a construir en 1.602 y que fue creciendo a lo largo de dos centurias. La ciudad era virtualmente una pequeña isla rodeada al Noroeste por mar abierto, al Este por caños y lagunas y al Sur por un lido pantanoso (la península de Bocagrande) y por una bahía interior ( de las Animas), que se abre sobre una segunda bahía mucho más amplia (la bahía de Cartagena), con una isla en la mitad (Tierrabomba). Había, pues, en esencia, cuatro flancos por proteger:

- el primero, el mar abierto, menos accesible a los ataques por el intenso oleaje pero que, con todo, iba dejando playones fáciles para desembarcos ligeros; este flanco fue controlado con las primeras murallas.

- el segundo, los dos accesos por la bahía. Uno entre Bocagrande y Tierrabomba fue cerrado por una barra en l.640, apoyada por el desaparecido fuerte de San Matías, barra que se sustituyó por una escollera submarina en 1.778, que aun permanece. La otra entrada a la bahía, más estrecha y fácil de defender, se sitúa más al sur entre Tierrabomba y la Península de Barú, para custodiar la cual fueron construidos dos soberbios fuertes: San Fernando de Bocachica (en reemplazo del de San Luis, que le precedió) y San José, diseñados para el fuego cruzado en corta distancia.

- el tercero, el cruce mismo por entre la Bahía de Cartagena y la Bahía de las Animas, que fue controlado mediante Fuertes pareados a uno y otro lado del canal de navegación; de ellos quedan hoy dos pares incompletos: las ruinas del Fuerte de Santa Cruz, destruido por una voladura, ya en la República, en la punta de Castillogrande; el fuerte de San Juan de Manzanillo , que hoy hace parte de la Casa de Huéspedes Ilustres ; y San Sebastián de Pastelillo, donde está hoy el Club de Pesca.

-el cuarto, en fin, era el control terrestre, en cuyo paso más critico se construyó el Castillo de San Felipe de Barajas, sobre la colina de San Lázaro, cerrando todo el sistema de defensas.

La plaza terminó así, después de dos centurias, inexpugnable.

La fortificación empezó por las murallas, como ya se dijo, de las cuales hacían parte una veintena larga de baterías y baluartes (dieciséis aún se mantienen en pie). Un segmento que continuaba hacia el nordeste de la Torre del Reloj, principal entrada al recinto frente al puerto, fue demolido a comienzos de este siglo. Yendo en sentido contrario, de la torre del Reloj al límite de la muralla que flanquea el muelle de los Pegasos sobre la Bahía de la Animas, se encuentra el baluarte de San Ignacio, donde la muralla voltea. ( Para que usted se oriente: de este punto se desprende hacia el sur la península de Bocagrande, principal asiento del desarrollo hotelero actual). Siguen los baluartes Santiago Santo Domingo, La Merced, Santa Clara y finalmente, el Fuerte de La Tenaza. Entre los dos últimos se construyeron por el interior los cuarteles de Las Bóvedas en l.798, donde se alojan hoy las ventas de artesanías.

Todo este trayecto va en paralelo con el mar, bordeado hoy por la vía hacia el aeropuerto. En La Tenaza la muralla se desprende del mar y vuelve a doblar hasta la laguna de El Cabrero, ( Caño de Juan de Angola), entre el baluarte de Santa Catalina y el de San Lucas. Luego la muralla bordea la ciudad por enfrente de las ciénagas hasta el puente de San Lázaro frente al cerro y en él, el Castillo de San Felipe, último fortín interior, que ejerce pleno dominio sobre los caños, el pequeño valle de La Popa y la "media luna", el punto más vulnerable de la ciudad. Más al sur la muralla reaparece para cerrar la espalda de Getsemaní.

El menor empleo que durante la República se le dio al Canal del Dique - una colosal obra civil de la Colonia para desviar un brazo del río Magdalena que viene a desembocar en la bahía - y el cese de la relación marítima entre la Colonia y la Metrópoli, menguaron la importancia del puerto y permitieron, gracias a la pobreza que entonces sobrevino, proteger la ciudad de los efectos modernizantes del último siglo y medio. Cartagena es, pues, un auténtico regalo del pasado, que llega hasta nosotros casi intocada. A mediados de los sesentas se comenzó la restauración del sector histórico contra los daños del abandono y la simple vejez. Sus buenos efectos están a la vista, y los confirma la declaración de la Unesco que consagró hace poco a Cartagena como "Patrimonio Histórico de la Humanidad". Con todo, queda mucho por hacer y en ciertos frentes serían deseables controles al interior de muchas construcciones históricas que, aunque conservan bien las fachadas, están siendo subdivididas y añadidas para sacar un máximo provecho en la venta fraccionada a personas no residentes, con desmedro de sus méritos arquitectónicos y urbanos.

La ciudad turística la componen principalmente Bocagrande, El Laguito y Castillogrande, donde se disfruta de playas amplias, de arena delgada aunque un poco oscura. (Oriéntese en el hotel antes de elegir la playa que vaya a usar y recuerde que hay otras playas coralinas de mejor calidad a cierta distancia de la ciudad, en Barú y las Islas del Rosario).

El sector hotelero cuenta con servicios de todo tipo, buena gastronomía, casinos, vida nocturna y excelentes comercios. Hay ahí, en suma, todo lo usual en un balneario internacional bien equipado para vacacionistas.

Dentro de la ciudad històrica encontrarà hoteles de gran renombre como el Santa Clara o el Santa Teresa. Igualmente encontrarà gran variedad de restaurantes en las plazas de San Diego, Santo Domingo y San Pedro.

Qué visitar?

Los once kilómetros de murallas, cuya construcción inició el ingeniero italiano Bautista Antonelli en l.602 y concluyó dos siglos más tarde Antonio de Arévalo, más los fuertes y el Castillo de San Felipe, ( construido durante todo un siglo a partir de l.536), son el primer atractivo de visita, ya descrito atrás. La visita guiada a San Felipe permite conocer muchas de las técnicas empleadas por los ingenieros militares, los sistemas de comunicación, largos pasadizos y túneles, más algunas historias y leyendas de interés.

El segundo programa que no puede faltar es el recorrido de las calles del recinto amurallado, ojalá al caer la tarde, pero para ello descuente los horarios que rigen en recintos especiales, algunos de los cuales cierran temprano. Amerita entrar a lugares como La Catedral (iniciada en 1.575). El Palacio de la Inquisición, a pocos pasos de la Catedral, la mejor muestra barroca de arquitectura civil, terminado en l.770; ofrece algunos datos sobre los procedimientos de los juicios y las formas de tortura, más otra serie de elementos lamentablemente muy pobres sobre la vida de la ciudad. San Pedro Claver, iglesia y convento de los jesuitas perteneciente ya al siglo XVIII, donde se guardan los restos del santo protector de los esclavos. La Casa del Marqués de Valdehoyos y la que hoy se denomina "Bodegón de la Candelaria", sobresalientes muestras de la arquitectura doméstica del siglo XVII.

El templo de Santo Domingo, el más antiguo de la ciudad, terminado en el siglo XVI. La Plaza de la Aduana, actual centro cívico principal, presidido por la Alcaldía, la Plaza de los Coches, al pie de la Torre del Reloj y otros encantadores parquecitos, como San Diego y La Merced. Durante el recorrido usted descubrirá otros pequeños tesoros urbanos tales como la Casa de la Cultura, el Templo de San Agustín, las sedes del SENA y de la Cámara de Comercio en antiguas casonas de aristócratas del siglo XVII, etc.), pero, principalmente, disfrutará una calidad de clima y belleza de las calles mismas, que son el mejor patrimonio de Cartagena. Terminado el paseo de la zona amurallada, puede encontrar un par de "boites" o bares de turistas en la propia zona histórica, cerca a las tiendas de antigÜedades. O, si lo prefiere, salga por la Puerta del Reloj y encamínese al costado de enfrente, en Getsmenaní, en vecindades del Centro de Convenciones. Allí encontrará en primer término un agradable Centro Comercial en el antiguo Claustro de San Francisco, recientemente restaurado; y en derredor, buenos sitios donde tomar café o una cerveza. Este es el lugar de encuentro preferido de la gente joven.

Hay también otros dos Museos. Digno de verse, el Museo del Oro, con una muestra regional de orfebrería y cerámica, sobre la Plaza de Bolívar, al frente de La Inquisición. Y el Museo Naval, inaugurado para el Quinto Centenario del Descubrimiento.

Fuera del casco urbano colonial, merecen visitarse el barrio residencial de Manga, formado por curiosas quintas de la primera mitad de este siglo, en profusión de estilos y jardines. El Cerro de la Popa, magnífico mirador de la ciudad y sede de uno de los más viejos y hermosos monasterios del país.

Alrededores de interés:

No deje de dar un paseo a las Islas del Rosario, un pequeño conjunto de islitas y cayos coralinos a hora y media en lancha, frente a la península de Barú. Las Islas son Parque Natural y pertenecen a la Nación, pero hay allí muchos ocupantes particulares, algunos de los cuales ofrecen servicios a los turistas. Hay en proceso un plan de control de asentamientos y de vigilancia ecológica, para impedir obras que ya han causado graves daños ambientales. En algunas de las islas hay buenos restaurantes y un Acuario de bastante interés en Isla Pajarales. Existen también dos hoteles pequeños, con excelente atención y gastronomía.

De paso a las islas, o como motivo más corto de paseo atravesando la bahía, visite los fuertes de Bocachica, de los cuales hablamos atrás. Fuera del interés de las fortificaciones hay allí recuerdos vinculados a próceres como Nariño o Santander, que purgaron cárcel en las mazmorras de San Fernando. En el poblado de Bocachica se puede comer platos típicos a base de pescado, en varios sitios rústicos.

Para los paseos por mar hay transporte de línea (motonaves lentas y no muy bien equipadas, pero relativamente seguras) con horario regular. Si prefiere algo más selectivo, infórmese de excursiones manejadas por operadores profesionales. En ambos casos el embarque se hace en el Muelle de los Pegasos (al pié del Centro de Convenciones).

En fines de semana hay alguna animación en las playas de La Boquilla, aldea de pescadores situada un poco más allá del aeropuerto ( 7 Kms. del Centro). Se trata de un lugar bastante primitivo, pero si tiene suerte podría apreciar algo de folclor local.

Pero si dispone de un fin de semana extra, no dude en desplazarse a Mompox, (requiere un corto vuelo en avioneta o unas tres horas de navegación, saliendo por el canal del Dique; también se puede ir por carretera hasta Magangué, cruzar el río en ferry y continuar un breve trecho por carretera destapada), la ciudad señorial en las riveras del Magdalena, espléndidamente conservada. Era el primer puerto fluvial y principal sitio de distribución del comercio hacia el interior del país. Hay un aceptable hotel y se consiguen artesanías en filigrana de oro.

Fundación Clima Altura s.n.m. Ind. Teléfóno
1533 28-30 C 5 M 953

English - Cartagena, Colombia, also known as Cartagena de Indias, is a large seaport on the north coast of Colombia. Founded in 1533 by don Pedro de Heredia, and named after Cartagena, Spain, it was a major center of early Spanish settlement in the Americas, and continues to be an economic hub as well as a popular tourist destination.

Cartagena faces the Caribbean Sea to the west. To the south is the Bahia de Cartagena (Bay of Cartagena), which has two entrances: Bocachica in the south, and Bocagrande in the north. During the 16th and 17th centuries, Cartagena was part of the Spanish Main, one of the chief ports of the Spanish treasure fleet and so a prime target for English and French pirate and privateers (such as Sir Francis Drake, who sacked the city in 1580). Many of Cartagena's fortifications still stand: the Castle of San Felipe, built between 1536 and 1657; the walls around the Old City (las Murallas); the undersea wall across Bocagrande built between 1771 and 1778; and the forts of San Jose and San Fernando, built between 1751 and 1759 at Bocachica.

Many colonial buildings can be found in the Old City, including the Palace of the Inquisition, a cathedral, the Convent of Santa Clara (now a hotel) and a Jesuit college. St. Peter Claver patron saint of the slaves worked in and from the Jesuit college. Just outside the city walls, you can see the "India Catalina" statue, a local Indian hero.

To the south of the Murallas is the modern city of Cartagena on the peninsula of Bocagrande. Cartagena is the capital of the department of Bolivar, with a population of 812,595 (1997 estimate). It is one of Colombia's major seaports as well as the terminus of an oil pipeline. The city is served by Rafael Núñez International Airport, north of the city. Cartagena also is home of the largest Colombian Navy (Armada de la Republica de Colombia) base over the Caribbean, named A.R.C Bolivar.

About 30 km southeast of Cartagena are the Islas de Rosario (Rosario Islands), a nationally protected park which features an aquarium with trained dolphins and many varieties of tropical fish and sharks.

Due to Cartagena's tropical location, the climate changes very little, with an average highs of 31°C (88°F) and average low of 24°C (75.4°F) throughout the year. Cartagena also averages around 90% humidity, with a rainy season typically in October. Cartagena receives about 100 cm (40 inches) of rain a year.

 

 

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