COMIENZA
EL FRENTE NACIONAL
Diciembre 1 de 1957
Paz de partidos
La creación del Frente Nacional permitió superar
las diferencias entre partidos, pero al final causó
otros estragos políticos.
Por
Eduado Pizarro Leongomez*
El
primero de diciembre de 1957, 4.397.090 ciudadanos se volcaron
a las urnas en las elecciones más concurridas de
la historia colombiana, para aprobar o reprobar el plebiscito
que daría origen al Frente Nacional. A favor 4.169.294
votaron y tan sólo 206.864 en contra, es decir, un
escuálido 4,7 por ciento de los electores se opusieron
al novedoso experimento político. Ante todo, la derecha
doctrinaria representada por Jorge Leyva y el Partido Comunista.
Ese
día era muy especial por diversos motivos. Por una
parte, era la primera vez que el sufragio cobijaba a las
mujeres. Aún cuando el voto femenino había
sido aprobado durante el gobierno del general Gustavo Rojas
Pinilla, sólo en esta ocasión memorable pudieron
concurrir a las urnas. Por otra parte, tras el período
de la violencia y los regímenes militares, se abría
la esperanza de volver a la paz y a la democracia. Finalmente
se respiraba en el ambiente un clima de concordia entre
los partidos, cuyo sectarismo extremo había ensangrentado
el país a lo largo de un siglo.
Por
ello, no es de extrañar que los símbolos de
la reconciliación nacional fueran dos figuras cimeras
y polémicas que marcaron con su impronta buena parte
del siglo XX: Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo.
Los adversarios de ayer transformados en los aliados de
hoy. El sectarismo extremo e irresponsable de Laureano Gómez
trastocado en discursos a favor de la reconciliación
y la concordia nacionales. Aún cuando los lineamientos
básicos del Frente Nacional fueron expuestos por
primera vez en la famosa carta de Alfonso López Pumarejo
dirigida al Directorio Liberal de Antioquia (2 de marzo
de 1956) que definió los postulados básicos
del futuro Frente Nacional (entre otros, una reforma constitucional
para establecer un gabinete de coalición bipartidista),
fueron ante todo la Declaración de Benidorm (24 de
julio de 1956) y el Pacto de Sitges (20 de julio de 1957)
firmados entre Gómez y Lleras los que enmarcaron
el proceso de transición entre la Junta Militar de
Gobierno y el primer gobierno del Frente Nacional.
Del
Frente Civil al Frente Nacional
Inicialmente,
el frente interpartidista de oposición al gobierno
del general Rojas Pinilla tomó la denominación
de Frente Civil. Nombre que debió cambiarse, a la
caída de Rojas el 10 de mayo de 1957, por el de Frente
Nacional para despejar la idea de que se trataba de una
coalición contraria a las Fuerzas Armadas. Sobre
todo, desde que se tomó la decisión de juzgar
solamente a Rojas
-tomado
como un chivo expiatorio-, perdonando a su turno al resto
de los miembros de la institución castrense. Mediante
esta decisión se esperaba una total fidelidad de
las Fuerzas Armadas a las instituciones frentenacionalistas.
Salvo sectores golpistas aislados, esta fue la conducta
de la Junta Militar de Gobierno (Gabriel París, Luis
Ordóñez, Rafael Navas, Deogracias Fonseca
y Rubén Piedrahita) que sirvió de puente entre
el gobierno militar y la restauración institucional.
Por
varias razones, Gómez y Lleras consideraron el referendo
popular como la vía más idónea para
alcanzar la restauración de las instituciones civiles.
Primero, dada la trascendencia de las cuestiones en juego
no bastaba una simple Asamblea Constituyente para darle
un piso suficiente de legitimidad al nuevo régimen
político. Segundo, teniendo en cuenta los duros enfrentamientos
entre la fracción ospinista (que había coadyuvado
a la caída de Laureano) y el laureanismo (que acusaba
a Ospina de connivencia con el gobierno militar), el voto
popular permitía superar este escollo insalvable
entre las dos fracciones mayoritarias del Partido Conservador
que estaban haciendo tambalear la transición democrática.
Finalmente, mediante una contundente votación popular,
se buscaba evitar la descalificación tanto de sectores
militares como civiles adversos a la nueva institucionalidad
política en cierne.
A
pesar de la amplia ratificación popular del plebiscito,
con el correr de los días múltiples voces
comenzaron a denunciar al Frente Nacional como un modelo
de "restauración autoritaria" de las instituciones
civiles. A diferencia del pacto más incluyente de
Punto Fijo, el cual se firmó en Venezuela en la misma
época tras el derrocamiento de la dictadura de Marcos
Pérez Jiménez, el de Colombia gracias a la
alternación presidencial y la paridad política,
será percibido como un sistema semicerrado, elitista
y fuente de exclusiones.
Balance
agridulce
Un
poco más de cuatro décadas han transcurrido
desde el inicio del Frente Nacional. Ya existe, por tanto,
una perspectiva histórica suficiente para evaluar
este experimento político sin las pasiones del pasado.
El balance es agridulce. Hubo tantos logros significativos,
como desastres manifiestos.
Los
logros más importantes fueron, a mi modo de ver,
tres. En primer término, se logró desactivar
la tradición de los "odios heredados",
la cultura sectaria que habían alimentado los dos
partidos tradicionales mediante la movilización pasional
de sus simpatizantes. Las guerras civiles serían
ya cosa del pasado. En segundo término, la estabilidad
institucional que generó el Frente Nacional fue decisiva
para evitar que Colombia cayera como el resto del continente
y con muy pocas excepciones (México, Costa Rica y
Venezuela), en la ola de regímenes militares que
asolaron al continente en estos años. Finalmente,
el Frente Nacional permitió mantener la estabilidad
macroeconómica del país, que se constituyó
en uno de los mayores logros de la sociedad colombiana a
lo largo de buena parte del siglo XX.
En
contraste con estos logros, los efectos negativos fueron
también protuberantes. Al menos dos han sido señalados
con insistencia por los analistas de este período
histórico. De un lado, la fragmentación extrema
de los partidos tradicionales, ya que la competencia interpartidista
se transformó en una dura competencia intrapartidista
dado que cada partido tenía garantizado, con independencia
de su peso electoral real, 50 por ciento de cargos de elecciones
populares.
Las
fracciones organizadas comienzan a dar paso a facciones
personalistas, a la total indisciplina parlamentaria y a
la ingobernabilidad democrática. Esta situación
se veía agravada por la parálisis parlamentaria,
pues, según el texto del plebiscito, las iniciativas
gubernamentales requerían para su aprobación
del voto favorable de las dos terceras partes en la Cámara
y en el Senado. La respuesta no se hará esperar.
Ante la dificultad de conformar mayorías parlamentarias,
los gobiernos del Frente Nacional y el pacto burocrático
bipartidista posterior, mantendrán al país
en estado de sitio permanente para poder eludir el desorden
parlamentario y gobernar por decreto.
Por
otro lado, la exclusión de los partidos y movimientos
distintos al bipartidismo generará un "sentimiento
de exclusión", cuyo impacto será muy
negativo. Por una parte, arrojará a las filas del
naciente movimiento guerrillero posrevolución cubana
a toda una generación de jóvenes radicales.
Igualmente, esta exclusión dará origen a toda
una suerte de movimientos políticos, tales como la
Alianza Nacional Popular y el Movimiento Revolucionario
Liberal, que van a constituir fuertes movimientos de oposición
en contra de las instituciones del Frente Nacional.
¿Constituyó
realmente el Frente Nacional un "sistema cerrado"
como ha planteado la izquierda para explicar (y, en ocasiones,
justificar) la emergencia de una oposición extraparlamentaria
e, incluso, armada? Esta tesis ha sido duramente cuestionada
por prestigiosos historiadores como Malcolm Deas y Daniel
Pécaut. Colombia sostienen era, a pesar de las restricciones
del Frente Nacional, uno de los sistemas políticos
más abiertos de América Latina en una época
dominada por gobiernos militares.
Incluso,
afirman, muchos militantes de la izquierda radical e, incluso,
del Partido Comunista, pudieron acceder al Congreso envueltos
en las banderas del Partido Liberal. El caso más
notable fue el de Juan de la Cruz Varela, el destacado líder
agrario de la conflictiva región del Sumapaz, quien
accedió a la Cámara de Representantes en la
lista de Alfonso López Michelsen. Probablemente,
la "percepción de cerramiento" fue superior
al grado real de cerramiento del sistema político.
Este punto todavía es objeto de discusión
en la historiografía colombiana.
En
conclusión
El
balance del Frente Nacional hubiera sido, probablemente,
muy positivo si hubiese sido desmontado en las fechas previstas.
Pero las cúpulas bipartidistas decidieron en mala
hora, a fines de los años 60, prolongar el pacto
burocrático mediante un parágrafo en el artículo
120 de la Constitución Nacional, el cual exigía
darle una participación adecuada y equitativa al
segundo partido en votos tras cada elección. Fue
un desastre. Lo bueno del Frente Nacional (en particular,
la superación de los "odios heredados"
y la recuperación de las instituciones civiles) ya
se había alcanzado. Con este parágrafo nefasto
se prolongó, por el contrario, todo lo negativo que
arrastraba el Frente Nacional: la burocratización
clientelista de los partidos tradicionales, el debilitamiento
de la competencia interpartidista y, sobre todo, el sentimiento
de exclusión de la oposición política.
Hubo
que esperar hasta la imposición del esquema gobierno-oposición
bajo el gobierno de Virgilio Barco en 1986 y, sobre todo,
a la Constitución de 1991, para poder llevar a cabo
el desmonte final del Frente Nacional. Una eternidad.
*Profesor
del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones
Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia.