NACE
SCADTA
Imaginación al vuelo
La influencia alemana en la creación de la aviación
comercial colombiana fue clave. Con ella el país
se convirtió en pionero mundial de esa actividad.
Por
Mauricio Sáenz B*
El
5 de diciembre de 1919 se firmó una de las escrituras
más recordadas de la historia de Colombia. Ese día
los señores Werner Kammerer,
Albert Tietjen, Stuart Hosie, Ernesto Cortissoz, Jacobo
Correa, Aristides Noguera y Rafael Palacio constituyeron
en la notaría segunda de Barranquilla la Sociedad
Colombo Alemana de Transporte Aéreo, Scadta.
No
era el primer intento de establecer un servicio de aviación
en el país. En septiembre del mismo año un
grupo de empresarios antioqueños, liderados por Guillermo
Echavarría Misas, había creado la Compañía
Colombiana de Navegación Aérea (Ccna), que
se dispuso a comenzar sus operaciones con tres aviones Farman
de fabricación francesa. El grupo de Echavarría
no contó con suerte, no sólo por lo inadecuado
del avión escogido, hecho de madera y tela, sino
por una serie de accidentes que acabaron con la incipiente
flota.
Pero
a diferencia de la Ccna, la Scadta comenzó a operar
con éxito en octubre de 1920, y por eso la fecha
del instrumento notarial es reconocida como el nacimiento
de la aviación comercial en Colombia.
La
compañía contó para ello con un tipo
de avión mucho más moderno, el Junkers F-13,
monoplano construido enteramente en metal, que permitía
a los pasajeros la extraordinaria comodidad de navegar bajo
techo, a resguardo de las inclemencias del tiempo.
Para
el éxito de Scadta se combinaron varias circunstancias:
la terminación de la Primera Guerra Mundial, que
dejó inactivos a gran cantidad de pilotos experimentados,
el interés de los alemanes en establecer cabezas
de puente en América Latina para su comercio internacional,
el desarrollo vertiginoso que experimentó la aviación
durante el conflicto y la inexpugnable topografía
colombiana que, combinada con la inexistencia de infraestructura
terrestre, acrecentaba enormemente las virtudes del transporte
aéreo.
Pero
las dificultades técnicas, a pesar de todo, parecían
insuperables. Cuando comenzaron a llegar los aviones, transportados
en barco, se encontró que la gasolina existente en
Colombia era diferente de la alemana, así que los
motores tenían la tendencia a recalentarse. El ingeniero
jefe, Schnurbusch adaptó radiadores de automóviles
Hudson para solucionar el problema. La falta de repuestos
apropiados hizo que en muchas ocasiones hubiera que recurrir
al ingenio criollo para que las aeronaves levantaran vuelo.
Ciertamente
viajar en avión en esa época no era la experiencia
más tranquilizante. Sólo era posible operar
de día, y los aviadores se orientaban con la 'navegación
por contacto', esto es, mediante la observación de
la superficie, por lo que los vuelos al interior del país
seguían el curso del río Magdalena.
El
segundo al mando no era un copiloto sino un mecánico.
Cada vez que se presentaba una falla, el comandante simplemente
acuatizaba, y los pasajeros debían esperar un rato
con el aparato amarrado a la orilla mientras el mecánico
hacía su trabajo. El frecuente reabastecimiento de
combustible estaba a cargo de depósitos de canecas
emplazadas convenientemente en la orilla del río
cada cierto número de kilómetros
A
pesar de esas circunstancias, la ventaja que representaba
el avión era tan grande, que la afluencia de intrépidos
pasajeros no dejó de crecer. Para cuando se estableció
el servicio regular, Scadta redujo el tiempo de viaje entre
Barranquilla y Bogotá de 14 días en barco
fluvial a 10 horas. Los viajeros desembarcaban en Girardot
y terminaban su jornada en ferrocarril.
Entre
1921 y 1925 fueron movilizados unos 5.000 pasajeros y en
1927 se incorporó una nueva ruta entre Barranquilla
y Buenaventura. Lo que siguió fue el crecimiento
acelerado de una red de trayectos que conectaban varias
ciudades. Para ello Scadta, que estaba ya bajo la dirección
de su nuevo accionista principal, el doctor Peter von Bauer,
contaba con aviones mucho más avanzados, los Dornier
Wal para cuya adquisición la empresa contó
con el apoyo del gobierno alemán.
La
actividad de Scadta no dejaba de crecer y pronto estuvo
sobre los cielos de Panamá y Ecuador. En este país
llegó a tener el privilegio, muy poco usual en la
aviación, de servir rutas internas con bandera extranjera.
Von Bauer incluso envió un Dornier Wal en vuelo de
exploración para la ruta a Palm Beach, en la Florida.
Esta
aventura produjo una de las mayores curiosidades en esta
historia. Juan Trippe, el presidente de la recién
nacida Panagra, consideró a Scadta una amenaza para
el crecimiento de su empresa, empeñada en conquistar
los mercados suramericanos. Para bloquear la expansión
de Scadta, consiguió que su gobierno lo subsidiara
y, aprovechando las dificultades financieras que la empresa
colombiana atravesaba por la crisis de Wall Street, la compró
secretamente en 1931. Mediante un 'pacto de caballeros',
el control siguió estando nominalmente bajo bandera
nacional, y la empresa progresó con la incorporación
de nuevos equipos como los Sikorsky, Ford y Boeing 247.
Pero
al estallar la Segunda Guerra Mundial, el gobierno estadounidense
consideró altamente peligroso que una aerolínea
con tanta influencia alemana volara tan cerca del Canal
de Panamá. Bajo la presión de Washington el
gobierno de Bogotá descubrió el acuerdo secreto
con Trippe, nacionalizó las acciones de los alemanes
y lo obligó a despedir a todo el personal germano,
lo que sucedió el 8 de junio de 1940. El siguiente
paso fue fundir a Scadta con Saco para constituir la actual
Avianca, el 14 del mismo mes, en la misma notaría
de Barranquilla que había visto nacer a Scadta más
de 20 años atrás.
La
Compañía Colombo Alemana de Transportes Aéreos,
que subsiste aún en las alas de Avianca, dejó
un legado invaluable. Los aviadores y los técnicos
alemanes entregaron sus mejores años a un país
que los recibió con los brazos abiertos, y hasta
pelearon en la guerra con el Perú en defensa del
tricolor nacional. Scadta fue uno de los pilares de la entrada
de Colombia a la modernidad y con sus hazañas hizo
que los colombianos tuvieran motivos para dejar volar la
imaginación.
*Jefe
de redacción de SEMANA