EL
DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA Y LA ORGANIZACIÓN DE LA CONQUISTA
1.
La expansión hacia el Atlántico y el descubrimiento
de América
El
siglo XV vio la ruptura de la limitación de Europa
a una navegación mediterránea y limitada a
las costas. Portugal continuó la tarea de la Reconquista
con un vivo proceso de expansión hacia el sur, motivado
en parte por el interés en el comercio con el Africa
y en parte por los gustos y curiosidades del rey Enrique
el Navegante. Desde 1415, cuando los portugueses atacaron
la fortaleza musulmana de Ceuta, en la costa africana, hasta
la expedición de Bartolomé Díaz en
1488, los lusitanos ampliaron sus conocimientos y control
comercial de la costa de Africa hasta el cabo de Buena Esperanza,
en el extremo sur del continente. Esclavos, marfil y oro
fueron los productos alrededor de los cuales se mantuvo
el interés por la búsqueda de nuevas tierras
y nuevas rutas, búsqueda que hacia 1480 estaba orientada
claramente a tratar de establecer un contacto marítimo
directo con la India, principal proveedora de las especias.
Castilla
no permaneció del todo ajena a esta expansión
atlántica y ya en 1478 había intentado tomar
posesión de las Islas Canarias. Además, se
efectuaron varios ataques a la costa africana que despertaron
la hostilidad e inquietud de los portugueses, y llevaron
a crecientes disputas alrededor de las recientes posesiones
de los dos países. En 1479 el tratado de Alcazovas
reguló temporalmente la materia: Castilla reconocía
las posesiones portuguesas (las Azores, las islas de Cabo
Verde, Madeira y varios fuertes en la costa africana) mientras
que Portugal reconocía el dominio de Castilla sobre
las islas Canarias.
La
experiencia canaria fue muy importante para moldear el tipo
de instituciones y las formas de organización de
la conquista que posteriormente se establecieron para el
caso americano. La isla fue dominada en forma definitiva
por Alfonso Fernández de Lugo en 1483, y en su conquista
se mezclaron los métodos de empresa privada y actividad
oficial que la reconquista había hecho comunes. Lugo
recibía autoridad pública y apoyo financiero
de la Corona, pero realizó también contratos
con varios comerciantes de Sevilla. Las relaciones entre
Lugo, en el fondo un empresario privado, y la Corona se
regulaban por medio de una especie de contrato, la |capitulación,
en el que se definían los títulos, derechos
y obligaciones del conquistador y se puntualizaban las prerrogativas
reales que se conservaban: desde entonces la Corona intentó
evitar que los conquistadores recibieran derechos y concesiones
que permitieran la formación de señoríos
feudales, aunque era inevitable que las condiciones de la
época y las creadas por la expansión súbita
dieran surgimiento a instituciones de claro matiz feudal.
Cuando
Colón comenzó a proponer la búsqueda
de una ruta al oriente por el Atlántico su idea no
carecía del todo de antecedentes, y era ya aceptada
entre los geógrafos y astrónomos de la época
la vieja teoría griega de la esfericidad de la Tierra.
Pero no es de extrañar que los portugueses, que estaban
a punto de encontrar una ruta por la costa africana, no
mostraran mucho interés, ni que los españoles
encontraran dificultades prácticas y de oportunidad
al proyecto. Los problemas prácticos residían
esencialmente en la posibilidad de realizar por alta mar
un viaje tan largo como se suponía sería la
expedición a las Indias Orientales. Pero el arte
de la navegación había hecho notables avances
durante la época. La cartografía había
progresado bastante, especialmente impulsada por el trabajo
de los geógrafos autores de los |portularios, mapas
muy detallados de las costas conocidas hasta entonces; la
navegación atlántica en alta mar había
sido emprendida por vascos y portugueses, que en sus viajes
al Africa se alejaban bastante de la costa para aprovechar
mejor los vientos y corrientes. La carabela, el navío
que se utilizaría en los viajes del descubrimiento
de América, había sido perfeccionada durante
el siglo XV por los portugueses. España, por su parte,
tenía pleno dominio de estos avances y técnicas,
y contaba con una amplia población de hábiles
marineros, muchos de ellos con experiencia en viajes en
el Atlántico. La única dificultad aún
no resuelta estaba en la imposibilidad de determinar con
alguna precisión la longitud de una nave en alta
mar, por la ausencia de cronómetros suficientemente
precisos, y de aprovisionar buques del tamaño existente
para un viaje cuya duración podía ser muy
larga: la audacia de Colón resultó favorecida
por sus cálculos de que Asia estaba mucho más
cerca de Europa por el Atlántico de lo que estaba
en realidad, error que no compartían los escépticos
geógrafos españoles llamados a opinar sobre
su viaje. El descubridor, Cristóbal Colón1,
era un marino genovés con experiencia comercial,
que había hecho varios viajes importantes por el
Atlántico -incluso se sostiene con alguna verosimilitud
que estuvo en Islandia- y estaba vinculado por matrimonio
con una importante casa comercial portuguesa. Su vida está
recubierta en gran parte por leyendas de inspiración
romántica (sus estudios en la Universidad de Pavía,
sus meditaciones de adolescente en las costas genovesas
acerca de la esfericidad de la Tierra, la venta de las joyas
por Isabel son todas invenciones literarias), pero es sin
duda notable la firmeza con la que buscó apoyo para
la expedición al Oriente por la vía Atlántica.
Los españoles, en particular, no mostraron gran interés
cuando Colón hizo su propuesta en 1486, después
de ser rechazado por Portugal: la Corona estaba entonces
muy comprometida con la guerra contra Granada y el viaje
parecía un poco arriesgado: la ruta que Colón
proponía al Asia podía resultar menos conveniente
que la que los portugueses estaban a punto de encontrar.
Pero en 1491-92 Colón, mediante el apoyo de varios
nobles españoles, entre ellos Luis de Santangel,
logró que los Reyes Católicos aceptaran sus
propuestas y firmaran unas "capitulaciones" en
las que se señalaban los derechos de Colón
y los que conservaba la Corona. Justamente una de las mayores
reticencias de los monarcas surgió de las pretensiones,
consideradas exageradas, hechas por Colón, quien
según su hijo Fernando Colón, al ser "hombre
de noble y elevada ambición, no entraría en
tratos sino en términos que le trajeran gran honor
y ventajas". Tampoco los Reyes querían que la
empresa fuera privada, por temor a que los nobles que invirtieran
sus dineros alegaran derechos que les permitieran crear
dominios más o menos independientes, y se opusieron
a que el Duque de Medinaceli financiara el viaje, que finalmente
fue costeado principalmente con dineros de la Santa Hermandad
proporcionados por su tesorero Santangel. El contrato con
Colón le daba el título hereditario de Virrey
Gobernador y Capitán General, de las tierras que
descubriera y el derecho a presentar tres candidatos para
todo cargo público que debiera proveerse en las tierras
descubiertas. Fuera de esto recibía el derecho a
participar en las ganancias del viaje y a un porcentaje
de los productos obtenidos en los nuevos territorios. Estas
provisiones muestran por un lado el cuidado de la Corona,
que si bien se ve obligada a ceder bastante poder a Colón,
mantiene su soberanía sobre toda posible tierra que
se encuentre; por otra parte, indican que se consideraba
posible el descubrimiento de nuevas tierras, lo que no es
extraño si se tiene en cuenta que en la época
se creía en la existencia de varias islas más
o menos fantásticas en medio del Atlántico
(Antilla, Atlántida, Brasil), que figuraban en los
mapas de la época y reflejaban parcialmente las concepciones
míticas de la antigüedad y los recuerdos relativamente
vagos que pudieran tenerse de las expediciones vikingas.
Pero en todo caso la búsqueda de una ruta a las Indias
Orientales era uno de los objetivos centrales del viaje:
Colón recibió una carta de Isabel y Fernando
al Gran Kan y entre su tripulación iba un intérprete.
La conducta posterior de Colón muestra que consideraba
como su misión principal el descubrimiento de esta
ruta, pues interpretó consistente y testarudamente
sus hallazgos en las nuevas tierras como partes del oriente
asiático y murió convencido, contra las evidencias
acumuladas por otros marineros y geógrafos, de haber
hallado simplemente un nuevo camino a las Islas Orientales.
2.
Colón en las Antillas
La
expedición, formada por tres carabelas, salió
el 3 de agosto de 1492 de Palos de Moguer, un puerto que
debió colaborar con la tripulación y aprovisionamiento
de los buques en pago de una obligación pendiente
con los Reyes. Colón hizo una primera etapa a las
Canarias, y el 4 de septiembre zarpó hacia el occidente.
El primer viaje a América resultó sorprendentemente
fácil y el 12 de octubre, es decir, sólo 5
semanas después de la partida, se avistó tierra
americana, probablemente en las Bahamas. Colón había
encontrado, en parte por suerte pero en parte por sus grandes
habilidades como marinero, la ruta más adecuada a
América y había hecho el viaje en un tiempo
que durante tres siglos iba a ser la duración normal
de la travesía.
Los
descubridores exploraron la zona de las Bahamas y las islas
de Santo Domingo (La Española) y Cuba, y en la primera
encontró Colón, como en otras islas de la
región, indios pacíficos y "buenos para
los mandar y hacer trabajar"2, como él mismo
escribió en su diario, así como rastros de
oro, en aleación con plata (el llamado |guanín),
que encendieron el entusiasmo sobre el valor económico
y espiritual de su descubrimiento, "pues es el oro
cosa tan maravillosa que con él se envían
las almas al cielo"3.
Los
indios de la región pertenecían al grupo Arawak
y formaban una sociedad jerarquizada, con jefes denominados
|caciques, una población común e indios serviles
llamado |naborías. El armamento del que disponían
era poco eficaz, incluso contra los indios caribes que ocasionalmente
los atacaban: sin arcos ni flechas, giraba alrededor del
uso de dardos sin veneno arrojados mediante cerbatanas.
La economía de la isla tenía un sorprendente
equilibrio, aunque precario, entre una densa población
y los recursos alimenticios. Si se piensa que el número
de habitantes era bastante elevado (Carl O. Sauer los ha
calculado, para la isla de Santo Domingo en el momento de
la conquista, en unos tres millones, dentro de un territorio
que hoy alimenta difícilmente una población
similar)4, resulta más notable el resultado de los
indígenas en la explotación de la tierra.
La base de la producción era la agricultura centrada
en el cultivo de yuca, que se hacía en montículos
cuidadosamente preparados e irrigados en forma artificial.
Es probable que esto exigiera un uso relativamente intensivo
de mano de obra, y por supuesto la ausencia de ganado permitía
cultivar gran parte del suelo, en una forma que permitía
sostener, por hectárea cultivada, una población
mucho más alta que la que podía lograrse con
los cultivos del Viejo Continente: el trigo de Europa o
el arroz asiático. La alimentación se complementaba
con pescados, pájaros y tortugas, cuya
abundancia provocó más de un testimonio lleno
de sorpresa de los españoles.
Colón,
después de haber perdido una nave, escogió
"por intervención divina" un sitio para
establecer un fuerte y dejar allí algunos de los
españoles mientras volvía a España
a dar cuenta de sus descubrimientos. El día 24 de
diciembre de 1492 se fundó el fuerte de Navidad,
en un lugar sin agua, malsano, cuya única ventaja
residía en la eventual cercanía a sitios donde
podría explotarse oro. Los españoles que allí
quedaron entraron en el primer conflicto entre europeos
y americanos, que inicialmente habían entregado alimentos
y oro a los españoles en medio de una curiosidad
ingenua. El choque probablemente tuvo que ver con el resentimiento
de los indígenas al tener que sostener permanentemente
a los recién llegados, que no realizaban ningún
trabajo, y acaso con conflictos ligados a la conquista de
las mujeres por los marineros ibéricos.
Colón,
recibido triunfalmente por los Reyes, preparó un
segundo viaje en 1493, cuando vino acompañado por
1.200 hombres deseosos de conocer el fabuloso mundo de las
Indias. La imagen que Colón se hacía de su
tarea se derivaba con claridad de la experiencia comercial
de las ciudades italianas: lo que pretendía era establecer
una factoría comercial, con fuertes y almacenes construidos
por los españoles, para comerciar con los indios,
que darían oro y otros productos a cambio de las
baratijas (bujerías) europeas5. Los socios monopolistas
de la empresa eran la monarquía y Colón, quienes
se repartían las ganancias y corrían con los
gastos; los demás españoles eran simples asalariados
de la compañía. No se pensaba en una colonización
en forma, con residencia permanente de los españoles
en la región: no se trajeron mujeres y se suponía
que los alimentos se importarían de España.
Rápidamente
el sistema entró en dificultades. Los indios intercambiaron
inicialmente algo del oro acumulado durante generaciones,
pero no tenían por supuesto ningún interés
en seguir produciendo un excedente para cambiar con los
europeos en forma regular. El flujo voluntario de oro disminuyó
y los españoles respondieron organizando |entradas
a las zonas de los indios para tratar de obtener con la
violencia lo que no se daba por las buenas. Además,
los conquistadores, insuficientemente aprovisionados desde
España y sin mujeres, esperaban que la población
nativa satisficiera sus necesidades alimenticias y sexuales.
Colón decidió imponer un tributo obligatorio
a los indios, en oro y algodón (pues pese a que la
carencia esencial era ya la de alimentos, Colón seguía
obsesionado con el oro, imagen de toda riqueza para los
hombres del Renacimiento), lo que aumentó las tensiones
entre las dos comunidades. Los indios, que ya habían
sido sometidos a algunos trabajos forzosos, finalmente se
lanzaron a una rebelión general en 1494. Colón
dirigió una expedición militar que redujo
la isla, pero los indios ya no estaban dispuestos a trabajar
ni sembrar para los conquistadores, aun a costa de su propia
desaparición: "Y permitió su divina majestad
-escribió Fernando Colón- que hubiera tal
escasez de comida y tan grave enfermedad que se redujeron
a la tercera parte... de modo que pudiera verse que estas
cosas venían de su mano altísima..."6.
El
fracaso era evidente. Colón intentó convertir
la factoría en base esclavista y envió 500
indios para ser vendidos en España, pero la Reina
se opuso y ordenó la libertad de los americanos.
El monopolio comenzó a desmoronarse: en 1495 la Corona
autorizó a los españoles para comerciar libremente,
dando un tributo a la Corona y una participación
a Colón; podían así entrar a las Indias
personas sin sueldo, impulsadas por el deseo de ganancias
debidas a su iniciativa privada. Pese a todo, no fue posible
completar siquiera el cupo de un tercer viaje en 1497 y
hubo que interesar a los presos conmutando penas por trabajo
en las Indias. Y se trajeron agricultores y artesanos, con
el objeto de iniciar la producción local de alimentos.
Cerdos para cría hicieron parte también del
cargamento de este viaje, que iba marcando un viraje de
la idea de una factoría a la de una colonia.
Un
conflicto cada vez más marcado con los mismos españoles
llevó a Colón a culminar la transición
hacia una colonia en la que los europeos no serían
simples empleados de la factoría sino habitantes
de la región con derechos a comerciar, explotar la
tierra y las minas, etc. Una rebelión de los inmigrantes
sólo pudo apagarse con un compromiso que modificó
la forma de relación con los indios. Los españoles
recibirían tierra, que sería propia a los
4 años de residencia, y para cultivarla, así
como para extraer metal de las minas, se repartieron indios
a los españoles. El tributo implantado por Colón
fracasó, pues los indígenas no producían
voluntariamente un excedente suficiente para pagarlo. Ahora
se trató de implantar un sistema de trabajo obligatorio,
en el que la producción iba a ser controlada por
los españoles mismos, y que tenía fuertes
reminiscencias de la servidumbre medieval.
La
Corona objetó inicialmente el sistema, pues partía
del principio de que los indios eran vasallos de la Corona,
pero que nada justificaba su servidumbre a otros españoles,
fuera de que esto podía conducir a la formación
de señoríos que amenazaran el poder de la
monarquía, pero pronto se convenció de que
sin el trabajo indígena los españoles no podrían
subsistir en las Indias, sobre todo porque allí inmediatamente
se negaban los recién llegados a todo trabajo manual.
Los Reyes, sin embargo, insistieron en que el trabajo indígena,
aunque fuera inevitable, debía ser remunerado y así
lo ordenaron en la Cédula Real del 20 de diciembre
de 1503 que dio forma al sistema llamado del "repartimiento".
3.
La Encomienda en La Española
El
fracaso de los esfuerzos de Colón para organizar
la colonia condujo a su destitución y reemplazo,
en 1501, por un gobernador nombrado por la Corona, que asumió
las funciones administrativas, judiciales, militares y de
hacienda. Los españoles quedaban con libertad para
fundar ciudades, recibir tierras, explotar las minas, etc.,
dando por supuesto parte de sus provechos al rey como tributo.
Este nuevo experimento fue ensayado bajo la dirección
de los gobernadores Nicolás de Ovando y Diego Colón,
pero tropezó en todo caso con una dificultad esencial,
y fue la disminución drástica de la población
indígena. Los indios en cierto modo apelaron a la
forma más radical de protesta ante el trabajo forzado
y la sumisión a los españoles: la muerte.
Desacostumbrados a un trabajo constante, roto el equilibrio
con los recursos naturales por el abandono de sus tareas
tradicionales, mal alimentados, presa fácil de enfermedades
para las que no tenían defensas adecuadas, las epidemias
los destruyeron. Por otra parte se dieron casos masivos
de suicidios con yuca amarga y de infanticidio, y la natalidad
se redujo bruscamente. Como resultado de esto, y de las
violencias y muertes infligidas directamente por los españoles,
de los 3.000.000 de indios de 1492 sólo quedaban
unos 60.000 tributarios (adultos varones) en 1509, que para
1518 se habían reducido a cerca de 11.000 y desaparecieron
casi por completo en 1519, cuando una epidemia de viruela
acabó prácticamente con los restantes.
Para
mantener las islas aprovisionadas de mano de obra, que se
requería para la extracción de oro y para
el cultivo de las estancias de los colonos, en las que se
había introducido ganado -que afectaba además
la producción de alimentos de las comunidades indígenas,
pues destruía los sembrados- y cerdos e incluso la
caña de azúcar, llamada a un amplio desarrollo
en la zona, se adoptaron varias medidas de emergencia. Inicialmente
se trajeron indios de las islas vecinas, lo que no hizo
sino extender la despoblación a toda la zona. En
1503 la Reina Isabel permitió que se capturaran como
esclavos los "caribes", nombre que se daba a los
indios caníbales y belicosos7. Entre los sitios de
caribes, a los cuales se podía ir a cazar esclavos
se mencionaron varios de la costa actual de Colombia, como
Cartagena y Barú; durante varios años el tráfico
de esclavos floreció en la zona. Poco después
Fernando el Católico promovió el envío
de esclavos negros, que convirtió en fuente adicional
de ingresos para el tesoro real. En 1509 autorizó
la conducción de indios que no ofrecieran resistencia
como siervos de por vida (naborías), adoptando una
institución indígena del área, a las
islas; los que se resistieran, se enfrentaran violentamente
a los españoles o se opusieran a la predicación
del evangelio podrían ser esclavizados. La diferencia
entre la servidumbre vitalicia y la esclavitud no debía
ser muy clara para la víctima, y la restricción
de la esclavitud a los indios caribes o que ofrecieran resistencia
tampoco operó mucho en la práctica, pues lo
usual durante unos años fue denominar caribes a los
indios que se querían esclavizar.
Sin
embargo, la Cédula de 1503 sobre esclavización
es índice mediato de la preocupación de la
Corona por el |status jurídico del indio. Ya en 1500
se había expedido una Cédula Real defendiendo
sus derechos y llamándolos "vasallos libres"
de la Corona, y en general la Reina Isabel y su confesor,
Jiménez de Cisneros, mantuvieron bastante prevención
contra el sistema del repartimiento, que parecía
contradecir la libertad de los indios que se sujetaran pacíficamente
al dominio de España. Por supuesto, los que se rebelaron
eran tratados con la mayor dureza y su destino era la esclavitud.
La muerte de Isabel en 1504 dejó como único
gobernante a Fernando, hasta 1516. Este no tenía
los escrúpulos morales de Isabel, y sólo se
planteó claramente el problema de los indios con
ocasión de las denuncias hechas por un grupo de sacerdotes
dominicos de La Española en 1511; los franciscanos,
que habían llegado desde 1502, no parecen haberse
sentido muy afectados por la situación de los indios
durante estos primeros años de la conquista.
Los
dominicos, aterrados por la despoblación de las islas
y el maltrato a los indios, hicieron ásperas denuncias
del sistema del repartimiento, que seguía siendo
esencialmente un sistema de trabajo forzoso distribuido
por las autoridades españolas a los hacendados locales,
a cambio de un salario a los indios y de procurar su cristianización.
Las denuncias de los dominicos, encabezados por Alonso de
Montesinos, fuera de plantear un profundo problema moral,
ponían en entredicho los derechos jurídicos
españoles para conservar el dominio de las nuevas
tierras, que se fundaba en la necesidad de catequizarlos;
amenazaban con crear dificultades políticas muy graves
en las islas, pues los sacerdotes se negaban a absolver
a los españoles culpables de malos tratos o de apropiación
indebida de bienes o servicios indígenas; y confirmaban
un fracaso que no podía seguir ocultando la Corona.
Por esta razón se ordenó la reunión
de una junta de notables, que expidió en 1512-13
las leyes llamadas de Burgos, que fueron adicionadas al
año siguiente en Valladolid. Las leyes de Burgos
equivalían en gran parte a consagrar la política
seguida hasta entonces, pero introduciendo algunas modificaciones
importantes 8. En el aspecto jurídico el sentido
del trabajo indígena se modificó: antes había
sido un servicio prestado por hombres libres, dueños
de sus propias tierras, a cambio de un salario, en un caso
en el que se juzgaba que la comunidad española no
podía sobrevivir sin las labores indígenas.
Ahora se fundamenta el trabajo indígena en la obligación
de reconocer el señorío político del
rey de España. El servicio que deben los indios al
rey es cedido por éste a los conquistadores, como
premio por los esfuerzos realizados en el descubrimiento
y sometimiento de las islas. Por otra parte, se reguló
cuidadosamente el trabajo de los indios, ordenando que debían
dedicar nueve meses al año al servicio de los españoles
y que un tercio debían trabajar en las minas. A los
españoles se les impusieron obligaciones de buen
trato a los indios, así como restricciones a los
abusos usuales; debían dar buena alimentación
a los indios, hacerlos trabajar únicamente de sol
a sol, etc., y en especial responsabilizarse por su catequización.
Este conjunto de leyes reguló la institución
ya que había recibido el nombre de |encomienda y
era un simple desarrollo del |repartimiento inicial. El
español que recibía los indios y se comprometía
a darles enseñanza religiosa recibía el nombre
de |encomendero y era el beneficiario de los servicios de
los indios, que eran denominados |encomendados. En sentido
estricto, la institución era una forma de disponer
del trabajo indígena y de organizarlo, con poca relación
con el sistema tributario o con el dominio sobre la tierra
-a diferencia del feudalismo europeo, donde el derecho a
obtener servicios feudales se derivaba de la posesión
en feudo de la tierra-. Pero en la práctica, tierra
y encomienda tendieron a trabarse íntimamente, y
varios elementos feudales comenzaron a surgir al calor de
la encomienda. Los colonos, al contar con una población
servil, podían satisfacer en forma muy clara algunos
de los valores de la sociedad española de la época.
Incluso si no eran hidalgos o nobles, los españoles
que recibían una encomienda quedaban liberados de
todo trabajo manual, lo que constituía ya un índice
de nobleza, y asumían en la práctica funciones
de mando sobre los indios encomendados. A pesar de que la
Corona, siempre cuidadosa al respecto, se negó a
transferir toda jurisdicción
-política o judicial- a los encomenderos y de que
el dominio sobre el trabajo indígena era independiente
de toda pretensión sobre la tierra, la encomienda
creaba un grupo social dispuesto a mirar en el pasado feudal
europeo la imagen de su propio futuro; un grupo que buscaría
consolidar su control sobre la mano de obra indígena
apropiándose de la tierra de los indios, tratando
de convertir a la encomienda de una concesión temporal
o simplemente vitalicia en algo hereditario y perpetuo y
haciendo lo posible por obtener jurisdicción señorial
sobre los indios. El conflicto entre los ideales absolutistas
de la Corona y las tendencias feudalizantes de los encomenderos
fue, por esta razón, una de las fuentes mayores de
tensión social y política en las Indias durante
el periodo de conquista. El poder de los encomenderos estuvo
reforzado, además, por el hecho de que ellos eran
usualmente los primeros conquistadores, los personajes más
notables de la colonia, los que concentraban los cargos
públicos locales y finalmente los que recibieron
más importantes donaciones de tierra de la Corona.
4. Gobierno y Administración Pública
Colón
había recibido, por capitulación, los cargos
hereditarios de |almirante, |virrey |y gobernador, y el
derecho a nombrar funcionarios judiciales. En 1493 recibió
además el cargo de |capitán general. Estos
empleos resumen las principales funciones estatales del
momento: como virrey y gobernador tenía poderes administrativos
y gubernamentales plenos; como almirante, el mando sobre
las flotas y como capitán general la autoridad sobre
el ejército. Al nombrar funcionarios judiciales la
jurisdicción penal y civil se derivaba también
de su mando. El hecho de que estos poderes fueren hereditarios
preocupó sin duda a la Corona, que renunciaba así
en parte a su prerrogativa de nombrar libremente a los funcionarios
de las tierras descubiertas. Pero en 1500 la Corona despojó
a Colón de sus cargos efectivos y nombró un
|gobernador libremente escogido. Este funcionario sería
en adelante el que reuniría los poderes de gobierno
y justicia en las zonas en proceso de conquista o recién
conquistadas, y la gobernación constituiría
la división administrativa inicial del imperio español
en las Indias. En 1511, luego de un pleito con el heredero
de Colón, se le entregó la gobernación
de lo descubierto por su padre, pero lo demás, o
sea la tierra firme, quedó bajo el control directo
del Rey. Al lado del gobernador, que en general recibía
su cargo mediante una |capitulación, se colocó
en algunas regiones un poder judicial independiente: en
1511 se estableció en Santo Domingo una |Audiencia
Real formada por |oidores (jueces) con derecho a fallar
los casos apelados a ellos de instancias inferiores y con
funciones consultivas en los asuntos de administración
y gobierno. La administración militar se mantuvo
en manos del gobernador, que recibía por lo tanto
en forma simultánea el título de capitán
general.
Los
españoles usualmente fijaron su residencia en las
Indias, de acuerdo con la tradición española,
en núcleos urbanos. Los conquistadores, tan pronto
tomaban posesión de un territorio, trazaban las calles
de una ciudad, distribuían lotes para vivienda entre
los conquistadores, daban parcelas en las afueras para huertas
y escogían las autoridades locales, que consistían
esencialmente en un cuerpo colectivo con funciones administrativas,
el cabildo, compuesto por un número variable de |regidores.
Estos eran elegidos inicialmente por el gobernador, pero
múltiples sistemas coexistieron al respecto: en muchos
casos el monarca nombraba regidores perpetuos, en otros
el mismo cabildo elegía anualmente a quienes iba
a sucederlo y en algunas ocasiones, aunque no muy frecuentes,
los vecinos de una ciudad tuvieron el derecho de elegir
a sus regidores. El cabildo se completaba con dos |alcaldes,
que eran jueces de primera instancia, elegidos por el cabildo
y a veces por el gobernador. El cabildo elegía además
a otros funcionarios locales, como el jefe de la policía
( |alguacil), el inspector de pesas y medidas ( |fiel |ejecutor),
el portaestandarte ( |alférez real) y el |escribano,
cargo que con frecuencia era vendido directamente por la
Corona. Las funciones del cabildo se reducían básicamente
a las medidas de beneficio urbano, al control de los aprovisionamientos
y a la distribución de tierras para las haciendas
de los españoles: esta última función
fue, como es lógico, de trascendental importancia
para consolidar una estrecha oligarquía urbana, pues
confirmaba, en estos años iniciales, la tendencia
a concentrar el poder social, político y económico
en manos de un grupo de los primeros conquistadores de cada
localidad. Al respecto debe indicarse que los cabildos distribuían
la tierra a nombre del Rey, pues éste tenía
dominio, como tierras realengas o baldíos, de todas
las tierras que no eran de propiedad indígena, y
sólo se reconocían usualmente como de propiedad
indígena las que eran efectivamente usadas en la
agricultura por las comunidades de indios. Así, toda
la tierra no indígena resultaba de patrimonio del
rey, y no salía de su dominio sino mediante un acto
de donación o merced hecho por el monarca o un agente
suyo; ni la ocupación, ni el despojo a los indios
daba título a la propiedad. Los cabildos, fuera de
distribuir tierras a los españoles, usualmente separaban
una porción para pastos y dehesas comunes ( |el ejido)
y otra para obtener algunos ingresos con su utilización
o arriendo ( |propios). Otras funciones importantes de los
cabildos incluían la fijación de precios,
la regulación de salarios y derechos por servicios,
y la representación de los vecinos ante las autoridades
superiores.
Dentro de las ciudades existía una diferencia entre
los |vecinos, que eran los propietarios de una "casa
poblada" en la localidad y que tenían derechos
cívicos plenos, y los |moradores en sentido más
general, que incluían a todos los españoles
residentes en la ciudad. Muchos no tenían un hogar
propio, y vivían como clientes o agregados de los
vecinos más acomodados, como soldados o mayordomos
de los encomenderos, etc. Los artesanos y demás miembros
de las profesiones consideradas como viles no eran habitualmente
vecinos, aunque tuvieran propiedades. En todo caso, la diferenciación
entre los vecinos y los moradores varió, sobre todo
en los primeros años, y hubo una fuerte tendencia
a limitar el uso de la expresión vecino a los encomenderos.
En
España el manejo de los asuntos de Indios había
estado inicialmente en manos del Obispo Juan Rodríguez
de Fonseca, consejero de Castilla, quien desde 1493 comenzó
a tomar decisiones sobre las nuevas tierras a nombre del
rey. El Consejo de Castilla, máximo cuerpo judicial,
conservó la jurisdicción sobre los pleitos
surgidos en las Indias. Desde 1504 se empezó a formar
un grupo de Consejeros del Consejo de Castilla, que se especializó
en atender los asuntos ultramarinos; en 1524 se conformó
oficialmente un consejo separado, que recibió el
nombre de |Consejo Real y Supremo de las Indias. Este organismo
preparaba los borradores de las leyes, despachaba la correspondencia,
emitía opiniones, proveía a los asuntos de
defensa militar y fallaba en última instancia algunos
pleitos apelables a España.
El
manejo de los asuntos económicos de la monarquía
fue inicialmente entregado a la llamada Casa de la Contratación,
situada en Sevilla. Pronto este cuerpo fue asumiendo las
funciones de control de las transacciones comerciales con
América y del movimiento de buques y pasajeros a
las nuevas posesiones. La Casa era la encargada de recaudar
los tributos aduaneros (almojarifazgo) y sobre la extracción
minera ( |el quinto), y en general de administrar los ingresos
reales, así como de controlar el monopolio de navegación
establecido para los españoles.
Todas estas instituciones, aun en el caso de que fueran
creadas únicamente para las Indias, nunca pretendieron
establecer jurídicamente una administración
colonial que subordinara las Indias a Castilla. Aunque económicamente
las relaciones entre España y las Indias adquirieron
todos los caracteres de subordinación colonial a
una metrópoli, jurídicamente la Corona consideró
siempre a las Indias como una parte integrante de las posesiones
reales, en pie de igualdad con cualquiera de los reinos
europeos; estrictamente, fueron considerados como parte
de Castilla y del patrimonio del rey de Castilla.
La
aprobación del territorio de Indias, sin embargo,
suscitaba un problema jurídico especial, por el hecho
de que las tierras descubiertas no se encontraban deshabitadas.
Los españoles tendieron a considerar, de acuerdo
con elementos de la tradición medieval, que era lícito
apoderarse de las tierras de los no cristianos, pero apoyaron
esencialmente su dominio sobre América en una bula
papal de Alejandro VI, que daba a Castilla el derecho exclusivo
a evangelizar en América, y para ello le confería
al monarca "plena y libre omnímoda potestad,
autoridad y jurisdicción" sobre las tierras
descubiertas. Pero después de 1511-12 los debates
sobre el tratamiento de los indios condujeron a una amplia
discusión sobre el origen de los títulos españoles
a la dominación de los indios y de sus tierras. La
Corona reafirmó como posición oficial la de
que el título derivaba del dominio universal del
Papa, pero trató de justificar la acción de
guerra a los indios por su negativa a aceptar pacíficamente
el dominio benevolente del Rey de España. Los conquistadores
recibieron instrucción de leer un texto, el "requerimiento",
en el que pedían a los indios la sujeción
pacífica, antes de poder hacer cualquier acto guerrero
contra ellos. Pero muchos juristas y teólogos comenzaron
a atacar desde diversos puntos de vista la posición
de la Corona. Algunos, influidos por la tradición
tomista, sostenían que los gobiernos paganos eran
legítimos y no era por lo tanto lícito despojarlos
de sus dominios por no ser cristianos; sólo en caso
de que fueran derrotados en una guerra justa -según
la definición del derecho de gentes- podían
perder sus señoríos. Otros justificaron la
conquista y sujeción de los indios con base en la
necesidad de convertirlos al cristianismo, usando incluso
la fuerza para someterlos. Bartolomé de las Casas,
un antiguo encomendero de La Española que se convirtió
en el más fervoroso defensor de los derechos de los
indios, afirmó que las bulas papales sólo
daban una tutela misional a los reyes españoles,
y que no existía ningún título legítimo
para despojar a los caciques indígenas de su autoridad
y sus posesiones, aunque podía hacerlo para establecer
algunas formas de tutela temporal10. Estos debates, aparentemente
esotéricos, tuvieron sin embargo mucha importancia,
y la política de la Corona hacia los indígenas
estuvo influida en parte por los avances de las discusiones
entre juristas y teólogos, conjuntamente con las
preocupaciones políticas por salvaguardar el derecho
español ante las demás naciones europeas y
con las consideraciones sobre la estabilidad a largo plazo
de unas colonias que no podrían sobrevivir, si se
permitía que la urgencia de lucro y la imprevisión
de los conquistadores destruyeran la mano de obra americana.