ESTRENO
DE LA PRIMERA GRAN PELÍCULA
Noviembre 21 de 1915
El cine que no pudo ser
La gloria y el desastre de una película sobre el
asesinato de Rafael Uribe Uribe marcó el comienzo
tormentoso del cine en Colombia.
Por
Pedro Adrián Zuluaga*
Debió
haber sido el 21 de noviembre de 1915, en una parroquia
de nombre Bogotá, el día y lugar del estreno
de la que 'se supone' fue la primera película de
largometraje 'construida' en Colombia. No se pueden meter
las manos al fuego para defender estos datos, pues la desmemoria
nacional no le tiene fecha exacta al acontecimiento, y además
la película en cuestión no existe, es una
nube de humo, polvo y malos recuerdos. De ella sólo
queda su registro en unos pocos recuadros de revistas o
periódicos que nos permiten saber que causó
cierto escozor.
El
drama del 15 de octubre, pomposo nombre de nuestra película,
fue obra y gracia de los hermanos italianos Francesco y
Vincenzo Di Domenico, y del primo de ambos,
Giovanni,
quienes años antes, en una fecha por resolver de
1909 (y en un teatro que se pudo llamar Novedades o tal
vez Variedades), montaron la que se cree fue la primera
presentación pública de un programa de cortos
cinematográficos que merezca recordarse.
El
sufrido lector dirá que suponemos demasiado y vacilamos
más, pero es que cuando se trata de cine colombiano,
todo es un acto de fe. De hecho, según la arqueología
más reciente, es El triunfo de la fe de 1914, y del
también italiano Floro Manco, la ópera prima
nacional; contrario a lo que su título permitiría
suponer, es una película sobre el progreso de Barranquilla
o sobre una tienda de nombre La Fe.
Pero
sigamos con El drama... Si apostamos por el 20 ó
21 de noviembre, es porque el 23 y 24 de noviembre del mismo
año, en dos notas sueltas del diario El Liberal de
Barranquilla se informa que El Liberal de Bogotá
y la familia del general Rafael Uribe Uribe han protestado
airadamente contra una película que representa o
pone en escena el asesinato de este aguerrido general que
se levantó contra el gobierno conservador, encabezó
las huestes liberales en la guerra de los Mil Días,
sufrió por el zarpazo que nos arrebató a Panamá,
lideró periódicos, escribió a granel
y que en la época de su magnicidio era un senador
progresista que soñaba con un socialismo de Estado
(se especula que en el momento del atentado llevaba en el
bolsillo el texto de un proyecto de ley sobre indemnización
por accidentes de trabajo).
"Gordos
y satisfechos, en una glorificación criminal y repugnante",
así describían los parroquiales medios de
la Colombia de entonces la aparición in fraganti
de dos artesanos, Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal,
que un año antes, en 1914, habían pasado a
hachazos al general Uribe Uribe en una acera próxima
al Capitolio.Esta "exhibición cínica
de los asesinos" fue la gloria y el desastre de nuestra
película más efímera y tormentosa,
y la primera, eso sí, que alertó sobre las
posibilidades de un cine que registrara la historia inmediata
del país, y no las inocentes postales turísticas
o piadosas.
La
película comenzaba con un retrato del general, seguido
de la operación que se le practicó antes de
morir, imágenes documentales del entierro y la piedra
de escándalo, la aparición de los 'envalentonados'
autores materiales del crimen, Galarza y Carvajal, trajeados
con sus mejores ropas, y dispuestos a todas las tomas a
las que con anterioridad se habían negado. "En
Bogotá se preguntaba todo el mundo cómo habían
logrado los constructores de los films que los dos sindicados
se prestaran tan voluntaria y descaradamente a que se comerciara
con sus imágenes. Todos sabíamos la respuesta
negativa y grosera que Galarza y Carvajal dieron en repetidas
ocasiones a algunos fotógrafos de la prensa que se
acercaron a retratarlos".
Después
se supo que los dos artesanos habían recibido 50
dólares por el pleno consentimiento a su aparición
en la película, aunque a estas alturas no es seguro
que los hayan recibido, pues el dinero fue entregado al
Síndico del Panóptico, y la decisión
de si era lícito que fuera o no recibirlos.
Francesco
Di Domenico recuerda en sus memorias: "Filmamos (...)
los funerales del general Uribe Uribe, su autopsia y a los
sindicados, escondiéndonos en todos los rincones
del Panóptico para poderlos tomar in fraganti y no
en pose forzada. La película desgraciadamente fue
prohibida para su exhibición en toda Colombia, por
medida de orden público". Pero que se presentó
se presentó; la prueba es que en Girardot, un airado
espectador disparó contra el retrato del general
que aparece en el primer plano de la película y perforó
el telón del teatro, y que hubo jueces que la permitieron
y comentarios favorables como el que se hizo después
de un ensayo privado en Medellín: "Película
interesante que no contiene ningún pasaje inconveniente.
Al contrario se ve allí la manifestación formidable
del dolor nacional, y los pomposos honores".
Sin
embargo, después de algunas exhibiciones aisladas
en distintos lugares del país, y del esfuerzo de
don Francesco por recortarle a la cinta los "peores
cuadros" para hacerla menos explosiva, las fuerzas
reaccionarias lograron lo suyo y por medio de las juntas
de censura departamentales la película fue prohibida,
y después destruida y olvidada, hasta convertirse
ahora en una anécdota pintoresca y macabra a la vez.
Porque lo que se prohibió entonces fue al cine como
motor de progreso, como testigo y juez, y se le condenó
al triste papel de ilustrador de la moral pública
y las buenas y sanas costumbres.
El
escándalo y la prohibición, los escabrosos
titulares de los periódicos que la calificaban de
"película inmoral" fueron un duro golpe
para la empresa de los Di Domenico y para la incipiente
industria nacional de cine. Su intento vanguardista, por
medio del cual pretendían ganarse la atención
del público con un tema actual y llamativo, se les
devolvió como un bumerán. La consecuencia
fue que en los años siguientes decidieron 'hablar
pasito' y 'pasar agachados', y el proyecto de producción
regular de películas, iniciado en ese mismo 1915
por los Di Domenico, sufrió su más duro golpe.
Jorge
Nieto y Diego Rojas lo dicen categórica y nostálgicamente
en su libro Tiempos del Olympia, a propósito de los
hermanos italianos: "Después no volverían
a producir hasta 1919, cuando se intentó de nuevo
tímidamente con 'noticieros'. La maldición
que pareció caer sobre 'El drama del 15 de octubre'
no ha permitido saber si fue corta o larga, aunque su duración
debió ser considerable, porque fue presentada sin
acompañamiento de otros títulos. La sensibilidad
alterada por la proyección de aspectos conflictivos
de la vida nacional comenzó aquí a hacer carrera".
No
conviene seguir 'suponiendo' qué habría pasado
si el incipiente negocio de los Di Domenico no hubiese sufrido
el revés de El drama del 15 de octubre. El cine siguió
-y la vida también-, pero como algo de lo que nunca
fuimos dueños. La costumbre de ir a los teatros y
familiarizarse con las divas y divos de allende las fronteras
transformó las costumbres de la gente, modificó
las maneras de pensar y guió nuestros sueños.
El cine, desde las primeras décadas del siglo XX,
fue uno de los primeros acercamientos que como sociedad
tuvimos a lo moderno.
Todavía
ir a cine, o incluso verlo en la comodidad de la poltrona
familiar, es lo primero a la mano para evadirnos de las
asperezas de lo real, conocer otras culturas y formas de
pensar y tener la certeza de que el mundo no acaba en la
esquina del barrio. Las formas de ir a cine han cambiado,
pero la sustancia que nos lleva a encerrarnos en una sala
oscura o aceptar como real lo fingido es la misma: No soportamos
demasiada realidad. ¡Que viva el espectáculo!
Y que no crean que les damos por eso la razón a quienes
censuraron, por exceso de realidad, El drama del 15 de octubre.