NACE
EL LIBRE CAMBIO
Julio
14 de 1847
La
primera apertura
La
reducción de aranceles fue el primer paso del libre
comercio y el inicio de otras reformas que cambiaron la
economía nacional.
Por
Óscar Rodríguez*
El
proceso de la Independencia de Colombia
con España no terminó con la pólvora
y la sangre derramada en la Batalla
de Boyacá ni con la tinta fresca de la Constitución
de Cúcuta.
Debieron pasar varias décadas antes de que el país
dejara atrás algunas instituciones políticas
y económicas de la colonia para darle vida a un
sistema capitalista moderno.
Algunos
economistas e historiadores sostienen que la libertad
de comercio era como una hija legítima del proceso
de Independencia. El establecimiento de un comercio con
bajos aranceles que respondía más a necesidades
de carácter fiscal y que había sido catalogado
como librecambio es un tópico que sólo se
discutirá con mayor énfasis a partir de
1840. Para el historiador Luis Ospina Vásquez las
reformas a la tarifa obedecieron más a un criterio
de filosofía política que a consideraciones
puramente económicas.
Al
amparo de las ideas desarrolladas por Adam Smith, David
Ricardo, Juan Bautista Say y Federico Bastiat, en
las que se resaltaban las ventajas que traía un
comercio libre de controles estatales y con aranceles
bajos, Florentino González, en diversos escritos,
subrayó que la especialización agrícola
era el mejor camino que tenía la República
para alcanzar la prosperidad económica. Por eso,
como secretario de Hacienda del gobierno de Tomás
Cipriano de Mosquera impulsó la ley del 14
de julio de 1847, catalogada como la reforma al comercio
exterior y la primera apertura de la economía colombiana.
El primer paso hacia el libre cambio y la integración
con el comercio internacional.
Esta
ley, expedida por el Congreso en sesiones extraordinarias,
sentó las bases para que las siguientes reformas,
como la de 1861, 1870 y 1873 consolidaran las políticas
librecambistas que marcarían el siglo XIX y apoyó
las tesis de un importante segmento empresarial que, como
se afirma, vio como única alternativa de crecimiento
económico su vinculación al comercio exterior.
De otra parte, la existencia de los aranceles se justificaba
sólo por razones fiscales, puesto que sus tarifas
no lograban proteger la artesanía nacional y dar
paso a un desarrollo industrial.
Entre
las preocupaciones de los reformadores estaba la alta
sensibilidad de los recursos fiscales a los ingresos de
aduanas. Entre 1830 y 1845 esta renta aportaba la mitad
de los recaudos del gobierno central, por tanto reducir
los aranceles -y más tarde suprimir el estanco
del tabaco- conduciría a penurias fiscales. A pesar
de estas consideraciones se tomó la determinación
de reducir el arancel.
Eran
tres las tarifas aduaneras existentes en la época:
los aranceles ad-valorem puros, el sistema de valoración
oficial o aforo por arancel y los derechos específicos
a las importaciones, este último recaía
sobre el peso bruto de las mercancías y era el
más generalizado. Después de un corto período
proteccionista expresado en la tarifa aduanera de 1832,
la reforma auspiciada por Florentino González rebajó
los derechos para muchos productos agrícolas (harina,
arroz, manteca, azúcar, entre otros), para las
telas ordinarias y los textiles de algodón; la
tarifa ad-valorem fue reducida en 20 por ciento.
Esta
reforma fue seguida por otro conjunto de medidas como
la descentralización de las rentas, la supresión
del estanco del tabaco, la reforma monetaria, la abolición
de la esclavitud y la extinción de los ejidos,
que materializaron el ideario del liberalismo radical.
A su vez, la reforma generó una serie de protestas
y movilizaciones sociales a través de las cuales
los artesanos, organizados en sociedades democráticas,
se opusieron a la nueva política económica,
generándose una lucha por el poder, expresada en
la elección de José María Obando,
en el golpe de Estado de Melo y en los sucesos del 7 de
marzo de 1853, en los que el movimiento artesanal, que
encarnaba una propuesta económica construida sobre
el desarrollo del mercado interno, fue derrotado. En adelante
a la economía colombiana le correspondería,
en la división internacional del trabajo, una especialización
agrícola y postergar la industrialización
hasta las primeras décadas del siglo XX. La agroexportación
de productos como el tabaco, la quina y el añil,
suministraría los recursos para importar los bienes
manufacturados adquiridos en el mercado inglés.
Viejo
sueño
El
librecambismo, que es una faceta del liberalismo económico,
se conocía desde la Ilustración neogranadina,
pero sólo hasta la década de 1840 se hace
explícita sus posibilidades de aplicación.
La política económica que España
desarrolló en sus colonias estuvo guiada por los
principios mercantilistas. Uno de los propósitos
centrales del mercantilismo era el fortalecimiento del
poder del Estado, por ello se llevó a cabo la unificación
territorial, se compitió con otros Estados y se
adoptaron medidas para incrementar los ingresos tanto
fiscales como nacionales, entre ellas las conducentes
a afirmar el proteccionismo, organizar y acrecentar la
deuda pública, transformar el sistema tributario
y desarrollar el sistema colonial.
En
el campo económico la dominación española
en Hispanoamérica se caracterizó por un
fuerte control del comercio exterior, España era
el único país al cual las colonias podían
vender y comprar mercancías, los comerciantes que
realizaban intercambios comerciales con otras potencias,
salvo con permiso especial de las autoridades coloniales,
incurrían en el delito de contrabando, el cual
era penalizado con cárcel para los individuos y
decomiso de las mercancías. Además, el sistema
tributario permitía la fuga del excedente económico,
es decir, la mayor parte de los recaudos por concepto
de impuestos a las actividades económicas y a los
estamentos sociales eran remitidos a España para
satisfacer las necesidades del imperio, cada vez más
urgido de recursos para defender el sistema colonial.
El
ingreso fiscal más significativo provenía
de los estancos (en el siglo XVIII representaba cerca
del 40 por ciento del recaudo total), entre ellos fueron
importantes los de tabaco y aguardiente. Este sistema
impositivo generó varias protestas de carácter
antifiscal, la más conocida fue la Revolución
de los
Comuneros en 1780 y, en cierta forma, el proceso
de independencia de las repúblicas hispanoamericanas,
tal como lo ha caracterizado Pierre Vilar, tuvo un alto
componente de inconformidad con el sistema fiscal colonial.
La
gesta emancipadora y la expulsión definitiva tanto
del ejército como de las autoridades españolas
condujo a los criollos a tomar un conjunto de decisiones,
entre ellas las que permitían liberalizar el comercio.
Para tal efecto se firmaron acuerdos comerciales con Gran
Bretaña (1825), Estados Unidos (1825), Países
Bajos (1829) y Francia. A pesar del interés que
manifestaban los republicanos de modificar la estructura
tributaria, el cambio fue muy lento y de manera que los
nuevos impuestos no compensaban el retiro de los viejos,
así que hubo que acudir a la deuda externa para
financiar los crecientes gastos estatales. Para financiar
los ejércitos libertadores fue necesario recurrir
a la banca internacional y, de acuerdo al historiador
de la independencia José Manuel Restrepo, el Congreso
de Angostura de 1819 tuvo como una de sus preocupaciones
la necesidad de obtener crédito externo lo cual
estaba ligado al interés de predisponer a la opinión
pública inglesa a favor del proceso de independencia.
Francisco Antonio Zea fue enviado por Bolívar
a buscar nuevos créditos y a sanear la deuda que
él mismo había gestionado a través
de algunos de sus emisarios. Roberto Junguito calculó
que para la mitad del siglo XIX la deuda ascendía
a más de siete millones de libras esterlinas.
Este
conjunto de situaciones hizo que el sistema fiscal heredado
de la colonia desapareciera paulatinamente y pudiera ser
definitivamente suprimido con las reformas conocidas como
de Medio Siglo XIX.
*Profesor
titular, Universidad Nacional y Universidad Externado
de Colombia