LOS
PUEBLOS INDÍGENAS COLOMBIANOS AL MOMENTO DE LA CONQUISTA
En
las páginas siguientes se presenta una imagen esquemática
de los más notables rasgos de los principales pueblos
indígenas que habitaban el país a la llegada
de los españoles. El mapa historico permite formarse
una idea aproximada de la distribución de tales grupos
en el territorio de la actual Colombia, pero no debe considerarse
como un mapa muy exacto; los nombres incluidos representan
a veces grupos independientes ("carrapas", "catíos"),
a veces denominaciones colectivas que abarcaban varias tribus
independientes ("panches") y a veces comunidades
que integraban en alguna unidad superior elementos subordinados
("chibchas").
I. Los Indígenas de la Costa Atlántica
Como
ya se ha señalado, la costa fue uno de los sitios
poblados desde las épocas más lejanas. En
el momento de la llegada de los españoles se encontraba
habitada desde La Guajira hasta el Darién por un
conjunto de pueblos de diversos orígenes, idiomas
y grados de desarrollo. La Guajira probablemente no se hallaba
poblada muy densamente: el clima podía ser ya similar
al actual, que hace muy difícil la agricultura e
impide por lo tanto un crecimiento demográfico notable.
Los guajiros actuales son de origen y lenguaje arawak; es
probable que las comunidades encontradas por los españoles
lo hayan sido también, así como los indios
de Ranchería y de algunas de las estribaciones de
la Sierra Nevada. Más al sur, los indios del Valle
de Upar (ríos Badillo, Guatapurí y Cesar)
parecen haber conformado muy densas poblaciones, por los
informes de los cronistas y conquistadores, pero poco se
sabe de su cultura, pues desaparecieron muy rápidamente.
El
grupo más importante de la costa Atlántica,
y probablemente el de más alto desarrollo tecnológico
en el país era el tairona. En las partes bajas de
la Sierra Nevada y en algunas llanuras vecinas había
desarrollado una avanzada agricultura -maíz, yuca,
ají, algodón- de la que fue importante característica
el uso amplio de procedimientos de irrigación. Vivían
en aldeas nucleadas, a veces, por lo que parece, bastante
extensas, con calles, templos y otros edificios públicos.
Las habitaciones eran de madera, pero utilizaron la piedra
para usos arquitectónicos, especialmente en caminos
y escaleras de piedra. La cerámica, la escultura
en piedra y el trabajo del oro, en aleación con el
cobre ( |tumbagá), habían alcanzado un grado
que da testimonio de la existencia de artesanos especialistas.
El lenguaje que hablaban era probablemente chibcha; sus
descendientes, por lo que parece, los |cogui de hoy, hablan
una lengua de este grupo. Otros rasgos culturales dan indicios
de afiliación con culturas mexicanas, como el culto
al jaguar; pero el uso de arcos y flechas envenenadas sugiere
una adopción de técnicas guerreras de los
caribes vecinos. Este hecho, junto con la elevada población
(el cacique de Pocigueyca, relatan los cronistas, llegó
a reunir 25.000 guerreros contra los españoles) y
la existencia de una organización política
con caciques hereditarios permanentes, y quizás con
esbozos de confederación entre las diversas aldeas,
explican su resistencia a la conquista española:
contra la tendencia usual, que fue la del sometimiento rápido
de los pueblos culturalmente más avanzados y con
una mayor diferenciación social interna, los taironas
resistieron vigorosamente a los españoles y el esfuerzo
de éstos por convertirlos en una pacífica
población servil resultó fallido.
Los
indios de la parte baja del Magdalena ( |cocinas, |bocinegros,
|malibúes) y de la costa del occidente de la desembocadura,
hasta el golfo de Urabá ( |Calamares, |Urabaes y
otros grupos) han sido descritos habitualmente como caribes.
Ya la cédula de Isabel de 1503 autorizaba su captura
sobre esta base, con el fin de venderlos como esclavos.
Los indios, sometidos a ataques esclavistas, se defendieron
con la mayor tenacidad hasta que Pedro de Heredia los sometió
en 1533 y 1534. A pesar de los efectos de tres décadas
de guerra y esclavización, la población era
aún muy abundante. Sabemos por los cronistas y conquistadores
que eran buenos guerreros y usaban flechas envenenadas,
un rasgo usualmente asociado con los caribes; Pedro Simón,
sin embargo, sostiene que no comían carne humana
ni practicaban la sodomía -otros rasgos atribuidos
usualmente a los caribes- y que afirmaban que su origen
era el mismo que el de los indios del occidente hasta la
frontera con Panamá; esto apuntaría a una
posible relación con los |Cuevas y quizás
con los grupos chibchas. Resulta al menos verosímil
que la densa población de la zona no haya desaparecido
con la invasión caribe, que debió llegar hacia
el año 1200, pero poco se sabe con certeza. La agricultura
era esencialmente del maíz y la yuca, con una participación
elevada de la pesca en el sostenimiento de la población.
Los caciques eran permanentes, por lo que puede deducirse
de los testimonios; también este rasgo llevaría
a clasificarlos en un grupo diferente del caribe.
En
el Sinú medio y quizás bajo, así como
en las llanuras que separan este río del San Jorge
se encontraba otro grupo cultural relativamente avanzado;
los llamados Sinúes. Según los relatos de
los indios, los sinúes se dividían en tres
reinos: Fincenú, en el área del río
Sinú, donde estaba el grupo más fuerte y al
cual los otros rendían algún tipo de homenaje:
allí enterraban sus muertos importantes, lo que explica
la gran riqueza de las tumbas de la región; Pancenú,
en las llanuras del San Jorge y por último Canufaná
entre el San Jorge y el bajo Cauca. Sin embargo es probable
que se tratara de relaciones puramente culturales y basadas
en afinidad lingüística, religiosa, etc.; no
hay indicios fuertes de que se tratara realmente de tres
grandes reinos, y lo más probable es que los indios
vivieran en pequeños reinos separados, gobernados
por caciques permanentes; la posible superioridad del cacique
del pueblo de Cenú (o de la cacique, según
resulta de varias versiones) puede haber sido esencialmente
religiosa. La agricultura, como la de los taironas, había
llegado al punto de utilización de sistemas de riego,
lo que indica la presión de una densa población;
la existencia de especialistas orfebres -que mezclaban,
según Fernández de Enciso, el oro con plata-,
la presencia de especialización regional y de un
activo comercio sugieren un desarrollo económico
notable. El más importante especialista, Gordon,
sostiene con base en argumentos económicos, ecológicos
y geográficos que la población podía
muy bien haber sido cercana al millón de habitantes;
sin embargo, cuando Heredia, entró a conquistarlos,
en 1534, la población había disminuido y los
indios aludían a epidemias recientes que habían
traído la muerte a muchos habitantes de la zona.
Es probable que las expediciones anteriores y contactos
indirectos con los españoles hubieran servido para
propagar enfermedades europeas en la zona, antes de la llegada
misma de los conquistadores. Pero no todos desaparecieron:
todavía hoy se encuentran algunos descendientes de
estas tribus en el alto Sinú; sus rasgos culturales
actuales, así como los relatos de la época
de la Conquista y la demás información disponible,
indican que se trataba de un grupo diferente de los caribes5.
Grupos
caribes parecen haber habitado la región occidental
del golfo de Urabá. Varios autores, sin embargo,
consideran dudosa la filiación, que se basa en la
resistencia ofrecida por los indios a las primeras poblaciones
españolas en 1510, al carácter belicoso y
el uso de flechas envenenadas; el nombre geográfico
de "Punta Caribana" en el golfo fue relacionado
por los cronistas y escritores desde el siglo XVI con la
existencia de indios caribes. La situación es muy
confusa por la dificultad para ubicar los pueblos mencionados
por cronistas y conquistadores: el cacique Urabá
aparece en algunas fuentes como perteneciente a la zona
de la Punta "Caribana"; en otras se le relaciona
con el grupo Sinú, y se denomina Urabá a la
parte occidental del golfo sin la Punta Caribana. Como se
trataba de una zona de frontera cultural, que bordeaba con
los pueblos chibchas del Darién, con los habitantes
del Sinú, con contactos con Dabeiba, y sometida a
la presión caribe, no es de extrañar que los
cronistas nos hayan dejado imágenes contradictorias,
que no podrían precisarse sin estudios arqueológicos
muy detallados.
Mejores
informaciones existen sobre los habitantes de las bocas
del Atrato, hasta el cabo Tiburón: eran indios del
mismo grupo de los habitantes de Panamá y Costa Rica
conocidos como |Cuevas, todos los cuales hablaban un lenguaje
chibcha. Los |Cunas, descendientes de estos grupos, hablan
hoy un idioma de esta rama. Estos pueblos tenían
una sociedad bastante jerarquizada: cada pueblo estaba gobernado
por un cacique hereditario (llamado |quevi; la palabra cacique
es de las Antillas, introducida por los españoles),
que era acompañado por jefes secundarios. También
existía una especie de aristocracia hereditaria.
El gobierno era hereditario y la autoridad de los jefes
muy amplia, pero aún no se habían desarrollado
formas de tributo muy onerosas: "los señores
-nos dice un cronista- no tienen tributo distinto del servicio
personal": en la guerra, para hacer una casa o realizar
la siembra para el jefe, los indios iban a realizar el trabajo
mientras el cacique ofrecía un festejo con alimentos
y bebidas alcohólicas. La habitación era usualmente
dispersa en casas familiares aisladas, lo que sugiere que
la guerra no era muy frecuente; razones topográficas
pueden explicar algunas concentraciones aldeanas en pueblos
como el de |Darién (donde se estableció la
fundación española de Santa María la
Antigua) y en las riberas del Atrato. Razones similares
pudieron impulsar la construcción de viviendas en
los árboles a lo largo del Atrato. La economía
se basaba en el cultivo de yuca, maíz, batatas, complementado
con la pesca y la caza. La yuca -dulce, como en general
en el territorio colombiano- se comía asada: el cazabe
parece ser innovación posterior a la llegada de los
españoles. El maíz servía para hacer
una especie de pan y para elaborar chicha, común
a todo el complejo chibcha. La metalurgia usaba aleaciones
de oro y cobre; ambos productos se obtenían principalmente
mediante el comercio, aunque no se sabe con certeza de dónde
podían hacer llegar el cobre. No es muy clara la
afiliación de algunos grupos vecinos a los chibchas
de la zona pero es posible que la mayor parte de los indios
encontrados por los españoles en las riberas del
Atrato hasta la desembocadura del Murri (Abraime, Abenamaque,
Abibeima) fueran del mismo grupo lingüístico;
lo mismo ocurre con el reino de Dabeiba y los demás
habitantes de las vertientes del León y el Río
Sucio: en la cuarta década del siglo XVI los caciques
de Urabá, Darién y Dabeiba afirmaban pertenecer
a la misma familia aunque detrás de esto podía
haber intereses del momento.
En el Atrato existían sin embargo grupos claramente
diferentes de los del Darién. Arriba del Murri los
españoles encontraron caníbales que vivían
en aldeas nucleadas, pero que no parecen corresponder a
los Chocó, que posteriormente ocuparon la región.
Los Chocó probablemente vivían dispersos,
en medio de la selva tropical; los primeros españoles
parecen no haber advertido su presencia, que bien podía
haberse extendido hasta la serranía del Baudó
y hacia las fuentes del río San Juan, donde quedan
hoy rastros del grupo |chami, relacionado con los Chocó.
De éstos, conocidos por los españoles, por
su belicosa actitud, el uso de flechas envenenadas y la
antropofagia, quedan hoy representantes en el actual departamento
del Chocó y en Panamá, divididos en dos grupos
lingüísticos: el embera y el wuanuna. Los |catíos,
que habitan actualmente en el occidente de Antioquia, pertenecen
a los chocó, y el hecho de que sean conocidos con
el nombre de la antigua tribu catía se debe probablemente
a que vinieron en siglos posteriores a ocupar su región.
II. Los indios del Valle del Cauca
El Valle del Cauca, en toda la extensión de los alrededores
de Popayán hasta la desembocadura del Nechí,
junto con sus vertientes y con la zona de valles de la cordillera
Occidental habitada por los llamados |catíos, y por
los indios de Abibe, Guaca y Nori, que consideraremos aquí
conjuntamente con los pueblos del propio valle, estaba densamente
poblada en el momento de la conquista, por diversas comunidades
indígenas sobre las cuales tenemos una relativa riqueza
de información etnográfica y de las cuales
queda una cantidad elevada de objetos sobre todo de oro
y cerámica. Pero pese a esto no es posible aún
elaborar una explicación definitiva sobre los diversos
problemas planteados por el estudio de la región.
En tan vasta área los españoles tropezaron
con pueblos similares en ciertos aspectos, pero de muy diverso
nivel cultural, con diferentes costumbres, adaptados a ambientes
ecológicos que iban desde llanuras naturales cálidas
hasta los sitios elevados de las cordilleras. ¿Provenían
estos grupos de un mismo pueblo primitivo?6 ¿Qué
relaciones tenían con otros grupos indígenas
americanos? ¿Los elementos esenciales de su cultura
habían sido creados en la zona o eran el resultado
de influencias más o menos lejanas? Para estas preguntas
y muchas más sólo tenemos sugestiones poco
firmes y apenas aproximadas.
Simplificando
drásticamente una situación en la que las
diferencias entre un grupo y otro son muy marcadas y ricas,
puede decirse que los indios de la región vivían
en comunidades sedentarias, dedicadas esencialmente a la
agricultura de maíz, complementada por la pesca y
la caza. Cada grupo, independiente de sus vecinos y a veces
de diferente lenguaje, era gobernado por un cacique hereditario,
que conducía a los varones a la guerra. Con la única
excepción probable de los catíos, esta institución
del cacicazgo hereditario -que reemplaza el sistema, propio
de comunidades menos desarrolladas, de elegir un cacique
para la guerra- revela un esbozo de formas permanentes de
autoridad. A esto se añadía usualmente la
presencia de capitanes, también hereditarios, que
ejercían alguna autoridad sobre las distintas divisiones
del pueblo. Caciques, capitanes y otros individuos principales,
incluyendo los encargados de las funciones religiosas y
mágicas, usaban signos exteriores de preeminencia
y tenían derechos y privilegios especiales. De modo
que nos encontramos ante sociedades en las cuales comenzaba
a formarse una estratificación social permanente,
aunque todavía no existieran clases o estratos sociales
basados en funciones económicas diferentes de sus
miembros. La presencia de esclavos en algunas tribus no
invalida esta afirmación: se trataba usualmente de
prisioneros de guerra que se conservaban para el servicio
personal de individuos, de alto rango y para ser sacrificados
de acuerdo con las prácticas religiosas de sus captores.
El
potencial demográfico de estos grupos, muchos de
los cuales vivían en aldeas nucleadas, probablemente
por efecto de la actividad guerrera, era relativamente alto:
los cronistas hablan de comunidades de varios miles y a
veces de decenas de miles de habitantes; estos datos son
congruentes con el grado de desarrollo agrícola de
la zona y con la presencia de especialistas artesanales,
inferida del grado de desarrollo de la alfarería,
la producción de mantas de algodón, la orfebrería
(especialmente la del grupo |quimbaya), así como
de la existencia de especialización regional y de
un activo comercio intertribal, originado en el control
por parte de un grupo de determinados productos como el
oro o la sal. Todo lo anterior hace pensar que por lo menos
los artesanos dedicados a la producción de objetos
para intercambio se habían especializado en sus oficios,
aunque el resto de la población continuara dedicada
a la producción de alimentos y de artesanías
para consumo propio, y cuando era necesario, a la guerra.
Los
españoles advirtieron con horrorizada sorpresa la
extensión de la anfropofagia en la zona; la literatura
de los cronistas está llena de vigorosas descripciones
de esta costumbre, que hacía que se diera a los indios
el inmediato apelativo de caribes. Hasta donde se puede
saber, el canibalismo afectaba principalmente a prisioneros
capturados en tribus vecinas, que eran a veces conservados
para el sacrificio en ocasiones solemnes. No parece que
se hubiera practicado la antropofagia por razones directamente
alimenticias, ni entre miembros de la misma tribu. Su sentido
era quizás el de capturar, al ingerir el cuerpo del
guerrero enemigo, las virtudes y cualidades de aquél,
aunque esto no excluye otras motivaciones: los españoles
dan fe de casos en los que los indios afirmaron haberle
cogido especial gusto a la carne humana. Por lo demás,
el sacrificio de la víctima respondía a las
ideas religiosas del grupo y constituía seguramente
un holocausto a las deidades propias. Es probable que la
antropofagia hubiera aparecido en la región como
consecuencia de migraciones o influencias más o menos
recientes. Los elementos rituales incluidos en los sacrificios
señalan influencias centroamericanas, a las que bien
pudieron añadirse en época más cercana
los efectos de la invasión de grupos caribes. Por
último, el crecimiento de la población de
la región pudo acentuar el canibalismo, al aumentar
la tensión entre los grupos vecinos, con necesidades
territoriales crecientes, y al elevar la frecuencia y magnitud
de las actividades bélicas.
En
resumen, puede sostenerse que la mayoría de los pueblos
de la región habían hecho la transición
de una estructura tribal a un estado de desarrollo que podemos
calificar como de "reinos", o "señoríos",
con jerarquización social, jefatura hereditaria,
especialización regional o individual de la producción
y existencia de una autoridad central con funciones relacionadas
con la distribución e intercambio de excedentes económicos
(tributación). Quizás algunos de los grupos
apenas comenzaban a abandonar la instancia tribal, como
los catíos7, pero en el otro extremo es posible que
en la región del norte de Antioquia (la zona de |Guaca,
en los valles del Río Sucio, el Urama y el Uramita,
gobernada por Nutibara al llegar los españoles) y
tal vez en Popayán comenzara a surgir un "estado",
que unificaba varios señoríos, con esbozos
de estructura de clases y una casta militar-sacerdotal con
funciones políticas permanentes.
Pero
los rasgos comunes señalados hasta aquí no
deben dejar perder de vista las amplias diferencias entre
los diversos señoríos de cada región,
que pudieron originarse en las distintas respuestas a las
particularidades del medio o en el influjo de grupos extraños.
Así, por ejemplo, mientras unas comunidades usaban
como armas fundamentales las lanzas, dardos y armas arrojadizas,
algunas de ellas sobre todo en el norte de Antioquia ( |Catío,
Buriticá, Peque, |Ituango, Nutabe, Tahamí),
habían adoptado el arco y la flecha, tal vez por
influencia caribe. La misma extensión de la antropofagia
era más amplia en los pueblos donde la jerarquización
se encontraba más consolidada, y más débil
o ausente en pueblos menos diferenciados internamente o
relativamente marginados de influjos recientes mesoamericanos
o caribes.
Las
instituciones sociales también cambiaban de pueblo
a pueblo. En unas zonas la herencia del cacicazgo correspondía
al hijo mayor del cacique, mientras en otras ( |quimbaya,
picará, pozo, |arma, anserma, nore y guaca) era heredero
el hijo de la hermana. La endogamia entre los caciques y
la nobleza (que implica un esfuerzo para mantener puro un
linaje elevado, en una sociedad donde la jerarquización
se hacía sobre todo a través del sistema de
relaciones familiares) se encuentra en los mismos pueblos
que acaban de mencionarse, así como entre los |carrapa,
paucura, |coconuco, caramanta, ebéjico y catío.
La
existencia de ciertos rasgos comunes en la zona junto con
diferencias culturales tan marcadas ha dado margen para
muchas hipótesis sobre los orígenes de los
indígenas de la región y sobre las influencias
culturales a las que pudieron estar sometidos. La mayoría
de los autores -basados particularmente en el canibalismo
tan generalizado, y en menor medida en algunas evidencias
lingüísticas y culturales- clasifican a los
habitantes de la zona como caribes, y algunos mantienen
aún la arbitraria subdivisión de los de la
región antioqueña en tres grupos ( |catíos,
tahamíes y |nutabes), que carece por completo de
bases8. Otros, en especial Trimborn, han insistido en que
se trata fundamentalmente de una población de origen
chibcha que asimiló grupos de otras proveniencias.
Estas afirmaciones, sin embargo, no son concluyentes: sólo
ha sido posible mostrar en forma relativamente segura el
parentesco lingüístico de los idiomas de los
páez y coconucos con el chibcha; por otro lado, las
semejanzas culturales son bastante vagas y difíciles
de interpretar, sobre todo por la influencia evidente de
otras culturas -como las de mesoamérica, la de los
caribes e incluso, en ciertas regiones, de los indígenas
del Ecuador y el Perú-, nada extraña en una
zona sujeta a amplios intercambios económicos y culturales.
III.
Los habitantes del Valle del Magdalena y sus vertientes
Existe
cierto acuerdo fundamental entre los antropólogos
para identificar a los diversos grupos existentes en las
vertientes y el Valle del Magdalena, al menos desde la región
de Simití hasta Neiva, como comunidades caribes,
que habían realizado una penetración reciente
a lo largo del río y sus principales afluentes. Así,
entre éstos se mencionan Chiriguanos, Sondaguas,
Pantagoras, Yariquíes, Pemeos, Opones, Carares, Muzos,
Colimas, Panches y Pijaos. Las delimitaciones entre estos
grupos no son muy exactas y en gran parte convencionales.
Los documentos de la época, por ejemplo, mencionan
a veces a los colima como un pueblo muzo; por otra parte,
la toponimia de las regiones muzo y colima es bastante similar
a la de los panches, que a su vez resultan difíciles
de diferenciar, hacia el sur, de los llamados pijaos.
Las
descripciones etnográficas existentes muestran una
gran similitud de costumbres entre los indios de esta región,
con excepción quizás de los |Sondaguas |y
Pacabuyes, entre las bocas del Cesar y las del Lebrija,
notables por la existencia de poblados como Tamalameque
y Simití, de más de mil bohíos cada
uno según los españoles. Todos los otros son
caracterizados como belicosos, valientes y renuentes a aceptar
todo tipo de sujeción a los europeos. Dos informes
sobre los |muzos, de 1582 y 1584, coinciden en la descripción
de rasgos que son comunes a los demás grupos de la
región: se trataba de comunidades agrícolas
sin caciques permanentes, en las que los jefes que iban
a conducirlas en la guerra eran escogidos específicamente
para esta tarea por los guerreros mismos. Por lo tanto,
desconocían toda forma de tributo; la familia -las
"parentelas"- era la base de la organización
social. La pertenencia a ella era por vía materna,
y la residencia también se definía en esta
forma; eran, pues, grupos matrilineales y matrilocales.
La alimentación se obtenía mediante la siembra
de maíz, yucas y batatas, y era muy usado el fruto
de la palma "cachipay", "o pivijay",
cosechaban también algodón, que junto con
el maíz servía como producto de intercambio
para obtener sal y otros objetos de los vecinos chibchas.
Hacían frecuente guerra a los chibchas, a los que
probablemente habían desplazado de la región,
pero eran frecuentes también los enfrentamientos
entre varias tribus del mismo grupo lingüístico;
practicaban, por último, la antropofagia9.
Estas
características sirven para definir los rasgos más
esquemáticos de los demás grupos caribes como
los |panches, que habitaron la vertiente oriental del Magdalena
(Tocaima, Anapoima, Conchima, Iqueima, Síquima, Calamoima)
y a cuyo mismo grupo se adscribieron varias comunidades
de los llanos del Tolima (hondas, marquetones, gualíes,
yaporocos, etc.), que a veces fueron señalados como
pijaos, en una imprecisión que no tiene nada de extraño,
pues se trataba de comunidades caribes de muy reciente inmigración,
con una diferenciación cultural todavía muy
poco avanzada.
Con
el nombre de |pijaos designaron los españoles a varios
grupos de la cordillera Occidental, más o menos a
la altura de Neiva, así como a algunas tribus que
descendían hacia el Cauca
-como los |Quindos, los |Tunesí y los |Putimá-
y a los indígenas de la cordillera entre Ibagué
y la zona de los Páez, pueblos como los coyaima,
natagaima, combeyma, calarma, etc. Según Castellanos,
el nombre de "pijaos" se les dio a estos pueblos
"porque la corpulencia de aquel asta se precian de
traerla descubierta"10. Pero fuera de este hábito,
y de las armas que usaban, no existen razones para pensar
que constituían un grupo aparte y más o menos
definido; pueden haber sido en cierto modo una invención
de los españoles, que fueron extendiendo el nombre,
dado originalmente a un grupo indefinido que prestó
su ayuda hacia 1540 a los Yalcones en su guerra con los
españoles, a todos los pueblos más o menos
vecinos que se iban caracterizando por ofrecer una resistencia
demasiado decidida y áspera a los españoles,
sobre todo cuando las prácticas guerreras iban acompañadas
de la antropofagia. Desde las primeras luchas con los españoles
resultaron notables por su resistencia, que exaltó
Castellanos:
"Selváticos,
caribes, atrevidos,
todos en general, y en tanto grado,
que muertos pueden ser mas no rendidos
a condiciones de servil estado"11.
Y
durante todo el siglo lograron mantener su independencia,
atacando con frecuencia a los españoles, sin ahorrar
a los grupos indígenas más o menos sometidos
al dominio de los conquistadores.
Algo
inesperado resulta el hecho de que no hubieran sido usados,
según los testimonios más antiguos, el arco
y la flecha; parece que la utilización de este armamento
se había difundido, de norte a sur, más o
menos hasta donde limitaban los llamados panches con los
pijaos12. Si esto puede llegar a implicar una diferencia
de filiación cultural es algo que no puede decirse
aún y sigue como un problema abierto a investigaciones
futuras.
Los
cronistas mencionan como grupo independiente el de los |sutagaos,
ubicado entre los ríos Sumapaz y Panche, o sea en
los actuales municipios de Pandi y Cabrera. Pocas son las
informaciones sobre su cultura y los conocimientos arqueológicos
sobre ellos: Simón los menciona como aliados de los
indios de Cunday y Sumapaz, y resulta probable que fuera
un grupo caribe muy similar a los panches, pues algunos
testimonios los confunden con éstos.
En
la parte alta del valle del Magdalena habitaban poblaciones
que recibieron bastante atención de los primeros
cronistas, pero éstos, más que descripciones
de sus usos y costumbres, nos han dejado un vivo recuento
de la dura oposición a los españoles, bastante
novelado y lleno de intrigas y leyendas, entre las que se
destacan las historias de la Gaitana y Pigoanza. Los grupos
principales mencionados por conquistadores y documentos
son los |Yalcones, en la ribera del río La Plata,
los |Timaná entre el Magdalena y el río Suaza,
y los |Páez, en la ribera del río de su nombre
(actuales municipios de Inzá, Páez y Toribío).
Las descripciones de los cronistas no se cansan de insistir
en su canibalismo; llevaban incluso vasijas a las batallas
para cocer a los prisioneros. Practicaban la deformación
craneana y según algunas crónicas eran sodomitas;
usaban las cabezas de los vencidos como trofeos. Cultivaban
maíz y papa, como bases de alimentación. Parece
que tenían caciques hereditarios, lo que coincide
con el tamaño de sus agrupaciones, mucho más
amplio que los grupos tribales: para los Yalcones, por ejemplo,
ha calculado Friede una población de unos 25.000
habitantes en el momento de la conquista13.
Por
algunos de los rasgos anteriores han sido clasificados como
caribes por la mayoría de los investigadores, pero
hay al menos dos argumentos para mantener esta afiliación
como dudosa: la carencia de arcos y flechas y el caso de
los Páez. Estos son descritos por los cronistas con
términos similares a los Yalcones y Timanás,
y las alianzas entre los tres grupos contra los españoles
son lo suficientemente frecuentes como para suponer algún
parentesco étnico o cultural. Ahora bien, la lengua
páez ha sido clasificada como chibcha, y se ha sugerido
incluso que los grupos páez representan una modificación
de la cultura conocida como de |Tierradentro (desaparecida
ya cuando llegaron los españoles y caracterizada
por amplias cámaras funerarias subterráneas)
o hasta como descendientes del antiguo grupo de San Agustín.
Esto lleva a pensar en la supervivencia de un sustrato anterior
a las invasiones caribes, modificado en forma que no es
posible establecer como resultado de estas invasiones. Un
indicio de que los pueblos de esta región no eran
el producto de una migración reciente, como lo fue
la caribe, está en la diferenciación muy grande
de los idiomas de la zona.
En
la parte alta de la cordillera Oriental, cerca a la región
de los Timaná, o quizás en la vertiente del
Putumayo, se encontraban otros grupos que posteriormente
influyeron sobre los anteriores, los atacaron y fueron conocidos
en el periodo colonial con el nombre colectivo de los |andaki.
A ellos se hará referencia en el siguiente volumen
de este estudio.
IV.
Los Chibchas
Entre
los pueblos sojuzgados por los europeos, el más importante
desde el punto de vista de su desarrollo social fue el de
los chibchas; además fue el grupo étnico que
contribuyó con un aporte mayor a la conformación
de la población colombiana y alrededor de sus centros
y con base en el trabajo de sus miembros se establecieron
los principales núcleos de la dominación española
durante la Colonia14.
Los
chibchas habitaban un extenso territorio -unos 20.000 kilómetros
cuadrados, de los cuales aproximadamente 3.000 representaban
tierras planas fácilmente cultivables- en los actuales
departamentos de Cundinamarca, Boyacá y Santander15.
El centro de su hábitat estaba en la planicie cundiboyacense,
en especial los valles aluviales de Bogotá, Ubaté,
Duitama y Sogamoso, pero ocupaban también muchas
de las vertientes más ásperas y de los pequeños
valles fluviales templados de la cordillera Oriental. Además,
parece que, hacia la época de la Conquista se encontraban
en un proceso de expansión geográfica, al
menos hacia nuevas tierras en la vertiente oriental de la
cordillera. Por otro lado, la frontera occidental que lindaba
con indios muzo, colima y panche, enfrentaba a los chibchas
a grupos muy belicosos, que les habían hecho abandonar
algunos de sus dominios.
Con
mucha frecuencia se han incluido los |guanes dentro del
grupo chibcha, pero en el estado actual de los conocimientos
esto debe descartarse; el grupo de los |agatá, por
el contrario, puede incluirse con alguna confianza en aquél.
En
el momento de la conquista, la población chibcha
estaba en un proceso de rápido cambio sociopolítico,
que parecía conducir a la unificación de toda
la región bajo el dominio de los grandes estados,
el del Zipa de Funza y el del Zaque de Tunja. Para 1536
este proceso estaba bastante avanzado, y la mayoría
de los cacicazgos de los chibchas se habían sometido
ya a la autoridad de uno de los dos señores. Quedaban,
sin embargo, algunas comunidades todavía independientes,
como en la zona montañosa de Lenguazaque, Gachetá
y los valles de los ríos Moniquirá y Suárez;
incluso en el caso de cacicazgos que habían perdido
la independencia, esta pérdida implicaba sólo
modificaciones muy leves en la estructura interna de cada
comunidad. Dentro de este sistema emergente, la sociedad
chibcha formaba un sistema jerárquico en el que cada
individuo estaba sujeto a un cacique y éste a su
vez se encontraba sometido a un cacique de mayor poder,
el zipa o el zaque. Los habitantes de cada comunidad estaban
obligados usualmente a pagar tributo y a realizar ciertos
trabajos para su propio cacique, y además a pagar
tributo, realizar trabajos y prestar obligaciones militares
para el zipa o el zaque. En el último reino, además,
quizás como residuo de una situación anterior,
algunos de los caciques subordinados, como los de Sogamoso
y Duitama, recibían a su vez servicios y obligaciones
de caciques menores, mientras ellos mismos debían
prestarlas al cacique de Tunja16.
Pero
este sistema de subordinación, en el que el dominio
se reconoce en el tributo y en la realización de
algunos trabajos, y en algunos rituales y ceremonias, no
implicaba en general, con excepción de algunas áreas
donde esto comenzaba a esbozarse, la existencia de autoridad
o poder del cacique de Funza o de Tunja sobre las comunidades
aldeanas sometidas. Otra indicación del alto grado
de jerarquización de la sociedad la da la existencia
de "capitanes", como fueron llamados por los españoles,
que desempeñaban funciones, cuya naturaleza no se
ha precisado, a la cabeza de "partes" o "parcialidades"
en las que cada comunidad se dividía. Entre otras
funciones, las partes desempeñaban algunas relacionadas
con reglas matrimoniales: eran habitualmente exógamas.
La idea de que constituían clanes, sostenida por
G. Hernández Rodríguez, carece de base en
las evidencias disponibles. Caciques y capitanes eran hereditarios
-aunque para los últimos esto no está absolutamente
establecido- y es probable que fueran parte de familias
destacadas, relativamente cercanas a la familia del cacique
mismo.
El
grupo sacerdotal recibía una preparación especial
y practicaba los rituales a las divinidades del grupo, entre
los que se deben mencionar los sacrificios humanos al Sol,
de los que eran víctimas principalmente niños
y prisioneros de guerra. Las tradiciones chibchas daban
especial importancia a un educador y legislador, Bochica,
quien habría enseñado, entre otras cosas,
la técnica del tejido. La religión parece
haber girado alrededor de deidades creadoras y de diosas
femeninas maternas, protectoras de la agricultura. Sobre
todas estas tradiciones y leyendas dejaron los cronistas
un extenso y confuso relato, muy importante pero que cae
por fuera del tema de este trabajo.
También
existían guerreros permanentes, al menos en las zonas
de frontera con las poblaciones caribes, y las funciones
de mando militar parecen haber estado reservadas a una especie
de nobleza.
Volviendo
al cacique, éste utilizaba los tributos recibidos
en su consumo individual o para formar depósitos
alimenticios para casos de guerra o necesidad, y para consumirlos
con sus sujetos en ocasiones solemnes, grandes festejos
y celebraciones: el trabajo dado por los indios se dedicaba
al cultivo del sembrado del cacique, al sostenimiento del
sacerdocio y, en algunas instancias, parece que a la elaboración
de algunas obras comunes, como canales para la desecación
de zonas pantanosas y en menor medida para riego de los
cultivos. Así, el cacique desempeñaba importantes
funciones en el manejo y distribución del excedente
económico producido por los indígenas y concentrado
mediante el tributo en especie y en trabajo; a esto se añadían
las funciones de jefe militar y en muchos casos religioso.
Fuera de esto los testimonios de los cronistas atribuyen
a los chibchas una variada y extensa legislación,
que castigaba ciertos delitos en forma establecida por normas
conocidas por todos; esto indica el surgimiento de un poder
estatal y la utilización de fuerza para respaldar
la autoridad. Los tabúes sobre la persona cacique
-nadie podía mirarlo a la
cara-; las reglas suntuarias y ceremoniales que limitan,
por ejemplo, el uso de ciertos objetos y productos al cacique
-por ejemplo, la carne de venado era vedada para los habitantes
comunes-, muestran la misma consolidación de la autoridad
del cacique y de su poder. Su sucesión, por lo demás,
estaba reglamentada con precisión; en la mayoría
de las comunidades la herencia del cacicazgo era por vía
matrilineal (lo sucedía el hijo de la hermana mayor
del cacique) y en algunos casos se realizaba una elección.
Según Pedro Simón, para seleccionar al Zipa
se colocaba a los posibles sucesores, desnudos, frente a
las más hermosas doncellas del reino, también
desnudas; el que demostrara mayor dominio sobre la carne
era elegido17.
Los
chibchas constituían comunidades agrícolas,
cuyos cultivos principales eran la papa, de la cual habían
desarrollado un número notable de variedades, y el
maíz. Además, sembraban frisoles, varios tubérculos
y verduras como las auyamas. El cultivo se hacía
en parcelas cuyo dominio pertenecía a la comunidad,
pero cuya posesión correspondía a cada familia,
que las transmitía en forma hereditaria a los descendientes
del jefe familiar. A pesar de que el cultivo era individual,
conservaban los chibchas algunas formas de trabajo colectivo,
principalmente en el cumplimiento de sus obligaciones con
el cacique y en trabajos de ayuda mutua entre las familias.
La
tecnología agrícola existente permitía
a los chibchas la obtención de rendimientos relativamente
elevados, al menos en cuanto cada unidad de superficie y
de trabajo podía sostener un alto número de
personas. Se ha calculado que cada hectárea podía
producir, en papa, suficiente producto para alimentar al
año a seis personas, y no requería más
de unas 100 jornadas de trabajo al año18. Según
esto, habría bastado la siembra de unas 200.000 hectáreas
(o sea una décima parte del territorio ocupado) para
sostener una población de 1.200.000 habitantes. Pero
ya esta densidad implicaba la utilización total de
las tierras más fértiles y de más fácil
cultivo, y el recurso a tierras menos productivas, sobre
todo si se tiene en cuenta la necesidad de dejar en descanso
buena parte de la tierra, en razón de las técnicas
usadas. De modo que es probable que la disponibilidad de
tierras para un crecimiento adicional de la población
no fuera muy grande; los testimonios españoles tienden
a indicar que se estaba sembrando ya prácticamente
toda la tierra utilizable. En este caso, un aumento de la
producción sólo habría podido resultar
de un uso más intensivo de la fuerza de trabajo,
que aumentara el rendimiento por unidad de superficie: el
recurso a terrazas y riego indica que se marchaba en esa
dirección, que podía apelar a una amplia reserva
de tiempo de los indios; Jiménez de Quesada relata
que dividían el mes en tres partes, una de las cuales
la dedicaban a las tareas agrícolas, mientras dejaban
la otra para fiestas y consumo de hayo -y eran "gente
muy perdida para cantar y bailar a su modo"- y la última
para el goce con sus esposas19. En sentido contrario, toda
innovación que llevara a una utilización de
la tierra que disminuyera la intensidad del uso de la mano
de obra y la capacidad de alimentación de la población
-como por ejemplo la eventual introducción de ganado-
iba por fuerza a producir una drástica disminución
de la población indígena.
Además,
se alimentaban los chibchas con productos de la caza y la
pesca, que eran muy abundantes pese al número restringido
de especies existentes; el venado, que había llegado
a ser uno de los animales más frecuentes de la zona
-quizás por la misma prohibición-, estaba
reservado al consumo del cacique y a ciertas festividades.
Estas, por su parte, estaban acompañadas por un consumo
muy elevado de chicha, bebida alcohólica elaborada
a partir del maíz.
Las
técnicas textiles estaban muy avanzadas, y la producción
de telas y mantas de algodón era una de las principales
actividades de los chibchas; debe tenerse en cuenta que
la zona habitada era bastante fría. Además
del tejido, los artesanos chibchas elaboraban cerámicas,
cestas y objetos de oro, tareas para las cuales existía
cierto grado de especialización regional. Los españoles
destacaron la existencia de un pueblo de los Olleros, especializado
en la alfarería (zona de Tinjacá y Ráquira)
y según su testimonio, los indios de Guatavita se
especializaban en la orfebrería. En este caso parece
que los orfebres se trasladaban por largos periodos a trabajar
en otras comunidades, al servicio de sus respectivos caciques.
Los instrumentos agrícolas y militares (macanas,
tiraderas, dardos y lanzas) eran usualmente de madera y
representaban otros de los campos de acción de la
artesanía de la altiplanicie.
La
especialización de la producción artesanal,
así como la necesidad de obtener materias primas
en áreas vecinas y la disponibilidad de algunos productos
de difícil obtención en otras regiones llevaron
a un amplio comercio entre los chibchas y las comunidades
vecinas. Prácticamente todo el oro y el algodón
que utilizaban, lo mismo que el hayo o coca, provenían
de transacciones con otros pueblos, a los que daban en cambio
mantas, panes de sal y esmeraldas. El comercio intrarregional,
por otro lado, parece haber desempeñado un gran papel
dentro de la vida indígena, como lo demuestra el
hecho de que se realizaran mercados semanales en algunas
localidades.
El
número de comunidades (cacicazgos) chibchas se acercaba
a 150. La población de cada una podía oscilar
entre 5 y 10.000 habitantes: los cronistas hablan con frecuencia
de pueblos de 800 a 1.000 casas. La densidad de la población,
si suponemos un total aproximado de 800.000 a 1 millón
200 mil, estaba entre 40 y 60 habitantes por kilómetro
cuadrado, que resulta perfectamente factible con la tecnología
agrícola existente. No se ha podido establecer con
precisión si la población vivía en
núcleos aldeanos o en forma dispersa, pero lo más
probable es que haya sido en la segunda forma. Las investigaciones
arqueológicas no han logrado localizar aldeas nucleadas
sino en forma ocasional, e incluso en tales casos debe tratarse
esencialmente del llamado "cercado del cacique",
donde estaba la habitación de éste y sus allegados,
junto con edificios ceremoniales y religiosos y con depósitos
de alimentos y provisiones.
Los
chibchas constituyeron la base para un amplio proceso de
mestizaje con los españoles en el oriente colombiano:
muchas de las comunidades mestizas conservaron elementos
culturales de la tradición chibcha, mezclados con
rasgos de origen europeo y con aquellos que se originaron
en el proceso mismo de conquista y sojuzgamiento, con sus
choques y violencias. El consumo de la chicha y el juego
del tejo son los ejemplos más conspicuos de esto,
pero pueden encontrarse múltiples instancias en las
formas de religiosidad popular, en los rasgos de la estructura
familiar, en los rituales funerarios y quizás en
lo que podría llamarse la "mentalidad colectiva"
de los pueblos mestizos actuales.
V.
Otros pueblos del oriente colombiano
En
las hoyas y vertientes de los ríos Suárez
y Charalá, así como en parte de la hoya baja
del Chicamocha, en un clima variado y con una topografía
quebrada, habitaban los pueblos conocidos como guanes. Constituían
un grupo diferente de los chibchas, con un lenguaje distinto,
aunque algunas características revelan que se encontraban
en un nivel de desarrollo más cercano a éstos
que a sus vecinos caribes. Según Castellanos la región
Guane tenía 30.000 casas pobladas, de "dos y
tres vecinos cada una"20.
Las
comunidades eran grupos independientes, aunque Castellanos20
afirma, en sentido contrario, que todos obedecían
a Guanentá, uno de los caciques. Los caciques eran
permanentes, probablemente hereditarios, pero no parece
que recibieran un tributo regular; en este sentido estaban
los guanes en un nivel de desarrollo social menos complejo
que sus vecinos del sur.
Eran
pueblos agricultores, que centraban su producción
en el maíz, pero cosechaban también algodón,
verduras y frutales. Como los taironas, los sinú
y los chibchas utilizaban en algunas zonas sistemas de riego,
como lo indica Castellanos:
"Porque
los moradores curiosos
tenían regadías heredades,
por acequias antiguas y cursadas,
en tal manera satisfacía
el codicioso fin de los cultores"21.
La
extracción de oro y la producción textil eran
también notables, y les servían para mantener
un intenso tráfico comercial con los chibchas; la
elaboración de cerámicas y cestería
se hacía ya en cierto grado por artesanos especializados
y en regiones determinadas.
Su
armamento era similar al de los chibchas: tiraderas, hondas,
macanas y lanzas; no usaban el arco y la flecha y de sus
prácticas guerreras parece haber estado ausente la
antropofagia. Aunque no adquirieron fama de muy belicosos,
resistieron a la dominación española con bastante
decisión, y se rebelaron una y otra vez en los años
posteriores a la conquista hasta quedar virtualmente aniquilados.
Los
habitantes del norte del Chicamocha, en la región
de Pamplona y los valles del Zulia y el Táchira recibieron
de los españoles el nombre colectivo de |Chitareros,
y aunque poco se sabe sobre su forma de vida y sus costumbres,
la escasa evidencia indica que se trataba de comunidades
indígenas con cierta afinidad y con lenguas y dialectos
más o menos similares. Las características
señaladas por los cronistas no permiten su clasificación
dentro de ninguno de los grandes grupos en los que se ha
intentado dividir la población indígena del
país. Según Aguado no tenían cacique
permanente, sino que escogían para cada guerra "al
más rico y valiente" de cada pueblo. Pero estos
datos son inseguros, pues la conquista de los chitareros
fue muy lenta y es probable que representen una generalización
arbitraria de rasgos encontrados en algunas comunidades22.
Documentos algo tardíos -de finales de siglo- indican,
contra lo afirmado por Aguado, que por lo menos en algunos
pueblos tenían caciques permanentes y hereditarios
(por vía paterna en la mayoría de los casos,
pero se encuentran menciones de herencia matrilineal), e
incluso que pagaban a éstos tributos en trabajo (labranzas)
y, en menos ocasiones, en mantas23.
Los
chitareros, de los cuales se sometieron más de 60
comunidades en los primeros años de la conquista,
eran agricultores, y cultivaban maíz, papa, yuca,
frisoles, apio, a los que añadían curíes,
venados y conejos. Sembraban algodón e iban vestidos
con mantas, aunque en muchas zonas el clima no era muy riguroso.
El algodón y la |bija o achiote eran productos comerciales
habituales. Según Aguado, "sus cantos y borracheras
y entierros son los de los indios Moxcas", con lo que
sugiere una relación con los chibchas que no concuerda
con el bajo nivel sociopolítico que él mismo
les atribuye.
Otras
provincias menos densas fueron señaladas por los
españoles en la cordillera oriental. En la zona de
Chicamocha indicaron la presencia de un grupo armado de
lanzas y macanas al que denominaron |laches, al que pertenecían
entonces los indios de las vertientes occidentales de la
Sierra Nevada de Cocuy (Cocuy, Chiscas, Chita, Panqueva,
Boavita). Quizás los indios de Tequia, Camara, Cepitá
y Umpala, pertenecían también al grupo lanche,
pero Aguado es enfático en negar esta afiliación24.
Fueron dominados con relativa facilidad, pero poco se sabe
de su cultura. Algunos historiadores han sugerido que su
idioma, al menos, pertenecía al mismo grupo lingüístico
de los chibchas y de sus vecinos, los |tunebos. Este último
pueblo se encontraba en la vertiente oriental de la Sierra
Nevada del Cocuy, y hacia el Páramo de Pisba; hoy
se encuentran grupos de descendientes en los llanos y en
el piedemonte, por el río Margua, que hablan un idioma
de estrecha relación con el chibcha. Los conquistadores
mencionaron también, en el curso medio del río
Lengupá, en dirección a los llanos, a los
indios |tecuas o |teguas, pero carecemos de toda información
etnográfica sobre ellos.
No
son muchas las referencias existentes a la población
indígena de los Llanos Orientales en la primera mitad
del siglo XVI. La mayoría de las descripciones son
del siglo XVIII y en menor medida provienen del siglo XVII
y de finales del XVI. Esto se explica porque, con escasas
excepciones, no se hizo un intento serio de sujetarlos en
los primeros años de la conquista; esta tarea fue
asumida mucho después. Por esto no tenemos una imagen
segura de la distribución de los grupos indígenas,
en esta época y a la mayoría de ellos nos
referiremos en el segundo volumen de esta obra. Uno de los
pocos para el que tenemos alguna información etnográfica
es el de los |Guayupes, que habitaban hacia 1560 la región
del Ariari y el Guape al sur de Villavicencio25. Se alimentaban
principalmente de yuca y maíz y se emborrachaban
con tabaco y yopa. Habitaban viviendas multifamiliares,
eran sedentarios y practicaban la costumbre de la covada.
Recientemente habían abandonado el hábito
de enterrar a los muertos, que reemplazaron por la incineración
y la conservación de las cenizas en vasijas especiales.
Como armas usaban dardos arrojadizos y macanas. Otros grupos
ligados con el anterior eran los |Saez y los |Eperiguas.
Los primeros acostumbraban comerse parcialmente a sus muertos
luego de quemarlos; los cronistas se extrañaron también
por la aparente lasitud de los lazos conyugales: según
Aguado, las mujeres cambiaban de marido fácil y frecuentemente,
y eran en ocasiones las que hacían la elección
del cónyuge. Otros grupos mencionados, sin mayores
descripciones, por los españoles, fueron los Choques,
los Achaguas, los Sálivas, los Goahivos y algunos
grupos antropófagos que habitaban el piedemonte de
la cordillera Oriental, entre el río Papamene y el
Putumayo.
VI.
Los pueblos del macizo colombiano y de la altiplanicie de
los Pastos
Los
grupos de conquistadores que entraron al territorio actual
de Colombia en 1535, desde Quito, encontraron en las altiplanicies
andinas una densa población entre las que se destacaron
los pueblos indígenas conocidos como |Pastos y |Quillacingas,
los indios del |Patía en la vertiente occidental
de la cordillera, los |Sibundoy, en las partes altas de
la vertiente oriental, y los habitantes de las zonas de
Almaguer y Guachicono.
Sobre
estos últimos poco sabemos. Juan López de
Velasco se limita a describirlos como "caribes",
lo que usualmente implicaba para los españoles la
conjunción de antropofagia, belicosidad y ausencia
de caciques permanentes, aunque no siempre todos estos rasgos
se encuentran en los indios así denominados. Los
sibundoyes formaban comunidades agrícolas en el valle
de su nombre, en la parte alta de la vertiente del Putumayo.
Cerca a las fuentes del río Mocoa habitaron pueblos
a los que se dio este mismo nombre. De éstos, los
sibundoyes han logrado sobrevivir hasta hoy, así
como los |Kofanes. Los indios del Patía fueron descritos
por los españoles como caníbales bastante
numerosos, armados de dardos y lanzas -un rasgo usualmente
no caribe-, y dueños de grandes cantidades de oro.
Finalmente,
los |Pastos y |Quillacingas formaban dos grupos de distinta
lengua, muy densos, que con los chibchas fueron uno de los
grupos que sobrevivieron mejor a la dominación española
y constituyeron parte importante de la fuerza laboral colonial.
Las primeras descripciones atribuyen a los primeros, que
vivían cerca a la frontera con el actual Ecuador,
una cultura agrícola avanzada, centrada en la papa
y el maíz, armamento muy simple y un carácter
pacífico. Su lengua ha sido asociada por los investigadores
con la Tukano, una rama de la familia chibcha. Los últimos,
habitantes de la altiplanicie cercana al municipio de Pasto
actual, eran, según los cronistas, antropófagos
y muy belicosos; su lengua, según Sergio Elías
Ortiz, hace parte también del grupo chibcha26.
vii. El tamaño de la población indígena
en el momento de la conquista
Desde
los primeros encuentros con los habitantes del actual territorio
colombiano los europeos manifestaron una gran sorpresa por
el elevado número de los indígenas con los
que entraban en contacto. En varias regiones del país,
como el Darién, el litoral Atlántico entre
Cartagena y Santa Marta, los valles del Cesar y del Cauca,
la altiplanicie cundiboyacense, etc., los españoles
tropezaron con densas poblaciones, a las que se refirieron
con los más exaltados adjetivos.
Una
y otra vez los conquistadores hablaron de "grandes
poblaciones", de zonas tan habitadas que no era posible
encontrar nada parecido en la misma España, de regiones
en las que se encontraba un pueblo casi a cada hora de marcha.
Por
otro lado, los mismos conquistadores, con ocasión
de sus enfrentamientos armadas con los indígenas,
dieron frecuente testimonio del volumen de los ejércitos
con los que tenían que luchar, y son habituales las
menciones de 10, 15 o 20.000 combatientes, que indican pueblos
muy numerosos, si se tiene en cuenta que raras veces los
indios de grupos diferentes se unieron para luchar con los
invasores. Con base en estas informaciones, los cronistas
y algunos historiadores posteriores calcularon en forma
aproximada la población de grandes regiones del territorio
ocupado por los indios, señalando cifras cercanas
a un millón de habitantes, por ejemplo, para los
pueblos chibchas y para los habitantes del actual territorio
antioqueño, o de 1.500.000 indios para el valle del
río Magdalena.
Estas
afirmaciones han sido discutidas con mucha frecuencia, y
en los últimos años han sido consideradas
tales cifras excesivas por estudiosos como Angel Rosenblat,
R. Kroeber y en especial Jaime Jaramillo Uribe27. Para ellos,
estas cifras representan cálculos imprecisos y exagerados,
que reflejan el deseo de los españoles de exaltar
su valor al someter con pocos efectivos numerosas poblaciones.
Además, se han señalado que las investigaciones
arqueológicas no han demostrado la presencia de restos
y ruinas de tal magnitud que permitan suponer la existencia
de poblaciones tan altas. Por otra parte, estos autores
consideran que ni el grado de desarrollo social, ni la tecnología
disponible para la producción de alimentos permitían
un crecimiento demográfico muy grande.
Sin
embargo, algunos trabajos recientes han vuelto a sostener
la verosimilitud de las cifras dadas por los cronistas y
a postular una población elevada para el territorio
de la actual Colombia. Así, Leroy Gordon sostiene
que el tipo de economía agrícola de la región
del Sinú habría permitido mantener una población
cercana al millón de habitantes, y Carl O. Sauer,
con base en argumentos geográficos, sugiere cifras
similares para la región del Darién28. Igualmente
alto podría haber sido el rendimiento agrícola
de la zona chibcha, al menos para alimentar la población
de algo más de un millón de habitantes que
se deduce de los informes de los cronistas y algunos documentos
de la época. Del mismo modo los estudios recientes
descartan el argumento fundado en la ausencia de corroboración
arqueológica para poblaciones elevadas, pues son
tan pocos los trabajos realizados y tan raras las excavaciones,
que resulta imposible sacar conclusiones en cualquier sentido
con base en ellas.
Por
esta razón la mayor parte de las investigaciones
de los últimos años han partido de las cifras
de indios tributarios establecidas por funcionarios de la
Corona, especialmente alrededor de 1560, para calcular con
base en el número de tributarios la población
total en ese momento y en algunas épocas posteriores.
A partir de cifras para fechas diferentes se han calculado
tasas de disminución de la población, que
permiten, mediante una extrapolación, obtener la
población probable en el momento de la llegada de
los españoles a determinada región. Con este
método Juan Friede ha calculado una población
superior a los 500.000 habitantes para la región
de Tunja29 y Germán Colmenares, comparando varias
series documentales, calcula la población total del
territorio colombiano en alrededor de 3.000.000 de habitantes
para 1537.
Entre
1501 y 1535 prácticamente todos los contactos entre
españoles se dieron en la costa Atlántica
y las sabanas adyacentes. En algunas regiones la población
indígena fue víctima de continuas expediciones
esclavistas; la resistencia de los nativos fue muy violenta
y los españoles usaron una y otra vez medidas bastante
destructivas contra los rebeldes: incendio y destrucción
de pueblos, eliminación física de la población,
quema y arrasamiento de cultivos, etc. Ejemplos de esto
se dieron en la gobernación de Pedrarias Dávila,
en los encuentros iniciales con los indios de Calamar y
de Santa Marta y en la expedición de Alfinger por
el valle del Cesar. La crueldad de las formas de lucha contra
los indios resulta en estos casos imposible de exagerar.
Fuera de esto, se presentaron los usuales efectos del contacto,
entre españoles e indígenas: epidemias, enfermedades,
muerte de indios sometidos a trabajos desacostumbrados,
desorganización de la vida social y familiar de los
indios.
Durante
el siguiente periodo, entre 1535 y 1560, se extendió
la ocupación española al interior del país,
especialmente a los valles del Cauca y el Magdalena y a
las altiplanicies del sur y el oriente. El enfrentamiento
de los conquistadores con las comunidades locales produjo
la habitual disminución de la población, que
resultó drástica donde los indios se enfrentaron
con mucha fuerza a los españoles (valle del Cauca,
Timaná y La Plata) y un poco menos acelerada en zonas
como las de los chibchas o los indios del sur del país,
donde el sometimiento de los indígenas fue más
fácil y, por razones en parte geográficas,
las condiciones del trabajo servil menos duras. Algunos
grupos muy belicosos y favorecidos por la topografía
pudieron conservarse algo, especialmente cuando el atraso
indígena y la ausencia de oportunidades económicas
en una zona ayudó a mantenerla por fuera del dominio
efectivo de los conquistadores. (Zonas de Pijaos, Carares,
etc.).
La magnitud del proceso de destrucción de las poblaciones
originarias del territorio actual del país fuè
indiscutible. Esta destrucción obedeció a
causas múltiples y muy variadas, entre las que vale
la pena destacar el comercio de esclavización, la
muerte violenta en enfrentamientos militares, enfermedades,
disminución de las tasas de natalidad de los indígenas
a causa de cambios en la estructura de la población
y del alejamiento de varones, la expansión de prácticas
anticonceptivas, abortivas o infanticidas, los efectos del
trabajo servil (muertes por castigos, maltratos, trabajos
muy pesados; debilitamiento, etc.); destrucción de
la economía indígena por el saqueo, el arrastramiento
de las sementeras, la negativa a sembrar por parte de los
mismos nativos y, por último, los suicidios individuales
o colectivos de los indios. Al lado de estos factores de
disminución real de la población indígena,
hay que considerar, aunque durante este periodo su efecto
sobre los volúmenes globales de población
no haya podido ser muy grande, el fenómeno del mestizaje,
que será comentado en un capítulo posterior.
Estas
causas operaron en grados muy diversos según el carácter
de cada grupo indígena y las condiciones de su conquista.
Donde la población activa resistió con vigor
a los españoles, la disminución estuvo más
ligada a la guerra misma; donde el dominio español
se implantó rápidamente fueron más
importantes los efectos del trabajo servil y de la desintegración
de las comunidades y familias indígenas. El relato
de la conquista de las principales comunidades del país
permitirá señalar en forma concreta algunos
aspectos de este proceso de despoblación.
viii. El nivel de desarrollo de los indígenas colombianos
El
rápido y esquemativo esbozo de las páginas
anteriores permite formarse una imagen global del grado
de desarrollo al que habían llegado los indígenas
colombianos, lo que resulta importante para explicar los
efectos de la conquista sobre los distintos grupos y su
capacidad de ofrecer resistencia a los invasores, de aceptar
las instituciones de servidumbre que surgieron del dominio
de los americanos por los europeos, y de influir en forma
clara sobre la cultura posterior del país.
Por
lo que sabemos, todos los pueblos conocidos del territorio
colombiano habían descubierto ya la agricultura,
y casi todos los grupos la practicaban en forma continuada,
habiendo establecido para tal efecto hábitos de ocupación
sedentaria del suelo. Sólo algunos pueblos de los
Llanos (fuera de la región amazónica, desconocida
en el siglo XVI) realizaban su agricultura en forma que
podemos considerar itinerante. El desarrollo de la tecnología
agrícola describía una serie continua, desde
los agricultores de playones que no ejercían ninguna
preparación del suelo hasta los cultivos de chibchas,
sinúes, taironas y guanes, que utilizaban técnicas
tan avanzadas e intensivas como acequias de desecación
y riego y a veces terrazas, aunque no en gran escala.
Estos
niveles de desarrollo de las técnicas productivas
correspondían a diferentes densidades y magnitudes
absolutas de población. Los grupos mayores fueron
los chibchas, sinúes y cuevas, que junto con los
taironas y guanes tenían densidades muy elevadas.
Una población numerosa y densa requería formas
más o menos desarrolladas de organización
política; permitía la ampliación de
la división del trabajo y la aparición de
especialistas en ciertas tareas económicas; abría
el camino para la diferenciación social y el surgimiento
de grupos especializados en el ejercicio de funciones políticas
y religiosas. Es claro que el grupo más desarrollado
en este sentido era el de los chibchas. Estos tenían
ya un poder por encima de las comunidades inmediatas, que
ejercía formas nacientes de autoridad independientes
de la estructura familiar o tribal. Entre ellos, comenzaban
a esbozarse clases o divisiones sociales con funciones especiales:
sacerdotes y nobleza guerrera. En términos de la
clasificación de Elman R. Service31, puede decirse
que se encontraban en una etapa avanzada del estadio, de
"reinos" o "señoríos",
en el punto de transformación en un "estado
primitivo": éste habría implicado que
las clases sociales se consolidaran sobre una base económica
y no simplemente político-social y la aparición
definitiva del uso de la fuerza legalizada para imponer
la autoridad de los gobernantes.
Dentro
de esta misma etapa, pero con menor complejidad, se encontraban
los Cuevas, los indios de Popayán, los de Guaca,
los Guane, la mayoría de los pueblos del valle del
río Cauca, los Tairona y los Sinú: se trata
de grupos con caciques permanentes, desigualdad interna,
funciones económicas de los jefes, y en las que la
estructura económica había llegado a un nivel
en el que se daba la especialización artesanal y
regional y la existencia de un mínimo de producción
continua destinada al comercio con otros grupos. Es posible
que en algunos de estos grupos se pagara tributo, pero éste
no permitía sostener un grupo amplio de miembros
del clero o guerreros permanentes, como era el caso entre
los chibchas.
La
mayoría de las otras comunidades colombianas se encontraban
en el estadio "tribal": la sociedad era igualitaria,
los jefes se elegían solamente para responder a amenazas
exteriores como la guerra y faltaba por completo todo tipo
de institución política separada de los sistemas
de parentesco. El sistema productivo, basado en la agricultura,
no permitía aún poblaciones muy numerosas,
y la productividad era tan baja, que resultaba imposible
esclavizar a los enemigos, con los que existía una
situación de guerra permanente, excepto por breves
periodos antes de su sacrificio. Esto era el nivel de todos
los grupos conocidos como caribes, y probablemente el de
los chocó, los arhuacos y los grupos conocidos de
los Llanos Orientales.
Es
posible que en las selvas tropicales y en los Llanos Orientales
hubiera indígenas en el estado de "bandas"
familiares, grupos de recolectores y cazadores, sin dominio
de la agricultura o que apenas empezaban a realizar una
agricultura itinerante, pero no tenemos información
que permita asegurarlo. Las bandas son usualmente muy pequeñas,
y los españoles pudieron no prestarles atención;
por otra parte, es evidente que en la mayor parte del territorio
colombiano se había alcanzado un nivel más
complejo de organización social y esto tiende a ser
expansivo; tan pronto aparecen en una zona las tribus, con
organización guerrera, los demás grupos se
ven obligados a transformarse para adaptarse a la nueva
situación.
La
capacidad de resistencia militar de los grupos indígenas
podía depender de su magnitud, del tipo de armamento
disponible, de sus hábitos militares y su preparación
moral para la guerra, y del tipo de estructura social. En
la medida en que el objetivo español era la sujeción
de los indios para que realizaran tareas laborales, puede
esperarse que sólo los grupos acostumbrados a trabajar
para sus caciques y el pago de tributos pudieron ser sometidos
en forma permanente: éste fue el caso en particular
de los chibchas, que además, pese a la presencia
y la amenaza continua, en sus fronteras, de los caribes,
tuvieron un armamento poco eficaz (sin arcos ni flechas
y sin venenos), y una actitud no muy belicosa y algo resignada
frente a la conquista; en cierto modo ya estaban acostumbrados
a ser dominados. Por estos factores -experiencia de tributación
y servicio laboral, armamento poco eficaz contra los españoles,
actitud derrotista- perdieron la ventaja que podría
haberles dado su elevado número. Los otros grupos
relativamente numerosos, cuevas, sinúes, guanes,
indios de Popayán y los reinos de toda la región
del Valle del Cauca, resultaron en la práctica de
muy difícil sometimiento: los indios no se resignaban
a la sujeción y al trabajo servil, y aunque algunos
contaban con un armamento que incluía el arco y la
flecha, se trataba en este último caso de comunidades
no muy numerosas. Además, el hecho de que se tratara
de grupos de "reinos" independientes tenía
el doble efecto de hacer más difícil la sujeción
de una región -la caída de un cacique no llevaba
al sometimiento de los otros; los españoles debían
dividir sus fuerzas; los grupos pequeños podían
usar técnicas basadas en ataques esporádicos,
emboscadas, trampas, etc.- y al mismo tiempo el de hacer
a la larga inevitable el sojuzgamiento, al hacer imposible
que los indios presentaran un frente unificado ante los
invasores y al permitir a los españoles usar las
rivalidades entre aquéllos para obtener aliados y
suscitar denuncias y traiciones. Por todo lo anterior, grupos
como los mencionados ofrecieron continua resistencia, pero
no lograron hacer gran daño a los peninsulares, y
la situación de rebelión intermitente condujo
habitualmente a su disminución numérica hasta
el punto de su casi completa extinción. Este proceso
fue aún más veloz en el caso de los indios
de la costa, que fueron visitados por los españoles
antes que los demás, en un momento en el que los
conquistadores tenían menos experiencia y tendían
a usar la violencia con menor discriminación: los
cuevas fueron sujetos a una campaña de un terrorismo
inimaginable, pese a que no eran muy belicosos; los sinúes
fueron derrotados, por lo que parece, por enfermedades y
epidemias, que los visitaron como vanguardia anticipada
de los conquistadores.
Los
tairona forman un grupo especial, pues pese a su desarrollo
y a su complejidad social lograron oponer resistencia continua
a los españoles, al menos hasta finales del siglo
XVI: quizás tuvo importancia para esto el hecho de
que habían adaptado el armamento caribe de sus vecinos,
así como la aspereza de la zona a la que pudieron
replegarse, en la Sierra Nevada. Los demás grupos
que ofrecieron resistencia constituían tribus sin
diferenciación interna armados con arco y flecha
y situadas en medios con alguna dificultad para los españoles.
Este fue el caso de muzos, chimilas, yalcones, pijaos, etc.
En
resumen, los españoles lograron dominar un grupo
cuantitativamente importante, el de los chibchas, e implantaron
su dominación, a costa de una mayor disminución
del grupo indígena pero sin destruirlo del todo,
entre los indios pastos y quillacingas y en algunas zonas
del alto valle del Cauca. En casi todos los demás
sitios los grupos desaparecieron en el proceso de dominación
y sólo fue posible sujetar partes insignificantes
de los indios; cuando se dio una sujeción aparentemente
amplia, como la de los chitareros, resultó en una
casi total desaparición de los sujetos en un breve
plazo.