LA
CONQUISTA
- LA SUJECIÓN DE LOS CHIBCHAS
1.
La expedición de Jiménez de Quesada
Como
se ha visto, la situación samaria impulsaba a los
conquistadores a la búsqueda incesante de nuevos
grupos indígenas; la gente no podía mantenerse
sino mediante el hallazgo de nuevos tesoros apropiables.
Además, a partir de 1533 la conquista del Perú
había creado nuevas esperanzas de enriquecimiento
entre los españoles y se creía que quienes
lograran encontrar una nueva ruta al fabuloso Perú
hallarían al mismo tiempo el camino a la satisfacción
de sus más grandiosos sueños de gloria y riqueza.
Por otra parte era evidente que muchos de los objetos y
joyas de oro encontrados entre los pueblos de la costa,
así como las esmeraldas, debían venir del
interior, y las expediciones realizadas entre 1531 y 1534
por el Bajo Magdalena volvieron con informes y rumores acerca
de pueblos ricos en oro y esmeraldas que debían estar
situados hacia el sur, en las montañas al oriente
del Magdalena.
Esto explica la desusada importancia que dio Pedro Fernández
de Lugo a la expedición organizada en 1536; fue preparada
como una de las más ambiciosas empresas entre las
que se originaron en Santa Marta. Según los cronistas,
el 5 de abril de 1536, al mando del capitán Gonzalo
Jiménez de Quesada, salió el grupo de Santa
Marta; consistía en unos 600 soldados, 85 caballos,
200 marineros en cinco naves1. Era uno de los grupos mayores
que se habían utitizado para una aventura similar,
y el número de participantes resulta aún más
notable si se considera la población que entonces
tenía Santa Marta.
La marcha al territorio de los chibchas ha sido narrada
con todo detalle por cronistas e historiadores, que han
subrayado las tremendas dificultades encontradas por los
españoles y el heroísmo y decisión
desplegados por éstos. Basta señalar aquí
algunos de los hechos más significativos.
La
salida, después de que Quesada recibiera las instrucciones
de rigor del gobernador de Santa Marta, entre las que figuraba
la orden de que tan pronto como los indios estuviesen en
paz "les pidáis oro"2, se hizo en dos grupos.
Una parte debía ir por el Magdalena y otra por tierra,
para encontrarse en tierras del cacique Tamalameque. El
6 de mayo se encontraban ya en Chiriguaná los expedicionarios
de tierra, encabezados por Quesada, que había bordeado
la vertiente occidental de la Sierra Nevada y cruzado el
territorio de los Chimilas3. Mientras esperaban los buques
recorrieron durante dos meses la región, en medio
de una población numerosa y hostil, e hicieron las
primeras adquisiciones de oro. Los barcos casi no logran
entrar al Magdalena, pero finalmente el grupo encabezado
por Luis de Manjarrés, disminuido por la pérdida
de tres naves, logró reunirse con Quesada, y todos
continuaron la marcha por la oriIla oriental del Magdalena.
Pasaron hacia el sur a Sampollón y la desembocadura
del río Lebrija, por territorio desconocido, en medio
de una selva muy difícil, amenazados por caimanes,
tigres y otras alimañas, y sin alimentos, obligados
a comer raíces, animales salvajes, caballos, ratones
y, en una ocasión, a uno de los mismos conquistadores.
El 28 de diciembre estaban en un sitio que llamaron La Tora
(Barrancabermeja), donde vieron indios que se vestían
con mantas coloradas y se alimentaban con maíz y
yuca (¿yariquíes?).
Pero se había logrado poco oro y la esperanza de
encontrar el resultado esperado casi había desaparecido4.
Sin embargo, un grupo halló señales de camino
por los ríos del oriente y una segunda expedición
exploratoria, al mando de Juan de San Martín, penetró
por el Opón y tropezó con una canoa indígena
que llevaba panes de sal y mantas de algodón; los
españoles descubrieron también construcciones
deshabitadas, aparentes depósitos para el intercambio
de sales y mantas. Después de que otro grupo encabezado
por Juan de Céspedes y Antonio de Lebrija encontró
tierras habitadas, Quesada despachó a los heridos
y enfermos con Manjarrés hacia Santa Marta y siguió
con poco más de 180 hombres que le quedaban5. Después
de un tiempo dieron en un valle poblado (que denominaron
del Alférez) donde consiguieron un guía y
a comienzos de marzo entraron en territorio chibcha, donde
los indios hablaban un idioma diferente del encontrado hasta
entonces y sembraban sobre todo papas. El entusiasmo de
los españoles no tenía límites. Frente
a ellos se encontraba, según todos los indicios,
una población densa y activa. Como lo describió
Castellanos:
"Y
cuanto más encumbra la ladera
más a placer se ven las rasas cumbres,
llenas de cultivadas sementeras
que quitan atrasadas pesadumbres,
con los humanos usos y costumbres
vense los pueblos, hierven los caminos
con los tratos y contratos de vecinos"6.
Estaban
al norte de Vélez, en un lugar al que dieron el nombre
de La Grita. El 4 de marzo llegaron a Chipatá y después
de cruzar varios pueblos pequeños llegaron el 12
a Guachetá, donde el valle tenía más
de 1.000 casas y fueron considerados hijos del Sol por los
asombrados indígenas, que les ofrecieron esmeraldas
y otros obsequios, entre ellos niños pequeños
para que se alimentaran. Entre Suesca y Nemocón enfrentaron
los hombres de Quesada el primer intento de resistencia
activa de los chibchas: el zipa, Tisquesusa, hizo un esfuerzo
fallido por expulsar a la fuerza a los invasores, quienes
dieron entonces la primera muestra de su superioridad militar.
Quesada,
ya en la sabana, fue acosado a partir de ese momento en
forma continua por sujetos de Tisquesusa, pero logró
aprovecharse de las rivalidades entre diversos caciques
indígenas para ir debilitando el poder del cacique
de Bogotá. Los caciques de Chía y Suba estuvieron
entre los primeros en someterse y colaborar con los españoles,
mientras los hombres de Tisquesusa sufrían derrota
tras derrota, pues no lograban oponer a los españoles,
que contaban con caballos, perros y armas de metal, más
que toscas armas de madera: lanzas, macanas y dardos arrojados
con tiraderas. Algunos grupos de españoles recorrieron
los páramos del sur de Bogotá y parte de la
vertiente occidental de la sabana, por donde entraron en
contacto con los belicosos panches; la situación
no parecía muy prometedora por estas regiones, y
en la sabana misma el oro esperado no aparecía en
grandes cantidades, quizás, según se dijo
entonces, porque el Zipa había escondido sus tesoros
al llegar los europeos. Quesada decidió entonces
seguir hacia el norte, en busca de las minas de esmeraldas.
Los españoles fueron a Chocontá, Turmequé
y el valle de Tenza -desde donde vieron los Llanos Orientales-
y encontraron las minas de esmeraldas de Somondoco. Supieron
entonces, por informantes indios, de la existencia del cacicazgo
de Tunja, y en agosto de 1537 invadieron su territorio,
sin dar tiempo al Zaque de esconder sus tesoros. El cacique
Quemuenchatocha fue apresado y los españoles obtuvieron
un fabuloso botín, que dio la primera satisfacción
a sus anhelos, pues aunque habían encontrado ya una
numerosa población "tenían los ojos puestos
más en las riquezas que en los naturales"7,
como comentaba Aguado. No tuvieron igual fortuna en Sogamoso,
donde la búsqueda de oro resultó infructuosa;
allí los españoles incendiaron el templo del
Sol mientras trataban de encontrar los tesoros de los indios.
Quesada
regresó luego a Bogotá después de enfrentarse
a una multitud de indios en Paipa, donde el cacique de Duitama
ofreció una tenaz resistencia. Tisquesusa, por su
parte, continuó hostigando y atacando a los españoles,
pero en alguna oscura escaramuza murió -a fines de
1537- sin que los españoles se enteraran inmediatamente
y sin que se supiera nada de su tesoro. Una nueva salida,
a la región de Neiva, no condujo a nada firme: los
españoles, ante la aridez y las escasas riquezas
de la región, donde no encontraron siquiera abundantes
poblaciones, denominaron el sitio Valle de las Tristezas.
Al volver a la sabana, en febrero de 1538, chocaron con
el sucesor de Tisquesusa, su sobrino Sagipa (Saquesasipa),
quien se sometió pronto y obtuvo la ayuda española
en una guerra contra los panches. Por la misma época,
en junio de 1538, se hizo el reparto del botín obtenido
hasta entonces. A cada español le correspondió
una suma por encima de $ 520, el doble a los que habían
venido a caballo y el cuádruple a los capitanes;
Quesada recibió 5 partes y se reservaron 10 para
Fernández de Lugo. Como ocurría siempre en
situaciones similares, a la relativa abundancia de oro correspondía
la gran escasez de artículos españoles, y
en especial de aquellos más necesarios para las luchas
con los indígenas: caballos, armas, herraduras. Los
precios de estos bienes alcanzaron altísimos niveles
y llegó a afirmarse que resultaba preferible usar
oro bajo en vez de hierro para herrar los caballos, por
el precio que este último había alcanzado.
Pronto
se deterioraron las relaciones entre los españoles
y Sagipa. Aquéllos, deseosos de localizar el perdido
tesoro del Zipa, apresaron a Sagipa y lo sometieron a juicio,
acusándolo de usurpar el cacicazgo de Bogotá,
que debía haber ido al cacique de Chía, sobrino
de Tisquesusa, de rebelión contra los españoles
y de negarse a revelar el sitio donde estaba oculto el fabuloso
tesoro. El hermano de Jiménez de Quesada, Hernán
Pérez, sirvió de curador apoderado de Sagipa,
y en su nombre apeló contra la sentencia de tortura
dada por el Licenciado, quien rechazó el recurso
alegando que podía perderse el oro y además
que el reo era "infiel, donde no se requería
de tantos miramientos ni advertencias como a un cristiano"8.
Según el testimonio posterior, Sagipa hizo que sus
indios quemaran las habitaciones que tenían los españoles
en Bogotá (cerca a Funza); Quesada ordenó
entonces a los indios de Guatavita que construyeran un poblado
para los españoles, al cual se trasladaron posteriormente.
2.
Fundación de las primeras ciudades
Según
la tradición, el 6 de agosto de 1538 el capellán
español ofreció la primera misa en el poblado
edificado por los indios para los invasores, en un sitio
conocido como Teusacá. Aunque no se hicieron entonces
los trámites legales de fundación, los habitantes
de Santa Fe adoptaron pronto esta fecha como la de la fundación
de la ciudad, lo que posiblemente expresa que para entonces
ya los españoles se sentían seguros de permanecer
en territorio chibcha y tenían el control de la situación:
la superioridad militar y organizativa de los peninsulares,
la mezcla de temor y reverencia que manifestaron los indios
y las divisiones internas de éstos se conjugaron
para lograr este resultado, que se consolidó aún
más cuando poco después de hecho el poblado
murió Sagipa a consecuencia de las torturas padecidas.
El tesoro, sin embargo, no pudo encontrarse.
Quesada,
que quería irse a España a informar a la Corona
de lo descubierto, había retrasado la partida en
espera de resultados adicionales. A fines del año
envió a Hernán Pérez -que en abril
y mayo había tratado de encontrar el reino de las
amazonas- al otro lado del Magdalena, en busca de las sierras
nevadas. En este viaje Pérez se enteró de
que gentes españolas -los hombres de Belalcázar-
venían del sur en busca del Dorado. Apenas informado
de esto, Jiménez de Quesada recibió la noticia
de que otro grupo español se acercaba a la altiplanicie
chibcha: desde Venezuela, después de recorrer durante
dos años los Llanos Orientales, llegaba hacia febrero
de 1539 Nicolás de Federmán, con algo menos
de 200 hombres. Había salido en 1537, siguiendo las
huellas de Jorge Espira, quien entre 1535 y 1538 recorrió
los Llanos Orientales, buscando una entrada a Jerira, una
región situada en territorio guane y sobre la cual
se habían tenido datos por las expediciones de Ambrosio
Alfinger. Espira no logró encontrar un buen ascenso
a la cordillera Oriental, aunque descendió hasta
el río Papamene y el Guaviare, y a los llanos de
Ariari; desde allí regresó a Venezuela, a
donde llegó con sólo 150 de los 400 soldados
que lo habían acompañado. Federmán
anduvo entre los indios Guahivos, trató de ascender
por el alto Guayabero y el alto Guaviare y finalmente encontró
un camino para subir a la cordillera hasta el pueblo de
Fosca. Aunque tenía mejor armamento que Quesada,
hizo un tratado con éste, quizás temeroso
de un acuerdo entre Belalcázar y Quesada; otros lo
acusaron de haber recibido oro de los hombres de Quesada
para aceptar la situación9.
A
los pocos días llegó Sebastián de Belalcázar,
con similar número de soldados y muy bien aprovisionados;
la venta de los animales (caballos y cerdos; a los hombres
de Federmán se atribuye la traída de gallinas)10
y de armas y otras mercancías ayudó a bajar
los precios y a que el oro de los hombres de Quesada pasara
en buena parte a los de Belalcázar. Los recién
llegados pretendieron que el territorio chibcha caía
dentro de sus respectivas gobernaciones, pero Federmán,
como ya se vio, y luego Belalcázar, aceptaron dejar
a Quesada en posesión de la región, mientras
cada uno presentaba en España los argumentos a su
favor y la Corona tomaba una posición definitiva:
si el área recién descubierta correspondería
a Santa Marta, a Popayán o a Venezuela, o, como Quesada
lo deseaba, se creaba una nueva gobernación.
Quesada,
probablemente por influencia de Belalcázar, procedió
a realizar la fundación formal de Santa Fe de Bogotá,
en abril de 1539, con el cumplimiento de los requisitos
habituales, en especial el nombramiento del cabildo. Hacia
estos mismos días asignó los indios de la
región entre los conquistadores, que recibieron estas
encomiendas "en depósito" por carecer el
Licenciado de los poderes suficientes para repartir indios.
Luego los tres conquistadores partieron en mayo para España.
Con Hernán Pérez de Quesada, quien quedó
con la autoridad como teniente de gobernador y justicia
mayor, permaneció la mayoría de los soldados
venidos con Quesada, así como casi todos los que
acompañaron a Federmán; unos cuarenta hombres
de Belalcázar decidieron también asentarse
en Santa Fe. En total quedaron unos 400 hombres (junto con
150 caballos y 300 puercas preñadas)11 un número
que justificaba la fundación de otros centros urbanos.
En julio, siguiendo instrucción de Jiménez
de Quesada, Martín Galeano hizo la fundación
de Vélez; la ciudad fue trasladada dos meses después
a su lugar actual. El 6 de agosto Gonzalo Suárez
Rendón fundó a Tunja.
Los esfuerzos por someter del todo a los indios continuaban.
Antes de salir Quesada los españoles hicieron una
expedición contra un nuevo cacique de Bogotá,
quien se había refugiado con 5.000 indios en el valle
de Tena; el "Bogotá", como lo llamaron
los cronistas, huyó y permaneció oculto a
los conquistadores al menos hasta 1543. Lázaro Fonte,
para castigar la muerte de un español que años
después estaba vivo, hizo en julio del 39 la pacificación
de Fusagasugá. Aunque se le acusó de tratarlos
muy mal, "a unos quemando y a otros aperreando, y a
otros matando de diversas maneras y a otros echándolos
a los perros para que los comiesen y matasen y matando otros
y hacerles tasajos para dar a los perros, y a otros muchos
indios cortándoles las narices y manos, y a mujeres
las tetas; todo al fin, para les sacar oro y esmeraldas...
y a las niñas pequeñas forzándolas,
enraspándolas en palos y echándose con ellas
y corrompiéndolas, de cuyas causas este cacique y
capitanes e indios... se rebelaron y han estado de guerra",
Fonte sólo admitió haber matado cuarenta capitanes
indígenas12. Galeano hizo poco después del
traslado de Vélez una entrada contra los Agatá,
de la que trajo más de 300 prisioneros, a los que
les cortaron narices, dedos y manos; había llevado
"gente descansada y algunos perros bravos y cebados
en indios", traídos por Belalcázar13.
A continuación, de enero a abril de 1540 Galeano
fue a Guane y recorrió las regiones de Oiba, Charalá,
Guanenta, Chianchón, Simacota, etc. Entre tanto Hernán
Pérez había organizado la búsqueda
de una fabulosa "casa del Sol", y tratando de
hallarla fue a las cercanías de la Sierra Nevada
del Cocuy, recorrió las tierras de los indios denominados
"laches" y luego fue a Tequia y Camara. Al regresar
al Nuevo Reino encontró que los indios, sobre todo
en la zona de Tunja, se habían rebelado y no satisfacían
las exigencias de los encomenderos. A fines de 1539 y durante
la primera mitad de 1540 los indios se vieron sometidos
a violencias sin límite: probablemente los españoles
trataban de someterlos amedrentándolos, aterrorizándolos
o escarmentándolos. Pérez decapitó
a Aquiminzaque, cacique de Tunja, junto con varios caciques,
principales y capitanes de otros pueblos, después
de capturarlos con engaños y promesas; se temía
que estuvieran preparando una rebelión conjunta,
según la declaración de una indígena
de Duitama.
En
seguida Pérez fue a sujetar a Guatavita, Machetá
y Gachetá; el pueblo de Guatavita fue incendiado
y sus labranzas se destruyeron. De manera similar se dominaron
rebeliones de Saboyá, Tisquesoque y Agatá
-indios que aunque probablemente chibchas usaban el arco
y la flecha-. Los indios de Ubaté, Suta, Tausa y
Simijaca, que se habían refugiado entre grandes peñones,
se arrojaron de éstos al ser derrotados por los peninsulares,
que completaron su triunfo mutilando a los vencidos.
Entre
tanto, Jiménez de Quesada, sin detenerse en Santa
Marta ni informar a la gente de esta gobernación
sobre sus descubrimientos, se fue directamente a España.
La conquista de los chibchas, sin embargo, fue conocida
inmediatamente en Santa Marta, pues Federmán, Quesada
y Belalcázar hicieron diversas declaraciones en Cartagena
al respecto. El gobernador enviado por la Audiencia de Santo
Domingo, Jerónimo Lebrón, decidió ir
a Santa Fe inmediatamente (enero de 1540), para tratar de
obtener el reconocimiento de la autoridad de Santa Marta.
Siguiendo la misma ruta de Quesada, en un viaje en el que
sufrió similares dificultades, que redujeron el número
de españoles de la expedición de 180 a 90
hombres14, llegó hasta Vélez, donde el cabildo
decidió aceptarlo como gobernador; probablemente
los conquistadores residentes allí esperaban que
el nuevo gobernador, con suficiente autoridad, les legalizara
la posesión de las encomiendas, las cuales Quesada
había simplemente entregado en depósito. Pero
en Tunja y Bogotá los regidores del cabildo, prevenidos
por Hernán Pérez de Quesada, se negaron a
aceptarlo, alegando que en sus documentos no se mencionaba
la autoridad de Santa Marta sobre el Nuevo Reino o sus ciudades
(lo que era inevitable, pues en Santo Domingo se enteraron
del descubrimiento del Nuevo Reino después de la
salida de Lebrón para Santa Marta; en diciembre de
1540, sin tiempo de que Lebrón pudiera saberlo, pues
llegó a Santa Fe en septiembre, la Corona española
expidió una cédula que registraba el dominio
de Santa Marta sobre el Nuevo Reino)15.
Según
Lebrón, la verdadera razón estaba en el temor
de los conquistadores de que se castigaran sus maltratos
a los indios. En todo caso, el gobernador de Santa Marta,
que había traído bastantes objetos, mercancías,
e incluso semillas de trigo que permitieron las primeras
siembras de este grano en la sabana16, se resignó
a tratar de sacarle el máximo provecho económico
posible a su viaje, vendiendo a elevados precios todo lo
que traía, en un momento en el que la escasez local
había vuelto a manifestarse. Después de completar
sus ventajosas operaciones comerciales
-en las que pudo ir incluso un pago oculto por retirarse
y no tratar de imponer su autoridad-, regresó Lebrón
a Santa Marta, dejando a casi todos sus hombres en Santa
Fe. A éstos se añadieron pronto unos cuantos
españoles que llegaron por los llanos desde Venezuela,
al mando de Lope Montalvo de Lugo17.
La
creciente población, buena parte de ella sin encomiendas,
seguía lista para nuevas expediciones. Un grupo encabezado
por Baltazar Maldonado fue al otro lado del Magdalena, cruzó
tierra de los panches y recorrió luego la zona de
Honda, Mariquita y Victoria, hasta llegar a las cercanías
de los nevados del Ruiz y el Tolima. El mismo Pérez
de Quesada organizó una empresa de gran envergadura
en busca del Dorado: el 1º de septiembre de 1541 salió
con cerca de 300 españoles y, según Pedro
Aguado, 8.000 indios de servicio18, en dirección
al llano; allí dio marcha al sur siguiendo el piedemonte
de la cordillera Oriental hasta que, después de largas
tribulaciones, encontró el valle de Sibundoy, ya
explorado por gentes de Belalcázar. Prácticamente
todos los indios y 80 soldados españoles murieron
en esta nueva búsqueda del Dorado; los demás
lograron llegar a comienzos de 1543 a tierras de Popayán.
Entre tanto al norte de Santa Fe se fundó otro centro
español de existencia efímera: a principios
de 1542 una expedición a cuyo mando iba Jerónimo
de Aguayo fue a la región de Tequia, Camara y Mogotocoro
y fundó la población de Málaga, que
se despobló al poco tiempo (1549).
Mientras
Pérez de Quesada estaba ausente quedó como
teniente de gobernador y justicia mayor Gonzalo Suárez
Rendón, quien tuvo que enfrentar una nueva rebelión
de los indios de Duitama, debelada "con pura sangre"
según la frase de Aguado19, lo que disminuyó
notablemente la población indígena. Después
el "Tundama", como era denominado el cacique,
recibió la muerte en un arranque de ira del encomendero,
descontento con la cantidad de tributos que recibía.
Del mismo modo se reprimieron otros levantamientos, como
los de Lupachoque y Ocavita; éstos fueron quizás
los últimos esfuerzos notables de los chibchas por
enfrentarse a los invasores, pues a partir de estos años,
hacia 1542, puede considerarse la población chibcha
como plenamente sometida al dominio español. No se
había ahorrado para ello el uso de los métodos
de violencia y terror que en otras partes habían
dado su sangriento carácter a la conquista: en 1550
Fray Jerónimo de San Miguel escribía desde
Santa Fe al Rey explicando cómo se habían
tratado los indios: "unos les han quemado vivos; otros
les han con muy grande crueldad cortado manos, narices,
lenguas y otros miembros; otros es cierto haber ahorcado
gran número de ellos, así hombres como mujeres;
otros se dice han aperreado indios y destetado mujeres y
hecho otras crueldades"20.
3.
Alonso Luis de Lugo en Santa Fe
El
nuevo gobernador de Santa Marta, Alonso Luis de Lugo, salió
de la sede de su gobierno con 300 hombres y llegó
al Nuevo Reino en mayo de 1543, después de un duro
viaje en el que otra vez se repitieron las ya proverbiales
escenas de hambre y horror y perdieron la vida más
de ochenta de sus hombres, fuera de muchos esclavos negros,
indios y animales y en el que trajo las primeras vacas y
toros21.
Lugo
venía dispuesto a hacer fortuna con la mayor rapidez
posible, y para ello, luego de hacerse reconocer como gobernador
legítimo, para lo cual contaba con el respaldo de
la Cédula Real de diciembre de 1540 ya mencionada,
comenzó a anular las distribuciones de encomiendas
hechas provisionalmente por Jiménez de Quesada, las
que habían sido modificadas por Pérez de Quesada
y Suárez Rendón. Lugo forzó a muchos
conquistadores a renunciar a ellas, a otros se las quitó
acusándolos de maltratar a los indios, cobró
tributos para propio beneficio e hizo luego una nueva repartición,
en la cual se autoasignó los pueblos mayores. Apoyándose
en las crueldades de Hernán Pérez de Quesada,
que muchos conquistadores estaban dispuestos a testimoniar,
lo envió preso a España, junto con Suárez
Rendón, no sin antes tratar de extorsionarlos. Pérez
de Quesada murió cuando, habiendo sido remitido de
Santo Domingo otra vez al continente para ser juzgado por
Miguel Díaz de Armendáriz, cayó un
rayo sobre el buque en que viajaba, en 154422.
La
reasignación de encomiendas, que conducía
a que los beneficiarios se sintiesen siempre inseguros de
su posesión, llevaba por lo tanto a una acelerada
explotación de los indios, acentuada además
por el hecho de que a veces se había dado dinero
para obtener una adjudicación. La creciente explotación
de los indios llevó a una nueva rebelión,
esta vez en área de los guanes, comenzada por el
cacique Chianchón, que habitaba la zona del actual
Socorro. La resistencia guane duró varios años,
y llevó al exterminio casi total de la población
local. Según Pedro Simón, el número
de habitantes (incluyendo los indios de Vélez) había
pasado en pocos años de 100.000 a 1.600 tributarios23.
Nuevos
pasos para expandir la zona dominada y afirmar el control
sobre ella se tomaron durante los años en los que
Lugo estuvo en Santa Fe. Luis Lanchero encontró un
camino mejor del Magdalena a Vélez, por el Carare,
en reemplazo del Opón. En 1543 Hernán Vanegas
dirigió un grupo de 60 hombres que atravesó
tierras de los panches donde peleó, según
los cronistas, contra 20.000 indios, cruzó el Magdalena
y exploró los llanos vecinos, encontró minas
de oro en Sabandija y Venadillo y regresó a Santa
Fe después de hacer un breve recorrido por zona de
colimas. Con base en esta expedición se decidió
fundar una nueva población entre los panches, y así
se hizo en 1544 cuando el mismo Hernán Venegas estableció
la ciudad de |Tocaima en las riberas del Funza, después
de sujetar militarmente algunas tribus vecinas.
Algunos españoles estaban para estos años
iniciando el establecimiento de explotaciones ganaderas
en Santa Fe, utilizando las reses traídas por Lugo;
se esbozaba así la transición hacia una nueva
forma de organización de la producción y hacia
nuevas relaciones con la población indígena
chibcha.
4.
Pedro de Orsúa y Miguel Díaz de Armendáriz
Lugo,
tras exprimir al máximo el Nuevo Reino, regresó
en 1544 a Santa Marta y dejó en su reemplazo a un
pariente, Lope Montalvo de Lugo, quien durante su mandato,
que se extendió por un año a partir de mayo
de 1544, tuvo otra vez que "pacificar" a los rebeldes
indios de Guatavita. Montalvo de Lugo, a su turno, fue reemplazado
por Pedro de Orsúa, que vino en 1545 enviado por
el nuevo visitador Miguel Díaz de Armendáriz,
cuyo sobrino era. Orsúa llegó acompañado
por el obispo de Santa Marta, Martín de Calatayud,
y parece haber dado cierto contento a los antiguos conquistadores,
abrazando su causa contra los amigos de Lugo, a muchos de
los cuales, entre ellos a Lope Montalvo, apresó.
A
fines de 1546 llegó el titular Miguel Díaz
de Armendáriz, con 100 hombres, que elevaron el total
de residentes españoles del Nuevo Reino a unos 800
hombres24. Quizás una tercera parte eran encomenderos,
y el resto estaba compuesto de los soldados y clientes que
vivían como protegidos de los encomenderos y a su
servicio, así como de los artesanos, clérigos
y funcionarios de la Corona que completaban el mundo español.
Todos vivían, directa o indirectamente, de los servicios
prestados por los indios a sus encomenderos: alimentos,
leña, siembras de maíz, papas, trigo; atención
a los ganados, cerdos y aves de corral. El trigo había
venido a complementar la dieta de los españoles,
que no se resignaban del todo a alimentarse de productos
americanos; aún no había, sin embargo, molinos.
La despoblación era evidente para quien llegaba a
la región, ante todo por la decadencia de la agricultura
indígena. Armendáriz comentó que todo
el espacio entre Vélez y Santa Fe daba señales
de haber sido cultivado: "Desde la ciudad de Vélez
hasta ésta, que hay treinta y dos leguas, no se ven
cuatro que no muestren claramente haber sido labranzas o
de maíz o de turmas... o de frisoles, o algodonales,
o hayales..."25.
Díaz
de Armendáriz venía sobre todo con la tarea
de pregonar y hacer cumplir las nuevas leyes sobre el trato
a los indios, pero como se relata con mayor detalle en otra
parte, debió dejarlas sin vigencia por la resistencia
de los conquistadores. Y contra lo dicho en tales normas,
se permitieron nuevas expediciones para sujetar a indios
aún rebeldes o establecer nuevas ciudades. Así,
Ortún Velasco, teniente de gobernador de Tunja, recibió
en 1547 autorización para hacer una entrada a tierras
de los chitareros; con base en su primera visita preparó
un grupo de 60 hombres que en 1549 salió a poblar
al norte de la provincia de los guanes, por donde se sabía
que había minas de oro. Velasco fue seguido al poco
tiempo por Orsúa, quien asumió el mando de
toda la expedición. Los españoles atravesaron
la zona de Málaga, ciudad española que entonces
se decidió despoblar, llegaron hasta los valles del
Pamplonita y el Zulia y en noviembre fundaron a |Pamplona,
en un valle frío densamente poblado26; allí
más de 110 conquistadores establecieron su residencia,
como señores de una población indígena
que se extendía desde el río Sogamoso hasta
el Zulia. La ciudad, en la que comenzó a sembrarse
trigo muy rápidamente, encontró su fortuna
con el hallazgo, en 1551, de ricas minas de oro, en el páramo
de Surata y en la parte alta del río de Oro.
Todavía
los muzos, vecinos inmediatos de Santa Fe, se encontraban
por fuera de la autoridad española. Armendáriz
envió a Melchor de Valdés a que los sometiera,
pero la entrada, que tuvo lugar en 1550, no logró
nada duradero. El año siguiente Pedro de Orsúa
hizo un nuevo intento y después de varios encuentros
y batallas con los indios fundó una ciudad que recibió
el nombre de |Tudela de |Navarra. Al poco tiempo, sin embargo,
el hostigamiento de los indios obligó a los españoles
a desamparar el sitio, cuya importancia sólo surgiría
al descubrirse, años después, las minas de
esmeralda que lo harían famoso. Al lado de los muzos,
los indios colimas permanecían insumisos.
El
otro lado del Magdalena fue explorado otra vez en 1548 por
el tesorero real Pedro Briceño, quien recorrió
la región de Sabandija y las vertientes del Ruiz
en busca de yacimientos auríferos. El éxito
lo favoreció y para 1549 se habían establecido
varias explotaciones del oro de los ríos; según
Briceño en los placeres de la región buscaban
oro más de 150 esclavos negros. El país de
Harvi, buscado por Robledo desde el otro lado de la cordillera,
había revelado finalmente sus riquezas. En ese mismo
año de 1548 salió Francisco Núñez
de Pedroso con más de 100 hombres hacia la vertiente
occidental del Magdalena; cruzó el río Guarinó
y siguió por un territorio que llamaban de los Palenques
por la presencia de empalizadas alrededor de las viviendas
de los aborígenes, hasta dar, pasando el Samaná,
la región de Punchiná y el río Nare,
con el río Guatapé. Desde allí giró
al occidente y por sobre la cordillera llegó al Valle
de Aburrá, ya visitado por los hombres de Robledo,
cuando ya estaba bien entrado el año de 1550. Allí
tropezó con una expedición de cerca de 120
hombres encabezada por Hernando de Cepeda, quien había
salido de Popayán tratando de sustraerse al juicio
de residencia que iniciaba el visitador Francisco Briceño.
Juntos recorrieron las altiplanicies vecinas y luego regresaron,
unos a Cartago, otros a Arma y otros a Venadillos, donde
existían las minas de oro explotadas por los españoles
del Nuevo Reino. La expedición de Núñez
Pedroso dio pie para la fundación, en 1552, de una
población en el río Gualí, que fue
denominada |Mariquita, y que controló las poblaciones
de indios gualíes, guasquias y los llamados posteriormente
"marquitones", todos los cuales fueron repartidos
en encomienda después de debelar con la ejecución
de unos cuantos indios un presunto levantamiento. Un poco
antes Andrés López de Galarza fue despachado
por la audiencia a la conquista del llamado Valle de las
Lanzas. En 1550, tras recorrer con un poco menos de 100
soldados el valle del Combeima y de ascender por los ríos
que bajan del nevado del Tolima, fundaron en octubre la
ciudad de |Ibagué. Repartidos los indios y "pacificados"
los pueblos vecinos en primera instancia, al poco tiempo
una rebelión asedió la ciudad, que estuvo
rodeada durante cuarenta días hasta que socorros
de Santa Fe la liberaron y conquistaron una paz inestable
con los vecinos. La ciudad se había establecido,
después de cuatro meses, en una meseta (¿actual
Cajamarca?) al pie de la cordillera, buscando una ubicación
menos expuesta a los indios, con mejores tierras y que permitiera
un paso fácil al otro lado de las sierras, hasta
Cartago (situado, como ya se dijo, donde hoy está
Pereira); este camino se juzgaba muy provechoso para la
buena operación de las empresas mineras que comenzaban
a brotar en el área vecina27.
Como ya se ha dicho, en 1547 se ordenó el establecimiento
de una Audiencia Real en Santa Fe, organismo que se instaló
en abril de 1550, con la llegada a su sede de los oidores
Beltrán de Góngora y Juan López Galarza.
Antes había llegado el oidor de la audiencia de Santo
Domingo Alonso de Zorita, a quien la audiencia de la isla,
ignorante de la decisión española de enviar
tal tribunal al Nuevo Reino, había comisionado la
residencia de Miguel Díaz de Armendáriz. Zorita
fue recusado por Armendáriz y los demás funcionarios
locales, sobre la base de que desde España se había
ordenado a otro miembro de la Audiencia del Nuevo Reino,
Gutiérrez de Mercado, el juicio de residencia a Armendáriz.
Pero Mercado, quien venía como oidor presidente de
la Audiencia, murió en la costa Atlántica;
poco después Zorita decidió regresar a Santo
Domingo sin haber podido avanzar mucho en su tarea. Quedaba
el territorio colombiano bajo el mando de la Real Audiencia,
compuesta por tres oidores: Góngora, Galarza y Francisco
Briceño, quien se encontraba haciendo el juicio de
residencia en Popayán. A esta autoridad quedaban
sujetas las gobernaciones de Santa Marta, Cartagena (que
no se había adicionado desde el comienzo, pero fue
añadida pronto) y Popayán, así como
el propio Nuevo Reino. El hecho de que la Audiencia estableciera
un organismo judicial permanente en el territorio de la
actual Colombia es significativo, pues implica la sujeción
de los gobernadores y adelantados, usualmente surgidos del
proceso de conquista, a un grupo de funcionarios entrenados
como burócratas en las universidades españolas
y con larga experiencia legal. Aunque los oidores no estuvieran
ni mucho menos por encima del soborno y de una actitud de
contemporización con la voluntad del grupo de encomenderos
y conquistadores que dominaba las sociedades locales, el
establecimiento de la Real Audiencia terminaba la identificación
casi inmediata de la autoridad dentro de la sociedad colonial
española con la voluntad de los jefes del grupo conquistador.
A esta evolución correspondía una transformación
paralela de los conquistadores mismos, algunos de ellos
ya envejecidos o fatigados, en los que comenzaba a primar
el deseo de gozar en forma menos agitada y arriesgada los
beneficios ofrecidos por la encomienda. Aunque para los
recién llegados todavía la perspectiva de
una entrada a pacificar indios sería atrayente, y
daría la gente requerida para completar el dominio
sobre las áreas vecinas al Nuevo Reino todavía
imperfectamente sujetas (los llanos, la región de
los palenques al norte de Mariquita, la zona de las colimas
y muzos, etc.), los encomenderos comenzaban a encontrar
más atractivos los placeres de la vida urbana, con
sus rituales políticos alrededor del cabildo, sus
actividades económicas centradas en la explotación
de una estancia y quizás de una mina de aluvión
y con las complejas filigranas -precedencias, formas de
trato, vestidos- que permitían a los conquistadores
adquirir la conciencia de que su sueño de preeminencia
social había resultado satisfecho.
Por
esto, aunque en muchas zonas del país el proceso
de la conquista siguiera un ritmo diferente y sea por lo
tanto difícil de escoger una fecha como indicativa
de una transformación básica en la nueva sociedad,
puede acogerse la fecha tradicional de 1550 como punto final
de esa época, momento de transición entre
la sociedad de conquista, basada en el saqueo y la apropiación
del botín, a la organización de la explotación
del indio mediante el control de su trabajo dentro de la
institución conocida como encomienda. La estabilización
simultánea de la sociedad, la disminución
del agitado ritmo de la época de conquista, la organización
de sistemas más burocráticos de autoridad,
representados en el establecimiento de la Real Audiencia,
en la adopción de legislación protectora del
indio, en la conformación de un aparato eclesiástico
organizado, con obispos, monjes y todos los demás
requisitos, son todos apenas aspectos concomitantes de la
misma modificación, algunos de cuyos elementos se
analizan con mayor cuidado en los capítulos siguientes.