ASESINADO
JORGE ELIÉCER GAITÁN
Abril 9 de 1948
La muerte del caudillo
Por Jorge Serpa Erazo
Historiador y Escritor
Las esperanzas de una sociedad más justa terminaron
con la muerte del líder que encarnaba las esperanzas
de los más pobres.
Sobre
el 9 de abril de 1948 se pueden escribir muchas cosas, pero
sin duda las tres balas que segaron la vida de Jorge Eliécer
Gaitán Ayala se convirtieron en el detonante que
partió en dos la historia del siglo XX en Colombia
Pero,
¿qué significaba Gaitán en la sociedad
colombiana para que ella reaccionara de la manera como lo
hizo ante su asesinato? Nacido en Manta (Cundinamarca),
Gaitán llegó a ser uno de los mejores penalistas
y políticos de la época. Estudió en
la facultad de derecho de la Universidad Nacional en 1925
y se graduó magna cum laude, en derecho penal en
la Universidad de Roma. La astucia y habilidad política
hicieron de Gaitán un verdadero caudillo que despertó
admiración y se entronizó en el corazón
de su pueblo. Fue el capitán del "país
nacional" que se enfrentó valerosamente al "país
político", señalando la politiquería,
la corrupción, el fraude y el engaño como
las plagas que carcomen a la Nación, oprimen al pueblo
y no permiten progresar. Esta labor no sólo la realizaba
en el Congreso de la República sino en la oficina
de abogados que él tenía, lugar donde sucedería
el magnicidio.
Al
ataque
En
la mañana de ese día, Juan Roa Sierra, un
joven esquizofrénico que vivía en el barrio
Ricaurte, salió de su casa sin bañarse ni
afeitarse. Vestía un raído traje carmelita
de paño rayado, zapatos amarillos rotos y un sucio
sombrero de fieltro. A las 10 de la mañana se dirigió
al centro de la ciudad, al famoso café Gato Negro,
popular sitio de reunión de intelectuales, periodistas,
poetas y bohemios, localizado a pocos metros del edificio
Agustín Nieto, donde Gaitán tenía su
oficina de abogado.
A
las 9 de la mañana el caudillo llegó a su
oficina. Hacia el medio día Roa Sierra se dirigió
a la oficina del penalista. La secretaria, Cecilia de González,
atendió la inesperada visita del extraño que
solicitaba entrevistarse de inmediato con el jefe liberal.
Al no ser atendida su petición Roa Sierra abandonó
la oficina con muestras de altanería y desagrado,
y se ubicó sobre la carrera séptima, cerca
de la puerta del edificio.
Entre
las 12 y la una de la tarde arribaron a la oficina Jorge
Padilla, Alejandro Vallejo, Pedro Eliseo Cruz y Plinio Mendoza
Neira, amigos personales de Gaitán. Hacia la una
de la tarde Mendoza Neira invitó a los asistentes
a almorzar al Hotel Continental: "Acepto, Plinio, pero
te advierto que yo cuesto caro", contestó Gaitán.
Al salir del ascensor Plinio Mendoza tomó del brazo
a Gaitán y detrás siguieron Cruz, Padilla
y Vallejo. En el momento que llegaron a la puerta del edificio,
siendo la 1:05 de la tarde, Roa Sierra apuntó con
el revólver a Gaitán, quien de inmediato se
desprendió de Plinio y trató de regresar al
edificio. En ese instante el homicida disparó tres
veces sobre él. Apremiados por la inesperada circunstancia
sus acompañantes buscaron un vehículo para
llevarlo a la Clínica Central. Allí falleció
cuando su amigo y médico Pedro Eliseo Cruz se disponía
a practicarle una transfusión de sangre.
'El
bogotazo'
Estupefactos,
los transeúntes, loteros y lustrabotas del sector
empezaron a gritar: "¡Mataron al doctor Gaitán!,
¡mataron al doctor Gaitán!, ¡Cojan al
asesino!". Un cabo de la Policía capturó
a Roa Sierra, lo golpeó y lo desarmó e ingresó
con él a la droguería Granada cerrando la
reja para proteger la vida del homicida. Cuando se le inquirió
por las causas él respondió: "No puedo.son
cosas poderosas que no puedo decir". Luego la turba
enfurecida que se había formado en minutos sacudió
la reja y la abrió. La muchedumbre ingresó
y un lustrabotas le pegó con su caja de embolar en
la cabeza. Roa Sierra cayó al piso. Lo sacaron de
la droguería y sobre el andén lo masacraron.
La
noticia de la muerte del jefe del liberalismo se difundió
a todo el país. En Bogotá la turba que se
había congregado frente a la Clínica Central
bajó a la carrera séptima y engrosó
la marcha macabra que se dirigía a Palacio. Al llegar
a la carrera séptima con calle octava, desnudaron
el cadáver de Roa y amarraron los pantalones a un
palo para ser agitados como bandera revolucionaria mientras
gritaban "¡Viva Colombia! ¡Abajo los godos!".
En las otras ciudades del país la revuelta estalló
en focos dispersos, parciales, en actitudes grupales o aisladas,
pero reflejaban la situación de indignación
del pueblo liberal.
Al
llegar a Palacio los manifestantes arrojaron el cuerpo desnudo
de Roa Sierra contra la puerta principal. De inmediato salieron
del Batallón Guardia Presidencial 80 soldados al
mando del teniente Silvio Carvajal y procedieron a dispersar
a los manifestantes, quienes abandonaron el lugar replegándose
hacia la Plaza de Bolívar.
Algunos
grupos de revoltosos se congregaron en las esquinas bordes
de la Plaza de Bolívar. Comenzaron los incendios
en el sector; primero ardió el Palacio de San Carlos,
luego la Nunciatura Apostólica, los conventos de
las Dominicanas y de Santa Inés, la Procuraduría
General de la Nación, el Instituto de la Salle, el
Ministerio de Educación, la Gobernación de
Cundinamarca, el Palacio de Justicia y los tranvías.
A la par de los incendios se iniciaron los saqueos a los
almacenes, joyerías y platerías.
A
las 3 de la tarde salieron de la Escuela de Motorización
(hoy Grupo de Caballería Mecanizado Rincón
Quiñones), tres tanques de guerra y seis carros blindados
al mando del capitán Mario Serpa rumbo a la Plaza
de Bolívar. El capitán Serpa, para evitar
el uso de las ametralladoras con que estaban provistas sus
unidades blindadas, abrió la escotilla y trató
de persuadir a los manifestantes para que se retiraran.
En ese instante tres tiros hirieron mortalmente al capitán.
De inmediato los tanques dispararon sobre la multitud.
Aunque
el sector del Palacio Presidencial fue controlado por el
Ejército, la autoridad en la capital desapareció.
Los policías se sublevaron, apoyaron la revuelta,
distribuyeron fusiles entre espontáneos francotiradores
y, en la Quinta Estación, trataron de organizar con
algunos líderes gaitanistas una junta revolucionaria
para darle alguna dirección al movimiento insurgente
y tumbar el gobierno de Ospina Pérez.
Hacia
las 6 de la tarde llegaron a Palacio Darío Echandía,
Carlos Lleras, Plinio Mendoza y Luis Cano. El presidente
los recibió con sorpresa, pues él no los había
invitado. Los dirigentes sugirieron que la solución
era la renuncia del primer mandatario. Ospina les manifestó
que eso provocaría una guerra civil, pues en el resto
del país la situación estaba controlada, los
gobernadores y alcaldes le respaldaban y las Fuerzas Militares
adelantaban los operativos necesarios para restablecer el
orden.
A
medida que iban pasando los días la situación
se fue normalizando: el 10 de abril Ospina nombró
ministro de Gobierno al dirigente liberal Darío Echandía,
el 11 de abril Laureano Gómez viajó rumbo
a España, el 13 de abril se reanudaron la sesiones
de la Conferencia Panamericana; en fin, la ciudad volvió
a su tranquilidad y la violencia continuó, como fue
habitual desde la década de los años, en las
provincias y zonas rurales del país.
Qué
cambió
Si
después del asesinato de Gaitan Bogotá volvió
a la normalidad, no hubo ningún cambio estructural
en el gobierno ni en sus instituciones y la violencia partidista
no nació a partir de este acontecimiento, ¿por
qué el homicidio de Gaitán cambió la
historia de nuestro país?
Porque
su muerte recrudeció la exclusión y persecución
política del contrario e hizo patente la crisis de
legitimidad del Estado. La violencia que se generó
en el campo provocó un desplazamiento masivo de la
gente hacia las urbes, y fue de esta manera como las ciudades
empezaron a tener asentamientos humanos subnormales conocidos
como tugurios.
Los
pobres de entonces engrosaron la clase media y los emigrantes
y desplazados del campo formaron el estrato bajo e indigente
que vive entre la penuria y el hambre. Esa nueva clase social,
miserable y desposeída hasta de la esperanza, que
sólo se tuvo en cuenta como un fenómeno migratorio,
años más tarde sería otro factor de
desestabilización que afectaría, al final
del siglo XX, a toda la Nación colombiana.