LA BATALLA DE PALONEGRO

Mayo 26 de 1900
Orgía de sangre
Al terminar la guerra de los Mil Días Colombia cambió para siempre. A partir de entonces las peores pesadillas se hicieron realidad.

Por Carlos Eduardo Jaramillo*

El 26 de mayo de 1900, en los inicios de la guerra de los Mil Días, cuando el generalísimo de los ejércitos liberales, Gabriel Vargas Santos, decidió dar la orden a sus fuerzas de iniciar la retirada en Palonegro, jamás imaginó que esta decisión llevaba aparejado un cambio definitivo en la historia de Colombia. Después de esa batalla la guerra dio un giro de 180 grados y tomó los elementos para prolongarse, con brutalidad y sevicia, por tres largos años. Sus efectos no fueron menores, pusieron el país al borde del abismo, le cercenaron territorio y multiplicaron su división política interna.

Después de la victoria de Peralonso, el 15 de diciembre de 1899 el liberalismo hubiera podido abreviar la guerra, consumando la derrota conservadora para marchar sin obstáculos sobre la capital. El generalísimo Vargas Santos, dueño de una victoria que no le pertenecía, ya que era consecuencia de una arremetida del general Rafael Uribe Uribe, no solo consideró deshonroso perseguir al grueso del ejército del gobierno en desbandada, sino que ordenó retroceder y armar tolda en Cúcuta, a muchos kilómetros del sitio de la batalla. Allí, por más de tres meses, el ejército altivo que venció en Peralonso se adormeció y se descompuso entre las querellas internas y la inacción militar.

Cuando por fin en febrero, espantando el sopor, el zancudo y las fiebres, el Generalísimo decidió empezar pequeñas escaramuzas, ya que el ejército conservador, renovado, fresco y bien pertrechado, bajo el mando del general Próspero Pinzón, le había cerrado todas las salidas posibles.

En las tinieblas

El 11 de mayo de 1900 llegaron las avanzadas liberales a las estribaciones de la cordillera de Canta, en inmediaciones de Bucaramanga y Lebrija, y allí se dio inicio a la más prolongada batalla de la guerra. Quince días de combates en un frente de 26 kilómetros de trincheras pegadas a la agreste topografía de los cerros de Palonegro. Allí, la victoria pendulaba con cada metro que se avanzaba o retrocedía, y donde machetes y yataganes hicieron calamidades entre los bandos.

Al sol canicular, al calor sofocante, a la falta de pertrechos, a la carencia de 'ambulancias' eficientes y a las cantimploras llenas de una mezcla de aguardiente con pólvora, se unió la brutalidad del combate, donde el arma blanca amputaba miembros y hendía las carnes condenando a sus víctimas a una muerte lenta entre las zanjas. Mucho antes que terminara la batalla, el hedor de los muertos que compartían trinchera con los vivos apestaba la región, y ensombrecía el cielo de aves carroñeras, muchas ancladas en tierra porque el peso de sus banquetes era mayor que la fuerza de sus alas.

Pasada la batalla, los médicos que atendieron los heridos y amontonaron los muertos dejaron relatos escalofriantes de la brutal saña con que los colombianos estaban decididos a matarse. Padres muertos encima de sus hijos adolescentes, habitantes de la región pillando las miserias de los muertos, miles de cadáveres cubiertos de moscas que desovaban y comían para multiplicar su especie y mujeres recogiendo, como en un rompecabezas, los pedazos de sus deudos para sepultarlos completos, o aquellas que trataban de imaginar, entre los cuerpos desfigurados por la hinchazón, algún rasgo que los identificara con sus seres queridos.

Unos 2.500 muertos es la cifra de algunos (1.500 liberales y 1.000 conservadores). Este es el saldo de la batalla que el 26 de mayo tocó su fin cuando los liberales empezaron a abandonar sus posiciones para entrar en otro laberinto de muerte y de tristeza.

Guerra irregular

De todas las rutas de escape, el generalísimo Vargas Santos optó por la más deletérea: la selva de Teorama. Allí el liberalismo les dejó a las fieras y a las fiebres lo último que le quedaba de la altiva fuerza que había triunfado en Peralonso.

Ese día, el 26 de mayo de 1900, el destino de Colombia cambió para siempre, a partir de ahí todo se hizo peor de lo que pudiera haber sido imaginado. El futuro de la guerra quedó escrito, la derrota del liberalismo solo sería cuestión de tiempo. Se dio inició a una guerra de desgaste para prolongar la confrontación y buscar las condiciones de una paz honrosa, que se hizo cada vez menos factible porque los ejércitos liberales eran fuerzas en permanente derrota.

La guerra, que paradójicamente los liberales habían querido convertir en una guerra regular donde los contendientes se dieran tratamiento de caballeros, devino, por fuerza de las circunstancias, en la más odiada guerra de guerrillas. En guerra de partidas donde la emboscada, la bala mascada y el machete se enseñorearon de los campos de batalla, junto con los capataces y los caporales de hacienda, diestros en el arma blanca y en la conducción de pequeños grupos de guerreros. Hombres a los que muchos la insania de la guerra les había quitado alma y sentimientos, convirtiéndolos en brutales máquinas de muerte y de venganza.

La Hegemonía Conservadora se prolongó en la historia. El conservatismo, 'los Históricos', les hicieron fintas a sus acuerdos con los liberales, para acomodarse en el poder hasta bien entrado el siglo XX. Tres años de guerra saturaron de sangre a los colombianos, con lo que se abrió paso en serio la constitución de un ejército profesional que impidiera la endemia de nuestras contiendas civiles.

A la sombra de los cañones no fueron pocos los que hicieron fortuna con las finanzas del Estado, las que escarbaron hasta sus cimientos, en descarada competencia de corruptos. Allí Colombia perdió la vergüenza, perdió la moral y perdió la ética.

El mapa de Colombia se volvió a dibujar en una rapiña de premios y castigos para vencedores y vencidos.

El empeño liberal por sostener su último valuarte en manos del general Benjamín Herrera en Panamá fijó en el Istmo la atención del mundo, lo que sirvió no solo para que los norteamericanos fondearan sus acorazados en el puerto y desplegaran sus marines sobre la vía férrea y la Ciudad de Panamá, con el pretexto de mantener abierta esa vía del comercio mundial, sino también para alentar las pretensiones separatistas.

Así, los norteamericanos, con los cañones del acorazado Wisconsin apuntando a la ciudad, impulsaron la idea de algunos ambiciosos panameños de independizar al Istmo. Estaba de por medio un gran negocio y un lugar estratégico del mundo que según ellos, no podía dejarse a los vaivenes de una república debilitada y escindida que mostraba un asombroso apego a resolver sus conflictos con el recurso de las armas y las contiendas civiles.

La falta de voluntad política y las torpezas innombrables de la diplomacia internacional de Colombia para llevar el caso de la construcción del canal terminaron por hacer de la venta de Panamá la solución más cómoda para la obtusa dirigencia nacional.

La pérdida de Panamá fue el puntillazo final de un cambio definitivo para Colombia que se empezó a gestar con los últimos disparos con que el ejército liberal inició su retirada de las escalofriantes trincheras de Palonegro el 26 de mayo de 1900.

*Sociólogo, ex consejero de paz, autor de 'Los guerrilleros del novecientos'.

 

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