SIMON
BOLIVAR - MANIFIESTO DE CARTAGENA
Libertar
a la Nueva Granada de la suerte de Venezuela, y redimir
a ésta de la que padece, son los objetos que me he
propuesto en esta Memoria. Dignaos, oh mis conciudadanos,
de aceptarla con indulgencia en obsequio de miras tan laudables.
Yo
soy, granadinos, un hijo de la infeliz Caracas, escapado
prodigiosamente de en medio de sus ruinas físicas,
y políticas, que siempre fiel al sistema liberal,
y justo que proclamó mi patria, he venido a seguir
aquí los estandartes de la independencia, que tan
gloriosamente tremolan en estos Estados.
Permitidme
que animado de un celo patriótico me atreva a dirigirme
a vosotros, para indicaros ligeramente las causas que condujeron
a Venezuela a su destrucción; lisonjeándome
que las terribles, y ejemplares lecciones que ha dado aquella
extinguida República, persuadan a la América,
a mejorar de conducta, corrigiendo los vicios de unidad,
solidez, y energía que se notan en sus gobiernos.
El
más consecuente error que cometió Venezuela,
al presentarse en el teatro político fue, sin contradicción.
la fatal adopción que hizo del sistema tolerante;
sistema improbado como débil e ineficaz, desde entonces,
por todo el mundo sensato, y tenazmente sostenido hasta
los últimos periodos, con una ceguedad sin ejemplo.
Las
primeras pruebas que dio nuestro gobierno de su insensata
debilidad, las manifestó con la ciudad subalterna
de Coro, que denegándose a reconocer su legitimidad,
lo declaró insurgente, y lo hostilizó como
enemigo.
La
Junta Suprema en lugar de subyugar aquella indefensa ciudad,
que estaba rendida con presentar nuestras fuerzas marítimas
delante de su puerto, la dejó fortificar, y tomar
una actitud tan respetable, que logró subyugar después
la Confederación entera, con casi igual facilidad
que la que teníamos nosotros anteriormente para vencerla.
Fundando la Junta su política en los principios de
humanidad mal entendida que no autorizan a ningún
gobierno, para hacer por la fuerza, libres a los pueblos
estúpidos que desconocen el valor de sus derechos.
Los
códigos que consultaban nuestros magistrados, no
eran los que podían enseñarles la ciencia
práctica del gobierno, sino los que han formado ciertos
buenos visionarios que, imaginándose repúblicas
aéreas, han procurado alcanzar la perfección
política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje
humano. Por manera que tuvimos filósofos por jefes;
filantropía por legislación, dialéctica
por táctica, y sofistas por soldados. Con semejante
subversión de principios, y de cosas, el orden social
se resintió extremadamente conmovido, y desde luego
corrió el Estado a pasos agigantados a una disolución
universal, que bien pronto se vio realizada.
De
aquí nació la impunidad de los delitos de
Estado cometidos descaradamente por los descontentos, y
particularmente por nuestros natos, e implacables enemigos,
los españoles europeos, que maliciosamente se habían
quedado en nuestro país, para tenerlo incesantemente
inquieto, y promover cuantas conjuraciones les permitían
formar nuestros jueces perdonándolos siempre, aun
cuando sus atentados eran tan enormes, que se dirigían
contra la salud pública.
La
doctrina que apoyaba esta conducta tenía su origen
en las máximas filantrópicas de algunos escritores
que defienden la no residencia de facultad en nadie, para
privar de la vida a un hombre, aun en el caso de haber delinquido
éste, en el delito de lesa patria. Al abrigo de esta
piadosa doctrina, a cada conspiración sucedía
un perdón, y a cada perdón sucedía
otra conspiración que se volvía a perdonar:
porque los gobiernos liberales deben distinguirse por la
clemencia. ¡Clemencia criminal, que contribuyó
más que nada. a derribar la máquina, que todavía
no habíamos enteramente concluido!
De
aquí vino la oposición decidida a levantar
tropas veteranas, disciplinadas y capaces de presentarse
en el campo de batalla, ya instruidas, a defender la libertad
con suceso y gloria. Por el contrario, se establecieron
innumerables cuerpos de milicias indisciplinadas, que además
de agotar las cajas del erario nacional, con los sueldos
de la plana mayor, destruyeron la agricultura, alejando
a los paisanos de sus hogares; e hicieron odioso el gobierno
que obligaba a éstos a tomar las armas, y a abandonar
sus familias.
«Las
repúblicas -decían nuestros estadistas- no
han menester de hombres pagados para mantener su libertad.
Todos los ciudadanos serán soldados cuando nos ataque
el enemigo. Grecia, Roma, Venecia, Génova, Suiza,
Holanda, y recientemente Norteamérica vencieron a
su contrarios sin auxilio de tropas mercenarias siempre
prontas a sostener al despotismo y a subyugar a sus conciudadanos».
Con
estos antipolíticos e inexactos raciocinios, fascinaban
a los simples; pero no convencían a los prudentes
que conocían bien la inmensa diferencia que hay entre
los pueblos, los tiempos, y las costumbres de aquellas repúblicas,
y las nuestras. Ellas, es verdad que no pagaban ejércitos
permanentes; mas era porque en la antigüedad no los
había y sólo confiaban la salvación
y la gloria de los Estados, en sus virtudes políticas,
costumbres severas y carácter militar, cualidades
que nosotros estamos muy distantes de poseer. Y en cuanto
a las modernas que han sacudido el yugo de sus tiranos es
notorio que han mantenido el competente número de
veteranos que exige su seguridad; exceptuando Norteamérica,
que estando en paz con todo el mundo, y guarnecido por el
mar no ha tenido por conveniente sostener en estos últimos
años el completo de tropas veteranas que necesita
para la defensa de sus fronteras y plazas.
El
resultado probó severamente a Venezuela el error
de su cálculo; pues los milicianos que salieron al
encuentro del enemigo, ignorando hasta el manejo del arma,
y no estando habituados a la disciplina y obediencia, fueron
arrollados al comenzar la última campaña,
a pesar de los heroicos y extraordinarios esfuerzos que
hicieron sus jefes, por llevarlos a la victoria. Lo que
causó un desaliento general en soldados y oficiales;
porque es una verdad militar que sólo ejércitos
aguerridos son capaces de sobreponerse a los primeros infaustos
sucesos de una campaña. EL soldado bisoño
lo cree todo perdido, desde que es derrotado una vez; porque
la experiencia no le ha probado que el valor, la habilidad
y la constancia corrigen la mala fortuna.
La
subdivisión de la provincia de Caracas proyectada
discutida y sancionada por el Congreso federal despertó
y fomentó una enconada rivalidad en las ciudades,
y lugares subalternos, contra la capital:&laqno;La cual
-decían los congresantes ambiciosos de dominar en
sus distritos- era la tiranía de las ciudades y la
sanguijuela del Estado». De este modo se encendió
el fuego de la guerra civil en Valencia, que nunca se logró
apagar, con la reducción de aquella ciudad; pues
conservándolo encubierto, lo comunicó a las
otras limítrofes a Coro y Maracaibo; y éstas
entablando comunicaciones con aquéllas, facilitaron,
por este medio, la entrada de los españoles que trajo
la caída de Venezuela.
La
disipación de las rentas públicas en objetos
frívolos, y perjudiciales; y particularmente en sueldos
de infinidad de oficinistas, secretarios, jueces, magistrados,
legisladores provinciales y federales, dio un golpe mortal
a la República, porque le obligó a recurrir
al peligroso expediente de establecer el papel moneda, sin
otra garantía, que la fuerza y las rentas imaginarias
de la Confederación. Esta nueva moneda pareció
a los ojos de los más, una violación manifiesta
del derecho de propiedad, porque se conceptuaban despojados
de objetos de intrínseco valor, en cambio de otros
cuyo precio era incierto y aun ideal. El papel moneda remató
el descontento de los estólidos pueblos internos,
que llamaron al Comandante de las tropas españolas,
para que viniese a librarlos de una moneda que veían
con más horror que la servidumbre.
Pero
lo debilitó más el Gobierno de Venezuela,
fue la forma federal que adoptó, siguiendo las máximas
exageradas de los derechos del hombre que autorizándolo
para que se rija por sí mismo rompe los pactos sociales,
y constituye a las naciones en anarquía. Tal era
el verdadero estado de la Confederación. Cada provincia
se gobernaba independientemente; y, a ejemplo de éstas,
cada ciudad pretendía iguales facultades alegando
la práctica de aquéllas, y la teoría
de que todos los hombres, y todos los pueblos, gozan de
la prerrogativa de instituir a su antojo, el gobierno que
les acomode.
El
sistema federal bien que sea el más perfecto y más
capaz de proporcionar la felicidad humana en sociedad es,
no obstante, el más opuesto a los intereses de nuestros
nacientes Estados. Generalmente hablando, todavía
nuestros conciudadanos no se hallan en aptitud de ejercer
por sí mismos ampliamente sus derechos; porque carecen
de las virtudes políticas que caracterizan al verdadero
republicano: virtudes que no se adquieren en los gobiernos
absolutos, en donde se desconocen los derechos y los deberes
del ciudadano.
Por
otra parte, ¿qué país del mundo por
morigerado y republicano que sea, podrá, en medio
de las facciones intestinas y de una guerra exterior, regirse
por un gobierno tan complicado y débil como el federal?
No, no es posible conservarlo en el tumulto de los combates
y de los partidos. Es preciso que el gobierno se identifique,
por decirlo así, al carácter de las circunstancias,
de los tiempos y de los hombres que lo rodean. Si éstos
son prósperos y serenos, él debe ser dulce
y protector; pero si son calamitosos y turbulentos, él
debe mostrarse terrible y armarse de una firmeza igual a
los peligros, sin atender a leyes ni constituciones, ínterin
no se restablecen la felicidad y la paz.
Caracas
tuvo mucho que padecer por defecto de la Confederación
que lejos de socorrerla le agotó sus caudales y pertrechos
, y cuando vino el peligro la abandonó a su suerte,
sin auxiliarla, con el menor contingente. Además
le aumentó sus embarazos habiéndose empeñado
una competencia entre el poder federal y el provincial,
que dio lugar a que los enemigos llegasen al corazón
del Estado, antes que se resolviese la cuestión de
si deberían salir las tropas federales o provinciales
a rechazarlos, cuando ya tenían ocupada una gran
porción de la provincia. Esta fatal contestación
produjo una demora que fue terrible para nuestras armas.
Pues las derrotaron en San Carlos sin que les llegasen los
refuerzos que esperaban para vencer.
Yo
soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos
americanos, los enemigos obtendrán las más
completas ventajas; seremos indefectiblemente envueltos
en los horrores de las disensiones civiles, y conquistados
vilipendiosamente por ese puñado de bandidos que
infestan nuestras comarcas.
Las
elecciones populares hechas por los rústicos del
campo, y por los intrigantes moradores de las ciudades,
añaden un obstáculo más a la práctica
de la Federación entre nosotros; porque los unos
son tan ignorantes que hacen sus votaciones maquinalmente,
y los otros, tan ambiciosos que todo lo convierten en facción;
por lo que jamás se vio en Venezuela una votación
libre y acertada; lo que ponía el gobierno en manos
de hombres ya desafectos a la causa, ya ineptos, ya inmorales.
El espíritu de partido decidía en todo y,
por consiguiente, nos desorganizó más de lo
que las circunstancias hicieron. Nuestra división
y no las armas españolas, nos tornó a la esclavitud.
EL
terremoto de 26 de marzo trastornó ciertamente, tanto
lo físico como lo normal; y puede llamarse propiamente
la causa inmediata de la ruina de Venezuela; mas este mismo
suceso habría tenido lugar, sin producir tan mortales
efectos, si Caracas se hubiera gobernado entonces por una
sola autoridad, que obrando con rapidez y vigor hubiese
puesto remedio a los daños sin trabas, ni competencias
que retardando el efecto de las providencias, dejaban tomar
al mal un incremento tan grande que lo hizo incurable.
Si
Caracas en lugar de una Confederación, lánguida
e insubsistente hubiese establecido un gobierno sencillo,
cual lo requería su situación política
y militar, tú existieras ¡oh Venezuela! y gozaras
hoy de tu libertad.
La
influencia eclesiástica tuvo. después del
terremoto, una parte muy considerable en la sublevación
de los lugares y ciudades subalternas: y en la introducción
de los enemigos en el país; abusando sacrílegamente
de la santidad de su ministerio en favor de los promotores
de la guerra civil. Sin embargo, debemos confesar ingenuamente,
que estos traidores sacerdotes se animaban a cometer los
execrables crímenes de que justamente se les acusa
porque la impunidad de los delitos era absoluta; la cual
hallaba en el Congreso un escandaloso abrigo; llegando a
tal punto esta injusticia que de la insurrección
de la ciudad de Valencia, que costó su pacificación
cerca de mil hombres, no se dio a la vindicta de las leyes
un solo rebelde; quedando todos con vida y, los más,
con sus bienes.
De
lo referido se deduce, que entre las causas que han producido
la caída de Venezuela, debe colocarse en primer lugar
la naturaleza de su Constitución; que repito, era
tan contraria a sus intereses, como favorable a los de sus
contrarios. En segundo, el espíritu de misantropía
que se apoderó de nuestros gobernantes. Tercero,
la oposición al establecimiento de un cuerpo militar
que salvase la República y repeliese los choques
que le daban los españoles. Cuarto, el terremoto
acompañado del fanatismo que logró sacar de
este fenómeno los más importantes resultados;
y últimamente, las facciones internas que en realidad
fueron el mortal veneno que hicieron descender la patria
al sepulcro.
Estos
ejemplos de errores e infortunios, no serán enteramente
inútiles para los pueblos de la América meridional,
que aspiran a la libertad e independencia.
La
Nueva Granada ha visto sucumbir a Venezuela, por consiguiente
debe evitar los escollos que han destrozado a aquélla.
A este efecto presento como una medida indispensable para
la seguridad de la Nueva Granada la reconquista de Caracas.
A primera vista parecerá este proyecto inconducente,
costoso y quizás impracticable; pero examinando atentamente
con ojos previsivos, y una meditación profunda, es
imposible desconocer su necesidad, como dejar de ponerlo
en ejecución probada la utilidad.
Lo
primero que se presenta en apoyo de esta operación,
es el origen de la destrucción de Caracas, que no
fue otro que el desprecio con que miró aquella ciudad
la existencia de un enemigo que parecía pequeño,
y no lo era , considerándolo en su verdadera luz.
Coro,
ciertamente, no habría podido nunca entrar en competencias
con Caracas, si la comparamos, en sus fuerzas intrínsecas,
con ésta; mas como en el orden de las vicisitudes
humanas no es siempre la mayoría física la
que decide, sino que es la superioridad de la fuerza moral
la que inclina hacia sí la balanza política,
no debió el Gobierno de Venezuela, por esta razón,
haber descuidado la extirpación de un enemigo que,
aunque aparentemente débil, tenía por auxiliares
a la provincia de Maracaibo; a todas las que obedecen a
la Regencia; el oro, y la cooperación de nuestros
eternos contrarios los europeos que viven con nosotros;
el partido clerical, siempre adicto a su apoyo y compañero,
el despotismo, y, sobre todo, la opinión inveterada
de cuantos ignorantes y supersticiosos contienen los límites
de nuestros Estados. Así fue que apenas hubo un oficial
traidor que llamase al enemigo, cuando se desconcertó
la máquina política, sin que los inauditos
y patrióticos esfuerzos que hicieron los defensores
de Caracas, lograsen impedir la caída de un edificio
ya desplomado, por el golpe que recibió de un solo
hombre.
Aplicando
el ejemplo de Venezuela a la Nueva Granada; y formando una
proporción hallaremos que Coro es a Caracas, como
Caracas es a la América entera; consiguientemente,
el peligro que amenaza este país, está en
razón de la anterior progresión; porque poseyendo
España el territorio de Venezuela, podrá con
facilidad sacarle hombres y municiones de boca y guerra,
para que bajo la dirección de jefes experimentados
contra los grandes maestros de la guerra, los franceses,
penetren desde las provincias de Barinas y Maracaibo hasta
los últimos confines de la América meridional.
España
tiene en el día gran número de oficiales generales
ambiciosos y audaces; acostumbrados a los peligros y a las
privaciones que anhelan por venir aquí a buscar un
imperio que reemplace el que acaban de perder.
Es
muy probable, que al expirar la Península, haya una
prodigiosa emigración de hombres de todas clases;
y particularmente de cardenales arzobispos, obispos canónigos
y clérigos revolucionarios capaces de subvertir,
no sólo nuestros tiernos y lánguidos Estados
sino de envolver el Nuevo Mundo entero en una espantosa
anarquía. La influencia religiosa, el imperio de
la dominación civil y militar, y cuantos prestigios
pueden obrar sobre el espíritu humano, serán
otros tantos instrumentos de que se valdrán para
someter estas regiones.
Nada
se opondrá a la emigración de España.
Es verosímil que Inglaterra proteja la evasión
de un partido que disminuye en parte las fuerzas de Bonaparte,
en España; y trae consigo el aumento y permanencia
del suyo en América. Francia no podrá impedirlo
tampoco Norteamérica; y nosotros menos aún,
pues careciendo todos de una marina respetable, nuestras
tentativas serán vanas.
Estos
tránsfugas hallarán, ciertamente, una favorable
acogida en los puertos de Venezuela, como que vienen a reforzar
a los opresores de aquel país; y los habilitan de
medios para emprender la conquista de los Estados independientes.
Levantarán
quince o veinte mil hombres que disciplinarán prontamente
con sus jefes, oficiales, sargentos, cabos y soldados veteranos.
A este ejército seguirá otro todavía
más temible, de ministros, embajadores, consejeros,
magistrados, toda la jerarquía eclesiástica
y los grandes de España, cuya profesión es
el dolo y la intriga, condecorados con ostentosos títulos,
muy adecuados para deslumbrar a la multitud, que derramándose
como un torrente, lo inundarán todo arrancando la
semillas, y hasta las raíces del árbol de
la libertad de Colombia. Las tropas combatirán en
el campo; y éstos, desde sus gabinetes, nos harán
la guerra por los resortes de la seducción y del
fanatismo.
Así
pues, no nos queda otro recurso para precavernos de estas
calamidades, que el de pacificar rápidamente nuestras
provincias sublevadas, para llevar después nuestras
armas contra las enemigas; y formar, de este modo, soldados
y oficiales dignos de llamarse las columnas de la patria.
Todo
conspira a hacernos adoptar esta medida; sin hacer mención
de la necesidad urgente que tenemos de cerrarle las puertas
al enemigo, hay otras razones tan poderosas para determinarnos
a la ofensiva, que sería una falta militar y política
inexcusable dejar de hacerla. Nosotros nos hallamos invadidos
y, por consiguiente, forzados a rechazar al enemigo más
allá de la frontera. Además, es un principio
del arte que toda guerra defensiva es perjudicial y ruinosa
para el que la sostiene; pues lo debilita sin esperanza
de indemnizarlo; y que las hostilidades en el territorio
enemigo, siempre son provechosas, por el bien que resulta
del mal contrario; así, no debemos, por ningún
motivo, emplear la defensiva.
Debemos
considerar también el estado actual del enemigo que
se halla en una posición muy crítica, habiéndoseles
desertado la mayor parte de sus soldados criollos: y teniendo,
al mismo tiempo, que guarnecer las patrióticas ciudades
de Caracas, Puerto Cabello, La Guaira, Barcelona, Cumaná
y Margarita, en donde existen sus depósitos; sin
que se atrevan a desamparar estas plazas, por temor de una
insurrección general en el acto de separarse de ellas.
De modo que no sería imposible que llegasen nuestras
tropas hasta las puertas de Caracas, sin haber dado una
batalla campal.
Es
una cosa positiva, que en cuanto nos presentemos en Venezuela,
se nos agregan millares de valerosos patriotas, que suspiran
por vernos aparecer, para sacudir el yugo de sus tiranos,
y unir sus esfuerzos a los nuestros en defensa de la libertad.
La
naturaleza de la presente campaña nos proporciona
la ventaja de aproximarnos a Maracaibo, por Santa Marta,
y a Barinas por Cúcuta.
Aprovechemos,
pues, instantes tan propicios; no sea que los refuerzos
que incesantemente deben llegar de España. cambien
absolutamente el aspecto de los negocios, y perdamos, quizás
para siempre, la dichosa oportunidad asegurar la suerte
de estos Estados.
El
honor de la Nueva Granada exige imperiosamente escarmentar
a esos osados invasores, persiguiéndolos hasta los
últimos atrincheramientos, como su gloria depende
de tomar a su cargo la empresa de marchar a Venezuela, a
libertar la cuna de la independencia colombiana, sus mártires,
y aquel benemérito pueblo caraqueño, cuyos
clamores sólo se dirigen a sus amados compatriotas
los granadinos, que ellos aguardan con una mortal impaciencia,
como a sus redentores. Corramos a romper las cadenas de
aquellas víctimas que gimen en las mazmorras, siempre
esperando su salvación de vosotros; no burléis
su confianza; no seáis insensibles a los lamentos
de vuestros hermanos. Id veloces a vengar al muerto, a dar
vida al moribundo, soltura al oprimido y libertad a todos.
Cartagena
de Indias, 15 de diciembre de 1812