LA
CONQUISTA
- LA CONQUISTA DE CARTAGENA
1.
Fundación de la ciudad y primeras exploraciones
Como
en Santa Marta, y quizás con mayor intensidad, la
zona de Cartagena estuvo sometida a constantes expediciones
esclavistas desde su descubrimiento, y en particular después
de las Cédulas Reales de 1503 que autorizaron la
captura de los indios de la región, explícitamente
mencionada. Las expediciones de 1509 desembarcaron todas
en Cartagena, y es posible que algunos de los conquistadores
hubieran considerado la posibilidad de hacer allí
una fundación para aprovechar el buen puerto ofrecido
por la bahía, pero si esto fue así, la resistencia
indígena pudo cambiar la opinión de los españoles.
Creada la gobernación de Castilla del Oro, la costa
Atlántica entró a depender de ella, y continuó
siendo un terreno de caza de esclavos y de viajes de comercio.
La fama de belicosos de los indios se extendió e
incluso en 1515 se organizó en España una
expedición que debía exterminar los indios
"caribes", entre los cuales se incluían
los de Cartagena; sin embargo, nunca llegó a este
sitio, pues fue derrotada concluyentemente en la isla de
Guadalupe. En la tercera década se empieza a planear
un establecimiento permanente en la zona: en 1523 Gonzalo
Fernández de Oviedo obtuvo el derecho exclusivo a
comerciar en Cartagena y en las regiones vecinas, obligándose
a establecer una fortaleza permanente1. Y en marzo de 1525
el mismo Fernández de Oviedo obtuvo una capitulación
para la conquista de la región, que recibió
el nombre de gobernación de Cartagena2. A pesar de
que en 1519 un informe de Rodrigo de Figueroa sobre los
indios de la Tierra Firme sostuvo que no se sabía
si los de la zona eran caribes, la capitulación de
Oviedo incluía el derecho de esclavizar los "caribes"
de Cartagena. Sin embargo, Oviedo no logró ningún
resultado, y la costa siguió sujeta a robos, saqueos
y esclavizaciones durante los años siguientes; ocasionalmente
se contribuía a la financiación de alguna
expedición con esclavos de Cartagena3.
En
1532 (julio 4) una nueva disposición de la Corona
española preparó el terreno para una colonización
de Cartagena: Pedro de Heredia, quien había estado
entre los conquistadores que acompañaron a Pedro
Vadillo en Santa Marta, de donde salió con "razonable
caudal de rancheos, rescates y salarios", recibió
licencia para rescatar en Cartagena, sujetar a los indios
y administrar justicia. Y en agosto la Corona firmó
la capitulación para la conquista de esta región
con el mismo Heredia, quien contaba con la protección
del hermano de Vadillo, el oidor de Santo Domingo, Juan
Vadillo, y tenía además alguna fortuna como
hacendado en La Española. La capitulación
era muy similar a la hecha con Bastidas para Santa Marta,
pero se acentuaron las disposiciones de protección
a los indios y la tendencia a promover un establecimiento
colonizador permanente: la esclavización de los indios
quedó completamente prohibida y parece que también
la distribución de indios en encomienda; se autorizó
el traslado de cien esclavos negros "la mitad hombres
y la mitad hembras" y se permitió el montaje
de un ingenio azucarero. Además el grupo colonizador,
a diferencia del de Santa Marta, era abierto: esto quiere
decir que todos los españoles que quisieran ir a
vivir a la gobernación podían hacerlo, y podían
con igual libertad abandonar a Cartagena. En Santa Marta
sólo participaban de la conquista los miembros admitidos
en las expediciones autorizadas por los gobernadores; tampoco
podían los conquistadores abandonar la gobernación
voluntariamente4.
Heredia
salió de España en septiembre de 1532 con
unos 115 hombres, en una situación de estrechez económica
y con mucha mercancía, para financiarse vendiéndola
en Puerto Rico y La Española. En el primero de estos
sitios se le sumaron algunos antiguos conquistadores, entre
otros el experimentado Francisco César, antiguo capitán
de Sebastián Caboto en la expedición al Río
de la Plata. En Azua, localidad de La Española, preparó
armaduras de hierro, que luego fracasaron, por el peso,
la herrumbre y el calor; allí se le incorporaron
otros "baquianos". El 14 de enero del año
siguiente el grupo de Heredia, con 150 hombres -un número
más bien reducido- llegó al sitio de Cartagena,
después de haber desembarcado en Gaira, donde obtuvieron
una india como posible traductora. La expedición
parece haber sido financiada principalmente por el mercader
Pedro de Cifuentes. Eran socios principales, fuera de Heredia,
Rodrigo Durán, quien fue nombrado contador, Alonso
de Saavedra, tesorero, el factor Juan Velásquez,
el regidor Juan Ortiz y probablemente Juan Vadillo, quien
había hecho una inversión en la conquista
de Santa Marta que aún no había recuperado.
El hecho de que los cargos reales y del cabildo se dieran
a quienes eran socios de la empresa no es extraño:
de ese modo podían cooperar en la toma de decisiones
sobre asuntos que afectaban su inversión; por otra
parte, su voluntad de arriesgar algo en la conquista resultaba
premiada con cargos social y económicamente valiosos.
Desde
el desembarco hasta mediados de abril Heredia recorrió
los territorios situados al oriente de la actual ciudad,
en busca de un sitio adecuado para establecer una población
y tratando de conseguir "lenguas". Este recorrido
lo llevó hasta Zamba, Malambó, las orillas
del Magdalena y las llanuras entre la serranía de
María y la costa. Heredia no encontró un lugar
adecuado para establecerse distinto de Cartagena. En varios
sitios era muy fuerte la escasez de agua corriente y en
otros era tan grande el número de indígenas
que resultaba aventurado instalarse en ellos. La zona recorrida
estaba poblada en forma muy densa: fueron más de
sesenta los pueblos visitados, algunos de ellos de un tamaño
capaz aun de sorprender a los españoles. El mismo
Heredia lo destacó: "Y hallamos tantos pueblos
que en ninguna tierra de España ni de ningún
cabo la hay tan poblada"5. El gobernador combinó
durante esta primera relación con los indios toda
clase de técnicas para lograr su sujeción.
En algunas partes el mero temor a los españoles pareció
suficiente para que los indios entregaran oro y alimentos,
y en tales casos Heredia prefirió no provocar a los
indígenas con exigencias adicionales. En otras ocasiones
aprovechó los enfrentamientos entre grupos diversos,
apoyando a unos u otros para obtener la alianza o el dominio
de ellos. Donde los indios resistieron ordenó la
quema de pueblos y sembrados, la captura de jóvenes
y mujeres y la lucha contra quienes no se sometían.
Además, portador de la moral europea, condenó
a morir en la horca a los que practicaban el canibalismo
o la sodomía.
El
gobernador regresó a Cartagena y recorrió
luego, durante mayo otros pueblos vecinos; el 1º de
junio, según los documentos más probables,
procedió a fundar en regla una ciudad, Cartagena,
siguiendo los pasos usuales: nombramiento de alcaldes y
regidores, trazo de la ciudad y repartimiento de solares
entre los conquistadores. Estos tenían motivos para
estar satisfechos: según los cronistas, a cada participante
en la entrada antes mencionada le tocaron 6.000 pesos de
botín, lo que supondría un total cercano al
millón de pesos, suma cinco veces mayor a la declarada
oficialmente como botín de la conquista de los chibchas
(aunque sin duda inferior al botín real de esta última).
Aunque esto pueda ser exagerado, lo cierto es que en poco
tiempo la fama de Cartagena llegó a Santo Domingo
y a otros sitios; centenares de hombres vieron en Cartagena
una extraordinaria oportunidad para enriquecerse, alimentada
además por la convicción de que estaba muy
cerca del Perú. El crecimiento de la población
fue entonces muy rápido: en enero de 1534 había
algo más de 200 hombres; durante el año llegaron
las expediciones de Juan Ortiz, Alonso de Heredia y Rodrigo
Durán, que elevaron el número de varones,
a pesar de las inevitables muertes, a más de 800.
Entre estos recién llegados vino en febrero de 1535
un obispo, Tomás de Toro, lo que revela la importancia
que se dio a la nueva colonia. Y en la expedición
de Durán vino "gente de guerra e gente noble,
ballesteros e arcabuceros e rodeleros y entrellos muchos
oficiales e físicos e cirujanos e carpinteros y albañiles
y herradores e de otros oficios, y otros casados con sus
mujeres e hijos"6. Castellanos alude a la venida de
mujeres, que seguían de cerca los golpes de fortuna
de los inquietos conquistadores,
También
a vuelta de los mercaderes
llegaron en aquellas coyunturas
los molestos melindres de mujeres
en seguimiento de sus aventuras;
unas de ellas con sueltos pareceres
y otras con maritales ligaduras7.
El
oro, por supuesto, atraía a los comerciantes, que
aprovisionaban a la ciudad de todo lo que necesitaba, con
excepción del maíz aportado por los indios
(parece que la yuca, que sería posteriormente de
gran importancia en la alimentación local, no era
todavía admisible para el paladar español).
De modo que, como en Santa Marta, el oro acumulado por los
indígenas, apropiado a la fuerza por los españoles,
pasaba a manos de los comerciantes dueños de cargamentos
de alimentos, vestidos, armas, caballos y otros productos.
Pero
el oro servía también para dar pie a complejas
tensiones dentro del grupo español. Heredia endeudado,
trataba de disminuir la parte dada a cada soldado -los cuales
eran socios de la expedición, aunque a veces debieran
a Heredia o a otros socios principales su cuota- para asumir
gastos comunes y cancelar sus deudas con los comerciantes;
entre otras cosas, vendió a la hueste, que funcionaba
como una "compaña" los buques que había
traído, con lo que obtenía dinero para pagar
sus deudas; la venta, sin embargo, se hizo a crédito
y Heredia esperaba pagarse de entradas futuras. Además,
vendía provisiones traídas de sus haciendas
en Santo Domingo, caballos y otras mercancías, generalmente
al fiado y a precios elevadísimos a los soldados,
dispuestos a aceptar casi cualquier precio, confiando en
las riquezas que estaban a punto de encontrar. Como, pese
a la riqueza de oro local, la parte de cada soldado raras
veces alcanzaba a cubrir sus deudas, los conquistadores
veían que su participación se descontaba para
cancelar sus obligaciones, sin que les quedara nada. Con
el crecimiento tan acelerado de la población, el
denominador por el cual había que dividir los tributos
aumentó mucho, y fue necesario además pagar
los gastos de traída de tanta gente, de modo que
el oro de las entradas, aunque monopolizado por Heredia
mediante los mecanismos descritos, no alcanzaba a pagar
a los mercaderes que habían ayudado al transporte
y mantenimiento de los recién llegados. A fines de
1534 fue necesario apelar a fondos de la Corona, operación
del todo ilegal, para cubrir obligaciones con los comerciantes;
la situación era tan estrecha, sin embargo, que pese
a que éste fue el motivo de la operación,
el dinero sacado de las cajas reales se usó más
bien para alimentar las gentes que acababan de venir con
Rodrigo Durán.
No es difícil imaginar los enfrentamientos incubados
por esta situación: el gobernador estaba siempre
en conflicto virtual con su hueste; ésta estaba constantemente
tentada a presionar para que se hicieran más y más
entradas, para forzar la explotación acelerada de
los indios y, si las cosas no mejoraban, podían los
soldados irse a buscar fortuna a otras gobernaciones más
prometedoras. Si el éxito parecía favorecer
la región, la fama atraía inmediatamente los
descontentos de otras partes, aumentando el número
de conquistadores entre los que habría que repartir
lo que se quitara a los indios. Un índice de las
presiones motivadas por esta compleja situación financiera
lo da la inmediata violación en Cartagena de la prohibición
de esclavizar indios: al poco tiempo de llegar, el obispo
Toro escribió a España denunciando que los
cristianos no habían cesado "hasta agora, de
traer indios e indias, niños y niñas, cuantas
pueden aver por todas partes donde andan, vendiéndolas
aquí a mercaderes, los cuales los llevan y envían
a Santo Domingo"8.
2.
El descubrimiento de las tumbas del Sinú
La prosperidad de Cartagena -compatible con la pobreza de
muchos conquistadores y con los acosos de Heredia y los
demás socios- se mantuvo por el éxito que
acompañó los siguientes esfuerzos de penetración
españoles en el territorio de la gobernación,
y que cubrieron esencialmente tres áreas: la región
del Sinú, la zona de Urabá y el territorio
de las hoyas del Cauca y el San Jorge. La primera expedición
del Sinú la hizo Heredia en enero de 1534; en las
llanuras vecinas a este río encontró Heredia
los restos de una cultura que, como ya se ha visto, había
alcanzado un notable desarrollo. Aunque la población
había disminuido mucho, probablemente por epidemias
introducidas por contactos indirectos con los españoles
o por la primera expedición del capitán Becerra,
los españoles consideraron el hallazgo del Sinú
como una extraordinaria fortuna, más que por su amplia
población, por la riqueza del botín que parecía
ofrecer. Castellanos escribió que la región
era "de pocos aunque ricos naturales"9 y las cartas
e informes contemporáneos subrayaban, más
bien, que una población para someter, la gran magnitud
del oro disponible. Este oro se obtendría mediante
la primera forma de "minería" que se presentó
en escala considerable en el territorio colombiano, el saqueo
de sepulturas indígenas. Estas, localizables a veces
por grandes árboles plantados sobre ellas, o montículos
de tierra, o la simple diferenciación en el color
de la superficie, guardaban al lado del indio multitud de
piezas de oro, que dieron a los españoles y en particular
los que enfrentaban al gobernador y a la hueste.
Heredia, por su parte, parece que pensaba más en
las ventajas a largo plazo que en el saqueo inmediato: apenas
llegó al Sinú prefirió continuar adelante,
en busca de minas y para evitar perturbar a los indios,
mientras sus hombres querían excavar las tumbas inmediatamente.
Heredia impuso su autoridad y trató de subir por
las Sierras de Abibe, pensando encontrar una ruta al Perú.
El viaje resultó un fracaso y buen número
de españoles encontraron la muerte en la áspera
serranía; al regreso los conquistadores, encabezados
por Francisco César, comenzaron a cavar las tumbas,
contra la voluntad de Heredia, quien los hizo seguir a Cartagena,
adonde llegaron a finales de mayo, bastante irritados con
el gobernador. El problema aumentó cuando, a finales
del año, Alonso de Heredia, hermano del gobernador,
dirigió una entrada que fue primero hacia el Magdalena
también en busca del Perú y tratando de evitar
las sierras de Abibe, pero se desvió luego en dirección
al Sinú, que atraía como un imán el
interés de todos los españoles. Allí
encontraron que los indios, en previsión de los saqueos
españoles habían excavado ellos mismos las
sepulturas y habían escondido sus tesoros; la culpa
de tan grave pérdida recaía para los acosados
españoles en Pedro de Heredia, por negarse a permitir
a tiempo las excavaciones. César y otros hombres
se enfrentaron a Alonso de Heredia, quien estuvo a punto
de ahorcarlos; pretendían excavar las sepulturas
por cuenta propia y se negaban a dar a Pedro de Heredia,
que necesitaba dinero en Cartagena, el oro sacado por la
expedición de Alonso de Heredia.
En
este caso, no querían asumir los costos de los recién
llegados con Durán, que no habían hecho ningún
esfuerzo para descubrir el Sinú. Heredia salió
aceleradamente de Cartagena hacia el Sinú con cuanta
gente pudo, hasta el punto de que se reunieron, en enero
de 1535 más de 800 españoles en esta zona,
y trató de calmar a sus hombres. Para esto, aceptó
autorizar la excavación libre de las sepulturas,
la fundación de un pueblo, que recibió el
nombre de |Villarrica de Madrid, y la salida en busca de
otro grupo indígena que según los informes
de los nativos era aun más rico que el Sinú
en sepulturas: se trataba del Pancenú. A la expedición,
que se hizo en enero y febrero de 1535, fueron todos los
españoles disponibles; probablemente nadie podía
aceptar que algunos se quedaran en el Sinú, aprovechando
la ocasión para abrir las sepulturas. Heredia fue
con sus hombres a Ayapel y al Cauca, donde encontraron nuevos
pueblos y nuevas sepulturas pero no el propio Pancenú,
y volvió al Sinú, según los cronistas,
con 500 hombres menos, aunque con oro. Allí faltaba
comida, los indios habían huido y los pocos alimentos
que se llevaban desde Cartagena se vendían a precios
muy elevados (con ganancia del 1.000%, dice Castellanos)10.
En tan mala situación, Heredia propuso que fueran
a una nueva expedición, a Tolú; los soldados
se enfurecieron, creyendo que era para sacar las sepulturas
solo:
"Quiere
vuestra merced y sus parientes
A solas gozar de los provechos
y al hide puta vil que lo trabaja
Quitalle los granzones y la paja"11.
Parece
que muchos de los soldados que murieron en esta época
fueron víctimas principalmente de la falta de comidas:
800 españoles viviendo de un pequeño poblado
indígena debían pesar como langostas sobre
la economía local; las provisiones traídas
de Santo Domingo y Cartagena, en una situación de
abundancia de oro y escasez de alimentos, se prestaban para
hacer grandes especulaciones; Heredia fue acusado de no
dar comida a sus hombres y de preferir a sus propios esclavos
negros a los españoles. La repartición del
botín continuaba dando pie a luchas, desacuerdos
y acusaciones. Parece que Heredia logró utilizar
buena cantidad de esclavos -se habló de 30- que había
traído para excavar, oro en las tumbas, cosa que
no consideraban equitativa los demás miembros de
la compañía. El aumento del número
de españoles, por otra parte, continuaba agravando
los problemas: para mayo de 1535, el número de españoles
llegaba a 2.000, cantidad suficiente para desesperar a Heredia12.
La presión sobre los indios, lógicamente,
iba en aumento, así como el grado de violencia ejercido
por los españoles; ya el gobernador era impotente
para controlar a su gente. El obispo escribió entonces:
"toda la mayor parte de esta tierra es alzada y los
indios muy escandalizados a causa de las crueldades y malos
tratamientos de los cristianos, los cuales por donde quieran
que van queman con sus pies las yerbas y la tierra por donde
pasan y ensangrientan sus manos, matando y partiendo por
medio niños, ahorcando indios, cortando manos, y
asando algunos indios e indias...", y señaló
que el riesgo de que se despoblara la zona era muy grande13.
Heredia, en todo caso, dividió a los españoles
en varios grupos, y se quedó con unos de ellos en
el Sinú, sacando oro de las sepulturas, para tratar
de financiar otras entradas. La explotación de las
sepulturas del Sinú y Ayapel continuó durante
los años siguientes, pero los grandes resultados
de la primera época no se repitieron. El Sinú
estuvo plagado por el problema de los altos precios de los
abastecimientos, que comenzaron a bajar sólo hacia
1537, probablemente por disminución de la demanda
local y aumento de los suministros producidos en la región14.
La misma Villarrica de Madrid no tuvo una existencia muy
pujante: los documentos dejan de mencionarla prácticamente
desde 1536, cuando vuelve a su nombre tradicional de pueblo
del Cenú. Sin embargo, en 1543 es mencionada con
Santiago de Catarapá, pueblo fundado antes de junio
de 1537 por Juan Vadillo y que puede ser el mismo Santiago
de Tolú, mencionado en 1545 y que pudo muy bien resultar
del traslado de Catarapá, quizás hacia 1537
o 153815. Pero Tolú tuvo una función muy diferente
a la de Villarrica de Madrid: la excavación de oro
de las tumbas había cesado prácticamente ya
para 1539 y la población del Sinú había
desaparecido del todo por "los malos tratamientos que
se han hecho a los indios en haber cantidad de ellos por
esclavos" a lo que sucedió "una enfermedad
de sarampión y viruelas", según afirmaban
en el mismo año de 1539 los funcionarios reales16
Tolú era más bien un pueblo de encomenderos,
que en diciembre de 1549 tenía unos 35 vecinos españoles
viviendo del servicio personal indígena y de sus
estancias.
Si el Sinú formó el eje de la actividad cartagenera
en 1534 y 1535, ya desde entonces dirigió Heredia
su atención a la zona de Urabá, que podía
servir de base para la búsqueda de otra región
a la que se seguían atribuyendo inmensas posibilidades:
Dabeiba. La primera acción fue el envío ya
mencionado de Alonso de Cáceres, con un grupo de
soldados, a impedir el establecimiento de Julián
Gutiérrez en Urabá. Gutiérrez, apresado
en Acla, fue conducido a Cartagena, donde parece haberse
puesto temporalmente de acuerdo con Heredia para obrar en
común. Alonso de Heredia, en mayo de 1535, con el
fin de establecer una base permanente en el golfo, fundó
la población de San Sebastián de Buenavista,
probablemente en sitio cercano a donde había estado
San Sebastián de Urabá. Allí llegó
en julio Gutiérrez, que había ido desde Acla
enviado por el gobernador de Panamá, Francisco de
Barrionuevo, para tratar de impedir la fundación,
acompañado por un buen número de antiguos
soldados de Cartagena que habían huido a la gobernación
de Panamá. Alonso de Heredia se negó a abandonar
el sitio y derrotó a los hombres de Gutiérrez,
apoyado por el gobernador quien estaba muy interesado en
preparar una entrada a Dabeiba. En este caso, la Corona
momentáneamente había favorecido a Castilla
del Oro, pues dos cédulas reales, en febrero de 1533
y en diciembre de 1534, habían dado a aquella gobernación
el dominio sobre Urabá e incluso el control del Sinú;
estas cédulas sin embargo no alcanzan a tener vigencia,
pues pronto obtuvo Heredia una nueva cédula, en marzo
de 1536, confirmando el dominio de Cartagena sobre el golfo
y el Sinú17.
El pueblo de San Sebastián no tenía gran importancia
por su riqueza, pues la población local, ya muy diezmada
en más de treinta años de contacto con los
españoles, no resultaba muy prometedora. Durante
estos años no se alude a la población indígena
como atractiva, aunque Alonso de Heredia se atribuyó
la pacificación de 16 caciques vecinos, lo que casi
con certeza era más bien obra de Gutiérrez
y su esposa18. Sin embargo su función como base para
posteriores expediciones no era desdeñable, y desde
allí partieron las entradas de, prácticamente,
todos los grupos de conquistadores que intentaron establecer
el dominio español sobre la región antioqueña.
La
primera de estas expediciones fue realizada por Pedro de
Heredia, con unos 200 hombres que le quedaban, en diciembre
de 1535 o enero de 1436. En noviembre de 1535 se había
sabido que un juez nombrado para residenciar a Heredia había
muerto, y en previsión de su inmediato reemplazo
los oficiales reales y capitanes apremiaron al gobernador
para hacer una entrada al "pueblo grande", que
podía ser entonces Dabeiba, aunque podía indicar
a Pancenú. Heredia seguía acosado con necesidades
de dinero para pagar deudas, y sólo el hallazgo de
las minas del interior podía satisfacerlo; es posible
que haya ocultado buena parte del botín recogido
para financiar una entrada por Urabá y el Darién,
pues fue acusado una y otra vez de enterrar el oro obtenido.
El tesoro real fue sometido a continuos fraudes por parte
de los funcionarios reales, que debían contar con
la connivencia del gobernador; en la compleja situación
del momento es muy revelador que Heredia hubiera impedido
la salida de cartas dirigidas a España o Santo Domingo.
Igualmente indica la urgencia de dinero la solicitud de
los funcionarios reales de que se autorizara la esclavización
de los indios, para utilizarlos probablemente en la excavación
de sepulturas; pedían además que se terminara
la libertad de excavar que había concedido Heredia,
con el objeto de monopolizar los ingresos de las tumbas
en los socios originales de la conquista de Cartagena. El
conflicto alrededor de estos problemas cristalizó
en septiembre de 1535 en un atentado contra Heredia, a quien
se intentó deponer e incluso, si creemos sus propias
versiones, asesinar. El gobernador logró defender
su autoridad, apoyándose en sus capitanes contra
los funcionarios reales y municipales; éstos, como
socios, tenían distintos intereses a los capitanes,
que obtenían sus posiciones esencialmente por la
autoridad del gobernador y como resultado de su habilidad
como militares o conquistadores. Todos estos factores hacían
que fuera urgente para Heredia realizar una entrada muy
exitosa, que diera nueva base al sostenimiento de Cartagena
y produjera ingresos suficientes para calmar la insatisfecha
población, ya disminuida por continuas deserciones.
Heredia entró por el Atrato y estuvo en esta expedición
hasta abril de 1536. Según Aguado regresó
con más de 30.000 pesos y sus soldados con 13 o 14.000,
una suma relativamente satisfactoria19.
3.
Vadillo y Santa Cruz
Al llegar a Cartagena, sin embargo, encontró que
su antiguo protector, Juan Vadillo, había llegado
como juez de residencia. Vadillo inmediatamente asumió
la gobernación y apresó a su viejo amigo,
así como a Alonso de Heredia, y procedió a
realizar el juicio de residencia, en el cual el antiguo
gobernador fue acusado de defraudar al tesoro real y a sus
propios soldados, aprovechándose de una posición
de cuasi monopolio comercial. De esta situación,
así como de los informes llegados a España,
salió una serie de modificaciones del sistema de
conquista: se prohibió al Gobernador y a los oficiales
comprar a los comerciantes y a los navíos, para evitar
que siguieran, como antes, acaparando todos los bienes para
venderlos a precios de monopolio a los soldados; se fijó
un salario al gobernador, con la esperanza de que de este
modo no se sintiera apremiado a esquilmar a los demás.
Igualmente se dieron varias exenciones tributarias, como
la renuncia por parte de la corona al almojarifazgo, y se
ordenaron ayudas a los pobladores, como el transporte gratis
de 500 cabezas de ganado para repartir entre los españoles.
Vadillo
continuó, como gobernador, la organización
de nuevas expediciones. La más importante fue la
que inició, en agosto de 1536, Francisco César,
quien con 100 hombres, de los cuales regresaron 37 menos,
fue al Sinú y en los primeros meses de 1537 cruzó
la serranía de Abibe, visitó el pueblo de
Guaca, del cual era jefe el cacique Nutibara, pasó
al valle del río Cauca y sobre éste encontró
un puente de bejucos. Desde allí regresó en
dirección de San Sebastián de Urabá,
con un botín según Castellanos de 100 mil
pesos20. Por los informes se advierte que estuvo entre grupos
indígenas muy densos y avanzados: afirmaron haber
encontrado 70.000 indios en 8 días y gentes sin arcos
ni flechas, vestidos, con mantas y "de más razón
que los de estas provincias (de Cartagena), porque hay señores
que son obedecidos y temidos a la manera de gente del Perú"21.
Con éste se completaba el primer reconocimiento de
las tierras bajas de la costa, pues ya se habían
recorrido las llanuras bajas del Sinú, el San Jorge,
el Cauca y el Magdalena, así como los valles intermedios.
También se tenían así informes más
precisos de las fuentes del oro encontrado entre los grupos
indígenas costeños: César se enteró
de la existencia de un sitio llamado Buriticá, rico
en oro, a cierta distancia de los indios de Guaca entre
los que había estado. Con esto, los españoles
encontraban al fin el núcleo de producción
aurífera que, desde Urabá o Cartagena, los
había atraído. César regresó
en febrero o marzo de 1537; poco después Francisco
Gómez Becerra entró por el río San
Jorge, hasta cerca de donde estuvo César, y volvió
a mediados de 1538.
Vadillo,
por su parte, trató de aprovechar el tiempo de su
gobernación para su propio beneficio, siguiendo los
sistemas usuales: esclavizó indios, especuló
con las provisiones, etc., e hizo una entrada por la costa
de Zamba y Mahates. Luego, tan pronto supo que se había
nombrado a Juan de Santacruz para residenciarlo comenzó
a organizar una expedición en grande, en busca de
los pueblos productores de oro del interior. A fines de
1537 fue a San Sebastián, de donde salió en
enero de 1538 con 200 hombres y 300 caballos por la ruta
utilizada por César al regreso22. Con esta gente
llegó a Guaca, cruzó la cordillera Central
hasta el Cauca y, como temía los resultados de su
residencia, siguió hacia el sur hasta salir a Cali
en diciembre, con 92 españoles menos (y entre ellos
César); allí encontró a Lorenzo de
Aldana con las gentes que desde el sur venían reconociendo
la región de Popayán y el Valle del Cauca.
A
Cartagena le interesaba mantener el control sobre la región
antioqueña. El oro obtenido en los pueblos de Cartagena
y las riberas del Magdalena, e incluso el oro del Sinú,
era el resultado de una acumulación secular basada
en el intercambio comercial con los pueblos de la cordillera
Occidental; después de pocos años los indios
ya no tenían más que dar. La población
indígena disminuía rápidamente, y se
trataba de indios que muy difícilmente iban a aceptar
una servidumbre directa, es decir, la prestación
de servicios a los españoles, que para 1539 se acercaban
al medio millar. Para el conjunto de los colonos, las ocasionales
estancias de ganado que comenzaban a establecerse en las
cercanías de Cartagena representaban una actividad
secundaria. Hacia 1538 el saqueo de los indios, su esclavización
(ilegal en el caso de Cartagena, pero siempre practicada)
y el rescate pacífico con las comunidades indígenas
resultaban de poco rendimiento. Las perspectivas estaban,
por una parte, en el hallazgo de minas de oro, lo que dio
gran valor a las entradas al territorio de Guaca y Buriticá,
y por otra, en intensificar la contribución de los
indios a la economía española. Para salvaguardar
la primera, el nuevo juez de residencia, Juan de Santacruz,
organizó en diciembre de 1538 un grupo al mando de
Luis Bernal, para que fuera tras las huellas de Vadillo,
a "ayudarle" -realmente a capturarlo y a tratar
de evitar que sus descubrimientos puedan salir de las manos
de la gobernación de Cartagena-23. Para dar una base
estable a la explotación de los indios se agitó
el tema de las encomiendas, que hasta entonces no se habían
repartido en Cartagena. Los funcionarios locales veían
en la autorización de repartir los indios una ayuda
substancial a la colonia, en cuanto con el trabajo de éstos
resultaría posible desarrollar estancias de ganado
y siembras, con lo cual disminuiría la dependencia
que entonces existía de abastecimientos traídos
por los comerciantes de La Española. En realidad,
una cédula de julio de 1538 autorizaba a Santacruz,
que llegó a Cartagena en octubre de ese mismo año,
a tasar los tributos de las encomiendas, pero no parece
que se le haya dado el poder de encomendar24. Se presentó
una curiosa situación, pues en España parecen
haber supuesto que existían las encomiendas, mientras
los gobernadores se atenían a una norma de las capitulaciones
que prohibía que se "encomienden ni sirvan los
indios de esta provincia ni puedan ser esclavos por veinte
años"25. El mismo Santacruz, todavía
a mediados de 1539 solicitaba a España que se autorizara
la repartición de los indios en encomienda, para
que los encomenderos los protegieran y no los dejaran esclavizar26.
Esta transición de la época del saqueo a una
economía de explotación de la mano de obra
indígena y de algunos negros esclavos resulta aparente
también del esfuerzo de Santa Cruz por establecer
algunos cultivos: comenzó a plantar en Turbaco caña
de azúcar y recibió la orden de hacer un ingenio
para aprovecharla27. Además, Santacruz hizo una expedición,
a comienzos de 1540, en busca de Urute -localizado, desde
la expedición de Gómez de Becerra en los llanos
entre el San Jorge y el Cauca-; en esta ocasión fundó,
en 1540, la población de Santa Cruz de Mompox. Finalmente,
repartío algunas encomiendas, conjuntamente con el
obispo Jerónimo Loaiza, aunque no existe documentación
precisa sobre esta distribución, que fue anulada
por el rey, quien dio a Heredia poder de modificarla a voluntad28.
4. El regreso de Heredia
Heredia,
que había recuperado la libertad con la venida de
Santacruz, se fue a España, donde trató de
recobrar su posición con éxito: en julio de
1540 firmó una nueva capitulación con la Corona,
mediante la cual recuperaba la gobernación de Cartagena,
con claros poderes para encomendar y la posibilidad de dar
tierras a los conquistadores, los cuales adquirirían
la propiedad perpetua de ellas después de cuatro
años de residencia. Antes de que llegara Heredia,
sin embargo, la Audiencia de Santo Domingo nombró
al oidor de Panamá Lorenzo Paz de la Serna para residenciar
a Santacruz; éste había partido para Santo
Domingo cuando aquél llegó a comienzos de
1541. Paz de la Serna salió entonces sin demora y
cuando Heredia llegó, en mayo, no tuvo ninguna dificultad
para reasumir el mando.
Armado con sus nuevas Cédulas Reales, procedió
a repartir inmediatamente las encomiendas en Mompox, ocasión
en la cual redactó unas ordenanzas bastante detalladas
para regular la institución, señalando las
obligaciones de los indígenas (pago de tributos,
siembras de maíz para el encomendero, sostenimiento
de mayordomos españoles, llevarle la carga) y de
los encomenderos (tener casa en Mompox, un caballo y armamento)29.
Durante el resto del año y la primera parte de 1542
continuó repartiendo las encomiendas de la gobernación,
que incluía las poblaciones españolas de Cartagena,
San Sebastián, Santiago de Catarapá y Mompox.
En la distribución de las encomiendas y en la determinación
del tributo que debían pagar los indios debía
participar, conjuntamente con el gobernador, el obispo de
Cartagena. Parece que ésta se redujo a acompañar
la tasación en las encomiendas directamente dependientes
de Cartagena; el obispo, que era Jerónimo de Loaiza,
entró en un conflicto abierto con el gobernador,
en el cual una de las razones fue la distribución
y tasación de las encomiendas. Loaiza llegó
incluso a excomulgar a Heredia, y escribió quejándose
de que el gobernador realizaba la tasación sin permitirle
intervenir30.
El
reconocimiento del territorio de Cartagena continuó
inmediatamente después del regreso de Heredia; a
mediados de 1541 Alonso de Heredia hizo una expedición
al territorio llamado de Pancenú, o sea, a la región
del San Jorge, parece que sin muchos resultados: ya en 1539
se habían encontrado muchas sepulturas en la zona,
pero sin tanto oro como esperaban. Alonso de Heredia prosiguió
al Darién, e hizo una nueva entrada por este río,
que tampoco parece haber llevado a nada.
Los años siguientes de la gobernación de Heredia
están marcados en gran parte por los conflictos con
las gentes de Popayán en relación a la región
antioqueña: Heredia sostenía que había
sido descubierta por expediciones de Cartagena (las de César
y Vadillo), e hizo varios viajes y expediciones a la región,
donde realizó algunas fundaciones efímeras
y se apoderó varias veces de la ciudad de Antioquia,
fundada por Jorge Robledo. Esta zona tenía importancia
sobre todo en la medida en que se consideraba que de allí
provenía el oro de los indios de la región;
Heredia esperaba encontrar allí minas muy ricas,
y su primer objetivo fue la fundación de una población
en las minas de Buriticá. Las vicisitudes de este
conflicto se relatan en el capítulo sobre la conquista
de Antioquia, pero por el momento vale la pena señalar
que los esfuerzos de Cartagena resultaron infructuosos y
sólo condujeron a un gasto de energías y de
tiempo que nunca fue retribuido.
Muchos de los conquistadores de Santa Marta preferían
aventuras menos lejanas: a fines de 1542 solicitaban encarecidamente
a Alonso de Heredia la fundación de una población
en la zona de María, a lo cual se negó el
conquistador, que probablemente quería tener gentes
disponibles para sus esfuerzos por controlar a Antioquia31.
Al poco tiempo Cartagena fue víctima por primera
vez de las visitas de los piratas que se volverían
lugares comunes durante los siglos siguientes: la expedición
de Roberto Baal, que había saqueado a Santa Marta,
continuó en julio a Cartagena donde los franceses
robaron, según el factor, 35.000 pesos32.
La gobernación de Heredia siguió afectada
por nuevas perturbaciones: a finales de 1543 se supo en
Cartagena que la Corona había expedido nuevas leyes
sobre el tratamiento de los indios, las cuales al quitar
a los funcionarios reales las encomiendas de las que gozaban
alteraban sus ingresos. Para hacer cumplir estas leyes vino,
como ya se mencionó, Miguel Díaz de Armendáriz,
quien llegó a Cartagena en diciembre de 1544, abrió
el juicio de residencia contra Heredia y asumió la
gobernación. Armendáriz apresó a Pedro
y Alonso de Heredia y los envió a España,
y cedió en parte a la presión local para no
aplicar en forma drástica las nuevas leyes: las encomiendas
quitadas a los funcionarios de la Corona fueron asignadas
a ésta, pero dejó a aquéllos el derecho
a recibir un tributo de maíz de los indios. Como
gobernador, Armendáriz envió a pacificar varias
zonas -Matuna, Jegua- donde los indios se encontraban alzados;
debió enfrentar también el problema creado
por grupos de negros huidos hacia 1535, que atacaron a los
indios y capturaron entre 250 y 300 de ellos33.
Finalmente, después de año y medio que utilizó
para realizar negocios en gran profusión, en marzo
de 1547 el visitador se fue a Santa Marta donde debía
residenciar al gobernador, y dejó como teniente de
gobernador al experimentado conquistador Alonso López
de Ayala. Este trató de contentar a los funcionarios
reales entregándoles las encomiendas de la Corona
en depósito, con derecho a recibir el 50% del tributo
distinto a oro, lo que fue desaprobado por las autoridades
españolas34; fundó además la población
de |María, donde recibieron encomiendas unos 30 conquistadores.
No conocemos la población de Cartagena en estos años,
pero sin duda había disminuido desde los momentos
de prosperidad de la década del 30. Las encomiendas
se habían convertido ya para 1550 en la principal
base del mantenimiento de la ciudad, reemplazando el fácil
tesoro de los primeros años. El trabajo indígena
se utilizaba en forma amplia, no sólo en las tareas
agrícolas. Las limitaciones establecidas por las
Leyes Nuevas escasamente se cumplían: apenas en 1550
se pregonó la prohibición de usar a los indios
como cargueros, pero tampoco esta vez fue cumplida. Las
encomiendas asignadas a la Corona, por otra parte, servían
de fuente de mano de obra para tareas públicas y
religiosas, de las cuales es ejemplo el uso de indios en
número considerable para la construcción de
un monasterio en Cartagena, en condiciones tales que el
contador real afirmaba que por no darles pago ni comida
muchos morían de hambre. Fray José de Robles,
quien dirigía la construcción, insistió
precisamente en 1550 en la necesidad de moderar la protección
a los indios. En su opinión debía continuarse
el sistema de trabajo establecido en las estancias de los
españoles y era conveniente hacer trabajar constantemente
a los indígenas, para quienes el trabajo era un "descanso",
que tenía la virtud adicional de evitarles el frecuente
vicio de la embriaguez. Fray José -a quien el cabildo
había solicitado como obispo- señalaba además
la constante hostilidad de los indios hacia los españoles:
eran aquellos "tan indomados que el día que
se viesen sin sujeción, no dejarían español
que no matasen, como cuando lo hallan solo"35.
Aunque la encomienda fuera el centro de la producción
local, nuevas formas económicas comenzaban a aparecer,
algunas de las cuales sugieren ya los efectos de una disminución
notable del número de indígenas. La ganadería
local se estaba expandiendo, y en algunos casos trabajaban
en las estancias esclavos negros, que también se
encuentran presentes en las nacientes plantaciones de caña.
La ganadería, por su parte, afectaba las labranzas
de los indios y acentuaba sus problemas demográficos;
ya en 1549 se mencionó en una Cédula Real
el gran número de cerdos que dañaban los sembrados
indígenas y contribuían así a la disminución
de la población local.
Entretanto, Heredia había recobrado la gobernación,
que asumió a finales de 1549. Esta vez fue testigo
del incendio de la ciudad que había fundado, cuyas
casas, hechas de paja, ardieron en 155036. Tres años
después Heredia fue sometido nuevamente al juicio
periódico de residencia y decidió ir a España.
En enero de 1555, cuando el barco se acercaba a Europa,
naufragó y el gobernador, que llevaba ya casi 30
años de esfuerzos en territorio colombiano, murió
junto con los oidores de la Audiencia de Santa Fe, Beltrán
de Góngora y Juan de Galarza37.
Pero
el elemento más importante de estos años es
la creciente importancia de Cartagena como puerto, favorecido
por una posición geográfica que la convertía
en una de las escalas favoritas para el tráfico de
Panamá, que estaba adquiriendo una gran importancia
como centro del comercio entre Lima y España.