APARECE
LA VORÁGINE
Noviembre 25 de 1924
En el corazón de la selva
¡Qué actual la obra de Rivera y qué
desolada su relectura! Se puede sustituir caucho por coca
y ahí sigue inalterable el mismo mundo que pinta
y denuncia. Allí están la violencia cruda
y las masacres.
Por
Juan Gustavo Cobo Borda*
En
la librería Trilse, donde Guillermo Martínez
rinde culto a su paisano huilense, hojeo la primera edición
de La Vorágine, publicada por Cromos -Luis Tamayo
y compañía, el 25 de noviembre de 1924- y
dedicada a Antonio Gómez Restrepo, el traductor de
Los cantos de Leopardi. El libro tiene 340 páginas
y cinco erratas reconocidas.
Pero
las imágenes con las que se abre el libro ya inician
el juego especular e irónico con que Rivera atrapa
al lector. Fotos de quien se dice Arturo Cova, pero es en
realidad Rivera, y fotos en una hamaca tomada por un personaje
del libro, la Turza Zoraida. Rivera documenta la ficción
para así trascender la historia y transformarla gracias
a la imaginación. No es solo una novela de la selva,
es el hechizo del lenguaje curándonos de la pesadilla
recurrente de la historia.
¡Qué
actual La Vorágine y qué desolada su relectura!
Se puede sustituir caucho por coca y ahí sigue inalterable
el mismo mundo que pinta y denuncia. Allí están
el Vaupés, el Caquetá y el Putumayo. La violencia
cruda y las masacres por el dominio. El recurrente sueño
de la riqueza a cualquier precio, los Winchester en su versión
de hoy en día, la venta de hombres, mujeres e indios,
las prostitutas que emigran para aliviar a los machos estrepitosos
de su carga de oro. o de dólares.
Pero
una novela es una obra de arte y su perdurabilidad no proviene
de injusticias milenarias o de interesados anacronismos.
De que ahora, como entonces, entre el Ejército de
la selva para poner orden. Ellas funcionan por sí
mismas, por su impacto en un lector no forzosamente colombiano
(por ejemplo, la edición sueca de 30.000 ejemplares
con prólogo de Artur Lundkvist, el hacedor de los
premios Nobel en lengua española). Por los nuevos
ojos que no solo la toman en cuenta como testimonio social
o ecológico sino por decirnos algo revelador sobre
nosotros mismos. Sobre nuestros sueños o nuestros
fracasos. Y en esto, en el fracaso, la novela es especialista.
"¡Nuestra
madrastra fue la pobreza. Solo fuimos los héroes
de lo mediocre!".
Así,
altisonantes, escribe Rivera, o mejor: su antihéroe,
Arturo Cova, "un desequilibrado impulsivo y teatral",
para hablarnos de hombres "despreciados hasta por la
muerte" que vagan alucinados por una selva 'sádica'.
Y su lenguaje, por más glosarios de lenguas indígenas,
muy seguramente muertas, todavía posee un fuego interno
y una velocidad vertiginosa para hundirnos en ese infierno
sin nombre del Orinoco y el Guainía. Ese país
que todavía engaña, seca y olvida a sus hijos,
incluido Rivera mismo. Porque él lo supo, mejor que
nadie, como gran novelista, incapaz incluso en sus sueños
de escapar a esa "visión imaginativa" que
lo cerca con sus recurrentes figuras y lo obliga a escribir:
"Y
no pienses que al decir 'Funes' he nombrado a una persona
única. Funes es un sistema, un estado de alma, es
la sed de oro, es la envidia sórdida. Muchos son
Funes, aunque lleve uno solo el nombre fatídico".
Con
toda la razón Jorge Luis Borges, en 1942, nos obligó
a recordar perpetuamente la locura inagotable del mundo
con aquella metáfora perfecta llamada "Funes
el memorioso". La lucidez del insomnio desmontando
lo vacuo de una realidad atroz.
"Jugué
mi corazón al azar y me lo ganó la violencia".
La
primera parte de La Vorágine puede parecer una secuencia
de tópicos, pero son los tópicos que José
Eustasio Rivera nos reveló por primera vez. El joven
e impulsivo poeta Arturo Cova, quien huye desde Bogotá
hacia los llanos de Casanare
-"prosiguiendo
la marcha, nos hundimos en la inmensidad"- con su amante
embarazada, Alicia, dejando atrás la consabida nube
de prejuicios, jueces y abogados que manipulan los códigos.
El machismo atolondrado de quien pregona que todas las mujeres
-Alicia, Griselda, Clarita- se le rinden y a las cuales
cree usar a su arbitrio -"y con mano insinuante le
cogí el cuadril"-, al igual que el ya utópico
negocio de ganado que lo hará rico. Pero Zubieta,
el dueño del hato, barrigón y en calzoncillos,
desinfla al señor Cova, "una de las glorias
de nuestro país", con las tres preguntas clave:
-¿Y
gloria por qué? -interroga el viejo. -¿Sabe
montá? ¿Sabe enlazá? ¿Sabe toreá?
El
lenguaje del rústico pone en solfa la fama del bardo
y así, a todo lo largo de la novela, la exaltación
retórica es la mejor forma de traer a la luz la mezquina
base que la sustenta, trátese de hembras apetitosas
estragadas por el clima o capataces bravucones que no son
más que tornillos sustituibles de un gran engranaje.
Por ello, en las otras escenas hoy estatuidas -doma de caballos,
pelea de gallos o enlace de ganado- el papel de Cova no
es precisamente estelar. Golpeará, cómo no,
a algunos peones y alguna mujer, pero sus convulsiones,
trances y delirios apuntan más bien hacia la inseguridad
de un hombre que más allá del alcohol o los
celos se interna entre aguas estancadas y horizontes poblados
de espejismos, contándonos él mismo su odisea.
Comienza
a convivir con gente dura y bravía, de Antioquia,
de Nariño, del Tolima, y de Venezuela, de donde es
el general Vaquiro, "borracho, bizco y gangoso",
tal como nos enteramos por el chirriante chiste con que
Arturo Cova lo saluda:
-¡Paladín
homérida!-Le advierto que no soy de Mérida
sino de Coro.
Gentes
seducidas (y engañadas) una vez más por ese
Dorado que son las caucheras del Vichada, y que ya también
se están yendo de este trabajo diario y ruin en pos
de los sofismas seductores del pomposo Narciso Barrera.
El astuto intermediario que con su leva de hombres, convirtiéndolos
en perpetuos deudores de sus préstamos, despuebla
aún más esa tierra de por sí deshabitada.
Pero esta tierra que habla, esta naturaleza a la vez inmóvil
y veraz es la gran protagonista de la novela. Tarde que
suspira. Luz que vibra. Todo tiene un lenguaje propio. Todo
se expresa y hay que aprender a oírlo. Esto es lo
que permite a Mauco, el rezandero, sanar heridas o convertirse
en mata de plátano, en hormiga, en niebla para envolver
al enemigo, mucho antes del realismo mágico.
¿Y
quién cuando yo muera consolará el paisaje?
Es
la naturaleza la que perfila los mejores retratos, de Fidel
Franco en adelante, quien terminará incendiando su
propia casa ante la deserción de su mujer, y quien
resumirá la etapa llanera -y todo el libro, con este
desencantado epitafio que es también una lección
de escueta sobrevivencia: "En esta sabana caben muchísimas
sepulturas; el cuidao está en conseguir que otros
hagan de muertos y nosotros de enterradores"-.
Naturaleza
que también devora a esas mujeres, ganadas al tresillo,
degradadas, al igual que sus hombres, con sucios sueños
y alcohol diario. O con ambición rapaz. Así
construye Rivera una de ellas, en forma indeleble:
"Una
mujercilla halconera, de rostro envilecido por el colorete,
cabello oxigenado y brazos flacuchos, puesto en jarras sobre
el cinturón del traje vistoso".
O
el soberbio retrato, en mitad de la selva, de la madona
turca Zoraida Ayram, una "jamona indecorosa" igualmente
apetecible y sagaz.
La
certeza de la palabra de Rivera ya no era la del poeta parnasiano
de los sonetos de Tierra de promisión (1921), con
dos ediciones en su primer año, sus potros más
vehementes que el viento y su ya indudable vocación
americana sino la de quien había crecido, pobre y
austero, desilusionado con quienes lo habían usado
y humillado, sea en los estrados, con su flamante título
de abogado y su tesis sobre 'Liquidación de las herencias'
(1917) o con su fugaz participación en la política,
peón del doctor Arcadio Charry, godísimo jefe
conservador del Huila. Ahora era alguien capaz de preguntarse,
a través de sus personajes:
"¿No
resultaban misérrimos nuestros potentados en parangón
con los de fuera?".
Premonitorio
augurio de lo que 80 años después Laura Restrepo
vuelve a recordarnos a través de su gozoso Midas
McAlister al oír a Pablo Escobar:
"Qué
pobres son los ricos de este país, amigo Midas, que
pobres son los ricos de este país".
El
delirio, sin abandonar nuestras selvas, ya campea en las
ciudades. Así lo constató Orlando Fals Borda
cuando en el prólogo al libro de Alfredo Molano,
Siguiendo el corte (1996); corroboró el inmovilismo
de nuestro drama secular:
"A
su primera lectura, los seis formidables relatos de Alfredo
Molano sobre el reciente desarrollo y poblamiento de los
piedemontes del sur de Bogotá hasta el Guaviare me
produjeron tristezas y decepción. Parecía
trágico que después de dos generaciones de
gentes esforzadas que habían tratado de 'hacer patria,
prosperidad y sociedad' se cumpliera allí todavía
el sino de Arturo Cova", rubricado aún por la
Violencia.
Pero
el Rivera a quien sus compañeros de la generación
del Centenario fastidiaban con sus críticas a la
gramática y a la prosa rimada había dado en
el blanco. Estaba harto de una Colombia genuflexa ante el
señor representante petrolero de la Andean National
Corporation y del descuido culpable de un Estado que con
sus diplomáticos improvisados veía impávido
el robo de su territorio. Pero también estaba impaciente
consigo mismo, no solo para denunciar tantas tropelías
sino para darle forma convincente a esa novela cruzada por
muchas voces y que se revolvía contra ella misma
en su afán desesperado de dar cabida a tantos cuerpos
enterrados vivos, y a tantos lectores de periódicos
clandestinos a quienes "les cosieron los párpados
con fibras de cumare y a los demás les echaron en
los oídos cera caliente" para incluir aun a
los indios, a su cultura ancestral y sus ceremonias del
yagé.
Pero
la iracundia de Rivera no era solo la de un informe exhaustivo
sobre la casa Arana o la tortura. Era la doble mirada del
novelista, consciente de cómo en un país sin
leyes habría que darse unas, y que en figuras únicas
como Clemente Silva, 16 años perdido en la selva
en busca de su hijo, había una grandeza humana, absurda
y demencial, superior a la indiferencia devoradora de esa
selva y su deglutir impávido de fertilidad y podredumbre.
De huesos blancos y límpidos como los de ese hijo
o de ese detestado Narciso Barrera, descarnado por los peces
del río. Rivera, como Conrad, tocó también
el horror sin nombre.
Por
ello cuando la niña Griselda, al final, desarmó
la cólera estúpida de Arturo Cova, con una
réplica certera, volvemos a sentir al poder cauterizador
de la ensoñación creativa:
-¿Viene
usted a contarme cómo le ha ido?.
-Lo
mismo que a vos. Fregaíta, ¡pero contenta!.
A
Rivera, caso único, no se lo tragó la selva.
Podemos leerlo todavía con emoción y rabia,
con curiosidad y afecto. No nos deja indiferentes. Aún
vivimos en sus páginas, mucho menos truculentas y
precarias de lo que pensaba el propio Arturo Cova. Perdurables,
recias y poéticas.
*Poeta,
escritor