Candidato Presidencial (2006 - 2010)

Para trazar el perfil de Carlos Gaviria, como hombre público, intelectual y candidato a la presidencia de Colombia en representación de la izquierda democrática, nada más diciente que estas palabras, escritas por él como introducción a su ideario político:

“Siempre he creído que las ideas son parte fundamental de la vida democrática. No puedo creer que podamos pensar los cambios que reclama la nación sin replantearnos con vigor el sentido de nuestras metas y aspiraciones colectivas. Tengo la convicción de que Colombia necesita pensar la política de otra manera; ejercerla a través de los medios de civilización y respeto que la humanidad entera busca anhelante. La ética, o, para decirlo de otra manera, la decencia pública, no es un adorno o sortilegio de la vida, sino que, por el contrario, expresa las realizaciones de la virtud ciudadana y la fuerza de la democracia, viva, actuante y participativa”.

Aquí está completo el retrato moral de Carlos Gaviria, con sus rasgos sobresalientes: la opción por la decencia y las formas civilizadas y respetuosas para enfrentar al adversario político, la defensa de la ética como inseparable compañera de la acción, la convicción de que la política exige ideas y que hay que pensarla para convertirla en metas colectivas. Cuando un político, en la coyuntura actual de la nación colombiana, afirma, y lo sostiene con su propio ejemplo, que la política también es cuestión de ideas y que en sus actos no puede prescindir de los principios éticos, algo está comenzando a cambiar, pues el espectáculo de la vida pública en el país, ha sido, desde hace mucho tiempo, todo lo contrario.

Los pedagogos y humanistas están destinados a traer a la política las exigencias de la verdad y de la justicia, sin adaptarlas a las medias tintas de las conveniencias privadas y a las mentiras de los que violentan la realidad para que ésta se pliegue a sus propias ambiciones. Ese contraste entre la política reducida a oficio lucrativo sin ideales y la política del que conserva ideales e intenta hacer valer principios en la práctica es lo que lleva a algunos a descalificar el idealismo en la vida pública y a condenarlo con el nombre de radicalismo. De Carlos Gaviria se dice todos los días que es un radical. No lo es, en el mal sentido que ha venido adquiriendo la palabra en las últimas décadas. Él es todo lo contrario de un dogmático y se encuentra en los antípodas del intolerante que se niega a escuchar las razones del adversario y trata de imponer las propias por medios distintos de la persuasión, incluida la fuerza. Radical, en el sentido estricto, etimológico, de la palabra, sí lo es, y esto significa que va a la raíz de los problemas, a las causas más profundas de los males sociales, y frente a ellos, propone soluciones de fondo, reformas duraderas, no paliativos ni medidas de compromiso.

Cuando un jurista con la trayectoria académica de Carlos Gaviria da el paso, y algunos juzgarán que un paso en falso, para adentrarse en la política, eso quiere decir que las reservas de humanismo acumuladas durante años de reflexión, lecturas y magisterio han encontrado un camino cierto hacia su expresión pública y aspiran a convertirse en impulso y guía para la acción. Su tránsito a la política no es la ya tradicional decisión de enriquecerse mediante el ejercicio del poder, sino, por el contrario, el idealismo del demócrata que se resiste a mantener las ideas guardadas en los anaqueles de la biblioteca o reservadas a la vida personal. Hay una máxima en filosofía que explica a la perfección este tipo de decisiones: no es sólo el pensamiento el que está obligado a entender y a adaptarse a las exigencias de la realidad; también la realidad debe seguir al pensamiento y transformarse de acuerdo con las concepciones de los hombres que buscan la verdad, en lugar de conformarse, como es norma hoy, y continuar tras de aquéllos que sólo se mueven por intereses particulares.

Con respecto al espectáculo de la vida política nacional decía Carlos Gaviria en una entrevista reciente, para la BBC, que la opinión pública, o un sector de ella, tenía frente al gobierno actual una relación de fe, capaz de contrariar las evidencias más aplastantes, lo cual le recordaba un pasaje del libro Sobre el amor de Stendhal. Un personaje de la obra encuentra a su amada en brazos de otro. Él se lo reprocha con vehemencia, pero ella lo niega. Cuando él insiste en que no puede negar lo que sus propios ojos están viendo, ella le dice: “qué poco me quieres si das más crédito a tus ojos que a mis palabras”. Con algunas variantes, son las palabras que todos los días dirige el presidente Alvaro Uribe a quienes se atreven a dudar de la magnitud de sus logros, de la credibilidad de sus cifras, del país de maravillas que ha llegado a ser Colombia durante su mandato, según él lo describe en sus discursos. Carlos Gaviria ha señalado que esta tendencia a construir realidades virtuales, en las cuales los conflictos y las miserias sociales desaparecen como por arte de magia, es un rasgo distintivo de los gobiernos autoritarios. Por métodos de propaganda, de repetición e insistencia por los canales masivos de comunicación, esa realidad construida pretende sustituir la realidad que los ciudadanos ven y experimentan todos los días.

Para la izquierda democrática en Colombia es una verdadera fortuna que su representante más destacado sea un hombre de características tan opuestas al talante y la orientación del presidente actual. Carlos Gaviria es un maestro y un hombre de leyes, un apasionado de la justicia y del estado de derecho, un hombre formado en la filosofía, lector ejemplar y defensor, sin concesiones, de la autonomía individual. Es una fortuna que en la terrible degradación de la política que estamos contemplando en estos días, la izquierda pueda mostrar en su candidato el más alto ejemplo de honestidad y coherencia. Es una fortuna que la idea misma de una izquierda moderna y democrática se pueda deducir de la trayectoria de su candidato, de sus lecciones como maestro, de sus sentencias como magistrado y de sus posiciones sostenidas como senador. “Hay movimientos -dice Carlos Gaviria- que van en el sentido de la defensa de las libertades públicas, de los derechos individuales, de la igualdad y de un criterio redistributivo equitativo en la economía hay tendencias que sacrifican la vigencia de las libertades públicas y los derechos individuales, y les interesa más la consolidación de un estatus inequitativo que la construcción de un Estado más justo. A las primeras las llamo yo de izquierda y a las segundas, de derecha”.

Carlos Gaviria Díaz nació en 1937, en Sopetrán, población situada en el occidente del departamento de Antioquia. De su abuelo materno, admirador del Olimpo Radical, le viene la herencia liberal, en una línea que procede de Murillo Toro y culmina en Alfonso López Pumarejo, el gran reformador. A ese abuelo se remonta igualmente la pasión de Carlos Gaviria por la poesía y su gusto por leerla y decirla en voz alta. Como todo liberal de vieja guardia, el abuelo fue devoto de Víctor Hugo, lector desvelado de los clásicos españoles y utopista esperanzado, como también lo fue el padre de Gaviria, periodista y hombre de letras autodidacta. La madre, maestra de profesión, ejerció la influencia formadora decisiva y suministró, sin duda, el primer modelo pedagógico al futuro profesor y académico. Si en Colombia es obligado proclamar que se pertenece a una familia de acendradas creencias religiosas y tradicional fervor católico, de Carlos Gaviria podría decirse que creció en un medio más inclinado a los libros y al libre pensamiento que a las devociones y los rezos.

Ya radicada la familia en Medellín, adelantó sus estudios de bachillerato en un colegio privado y luego los universitarios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia. En esta misma universidad fue profesor durante treinta años, y ocupó los puestos de dirección más adecuados a sus inclinaciones académicas: Decano, Director del Instituto de Ciencia Política y Vicerrector general. Entre 1970 y 1971, Carlos Gaviria realizó estudios de posgrado en la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard. Allí tuvo oportunidad de seguir los seminarios de Teoría Política con Carl J. Friedrich, de Derecho constitucional con Paul Freund y de Jurisprudencia con Lon L. Fuller. La experiencia académica y vital de Gaviria en los Estados Unidos fue importante, no sólo por el encuentro con un estilo de pensar tan diferente al de su formación inicial, más centrada en Kelsen y los pensadores europeos del Derecho, sino por la abrumadora impresión que le produjo una ciudad como Nueva York, megalópolis en la que parece sintetizarse el mundo.

Entre 1993 y 2001, se desempeñó como Magistrado de la Corte Constitucional, de la cual fue presidente en 1996. En estos años, el nombre de Carlos Gaviria comienza a adquirir la resonancia que hoy tiene y a ser identificado por la opinión pública con algunas de las causas que en este momento unifican a los sectores democráticos del país. Desde la Corte Constitucional, Gaviria continuó su labor de pedagogía jurídica en un aula de dimensiones nunca sospechadas en sus tiempos de académico y con un auditorio de alcance nacional, a través de sus sentencias. Las lecciones fueron, básicamente, de respeto a la autonomía personal, de defensa de las minorías y de énfasis en el principio de igualdad. Para el magistrado Carlos Gaviria, la libertad en una sociedad democrática no es un principio abstracto sino la posibilidad individual de decidir sobre diferentes modos de vida. La idea de unidad nacional gregaria, todos detrás del mismo líder, de las mismas consignas, del mismo lenguaje, del mismo partido, está a un paso de abolir los fundamentos de la democracia, y pocas veces lo habíamos visto de manera tan clara como hoy.

No es exagerado afirmar que el comportamiento de Carlos Gaviria en el Senado de la república entre el año 2002 y el 2006 es ejemplar. Aquí vale la pena citar, por su total imparcialidad en este caso, el concepto que aparece en la página web de la organización ciudadana Votebien: “La mayoría de los análisis coinciden en señalar que el senador Gaviria es producto de una franja de opinión muy definida, que se congregó en torno a su figura para apuntalar un proyecto político”. Y agrega: “Su voto es el más caracterizado en la franja de la opinión. Carlos Gaviria Díaz, ex presidente de la Corte Constitucional, se convirtió en un fenómeno nacional al alcanzar la quinta mayor votación para el Senado”. Su fortaleza electoral estuvo, sobre todo, en Bogotá, Antioquia y Valle. Un total de 114.886 votos le aseguró la curul en el Senado de la República. Su propósito, explícito desde un principio, fue el de impulsar proyectos de ley para favorecer la igualdad material de los ciudadanos, el trato equitativo a los grupos tradicionalmente discriminados y marginados como los indígenas, las mujeres, las negritudes y los homosexuales y el de promover y apoyar las iniciativas destinadas a la búsqueda de la paz mediante la generación de empleo, el fortalecimiento de la educación y la cultura y el reconocimiento del valor social del trabajo. Ya se sabe de las batallas que libró contra la reelección presidencial, contra las reformas laboral y tributaria, y, en general, contra la política social y económica de un gobierno que ha trabajado duramente para hacer más pobres a los pobres y más ricos a los ricos. Es conocida también su insistencia en una política de paz negociada, que represente los intereses de toda la sociedad y que implique la abolición de las iniquidades en que está basada la sociedad colombiana.

Es esta trayectoria la que ha conducido, por su propia coherencia, y en buena hora, a la candidatura presidencial de Carlos Gaviria.

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