EUROPA
Y ESPAÑA EN EL MOMENTO DE LA CONQUISTA DE AMÉRICA
1.
La situación europea a finales del siglo XV
A
finales del siglo XV Europa se encontraba en un proceso
histórico cuyos elementos, en grados muy diversos,
se entrelazaron para hacer posible la expansión del
Viejo Mundo hacia territorios ignorados y el dominio de
nuevas poblaciones por los habitantes del Viejo Continente.
Así, aunque el descubrimiento de América fue
hecho a nombre de la Corona española, y aunque al
frente de la primera expedición iba un marino italiano,
no es posible captar los motivos del descubrimiento ni los
diversos factores que contribuyeron a hacer realizables
los largos viajes de los descubridores y a dotar de energías
y recursos a quienes se encargarían de vencer y dominar
a los pueblos indígenas de las zonas recién
encontradas, sin atender brevemente al conjunto de la situación
europea de finales del siglo XV1.
La
sociedad europea de la Edad Media ha sido caracterizada
como una sociedad feudal, en la que la organización
política se basó en relaciones personales
de fidelidad y vasallaje entre señores, y la vida
económica en la producción agraria de señoríos
rurales y en menor grado en las manufacturas elaboradas
por gremios artesanales urbanos. Todos estos elementos se
encontraban en profunda crisis a finales de la Edad Media.
El señorío, unidad económica agraria
fundada en la explotación gratuita, por parte de
la nobleza, del trabajo de los campesinos, que estaban obligados
a prestar a aquélla diversos servicios laborales
y a pagar tributos y rentas de varias clases, había
sentido desde el siglo XIII el impacto del desarrollo de
las ciudades. El crecimiento de las actividades urbanas
revitalizó la circulación monetaria en el
sector rural, aumentó las necesidades de ingresos
líquidos de la nobleza y ofreció un mercado
creciente para los productos del campo. Al mismo tiempo
socavó las bases de la servidumbre campesina, al
ofrecer a los trabajadores rurales un eventual refugio y
el logro de la libertad.
La
crisis económica que se extendió por el occidente
europeo a mediados del siglo XIV aumentó las dificultades
de los señoríos: hambrunas y pestes disminuyeron
drásticamente la población, estrechando el
mercado para los productos rurales y haciendo muy escasa
la mano de obra campesina. Ante esta situación, los
señores intentaron en muchos casos aumentar la explotación
de siervos y campesinos libres y elevar las rentas de la
tierra, lo que condujo a una violenta oleada de revueltas
campesinas, que si no amenazaron directamente el orden señorial,
pusieron al menos en crisis algunos de sus rasgos más
odiosos y condujeron a adecuar en alguna medida el sector
rural a las exigencias de un nuevo sistema económico.
La oferta de mejores condiciones hecha por los señores
para atraer campesinos a sus tierras y la violencia ejercida
por los habitantes rurales se unieron para cambiar radicalmente
la situación del campo, hasta tal punto que para
finales del siglo XV había desaparecido ya casi completamente
la servidumbre de la gleba en los países de Europa
Occidental, es decir, había terminado la obligación
de permanecer atado al suelo del señor y ligado a
éste por una relación de dependencia personal.
Por supuesto, la estructura social siguió siendo
rigurosamente jerárquica, y los señores conservaron
el derecho a recibir de los campesinos rentas, tributos
u otras clases de beneficios de origen feudal.
En
las ciudades, la crisis económica, que se prolongó
durante la segunda mitad del siglo XIV y gran parte del
siglo XV, condujo a una acentuación de las restricciones
gremiales tradicionales. Para mantener los precios y proteger
la producción se apeló a una reglamentación
cada vez más detallada de las labores artesanales
e incluso a la reducción de las cantidades producidas.
Al mismo tiempo, las oligarquías urbanas, formadas
por familias de comerciantes, financistas o maestros artesanos
exitosos, perdieron interés en las actividades artesanales
y comerciales, ahora menos lucrativas, y orientaron gran
parte de su energía y sus ingresos a la compra de
tierras, a la búsqueda de oportunidades de ennoblecimiento
y a actividades de consumo suntuario. Estas últimas
dieron pie para el florecimiento de las artes en muchas
de las ciudades de la baja Edad Media; el "renacimiento"
estuvo así ligado a las dificultades económicas
de este periodo de crisis.
El
clima de recesión fue acentuado por la situación
monetaria, caracterizada por una caída de la circulación
del oro y la plata. El aumento de los consumos suntuarios
de la nobleza y el patriciado urbano debía pagarse
con metales preciosos, especialmente en el Oriente, de donde
se importaban especias, telas y otros productos de lujo.
La producción de metales, especialmente de plata,
decreció bastante durante los años de la crisis;
a esto se añadió la disminución del
comercio con el Sudán, de donde se había obtenido
buena parte del oro que circulaba en Europa. Los precios
internos en Europa, impulsados por la disminución
de la demanda y la simultánea contracción
del volumen de metal en circulación, parecen haber
disminuido, lo que a su vez llevaba a nuevas disminuciones
de la producción, en un círculo vicioso que
sólo se rompería a fines del siglo XV.
La
crisis, no obstante, afectó a los diversos países
en forma muy desigual. Aquellos que habían desarrollado
sus economías urbanas en mayor grado, y que contaban
con un sistema artesanal gremial más firme, así
como con una economía más monetaria, parecen
haber sido los más afectados: éste fue el
caso de Italia, Cataluña y algunas zonas de los Países
Bajos. Pero donde era menor la vinculación con la
vida monetaria, donde las ciudades eran menos independientes
y las reglamentaciones urbanas y gremiales más débiles,
el efecto de la crisis fue menor. Así, el norte de
Europa respondió mejor a las nuevas condiciones,
y poco a poco Flandes e Inglaterra desarrollaron una industria
textil que comenzó a reemplazar la de Italia; en
esos países los empresarios industriales establecieron
sus talleres en el campo, o aprovecharon las horas libres
de los campesinos para realizar algunas etapas del proceso
de producción textil. España, productora de
lana, se orientó a aquellos países, como proveedora
de materias primas para su naciente sector industrial.
Tan
importante como la crisis económica fue el proceso
de pérdida de los poderes políticos y judiciales
por parte de los señores. En el sistema sociopolítico
feudal, buena parte de las funciones estatales había
pasado a manos de los nobles, que habían recibido
sus dominios en feudo de parte de un señor o monarca
al que se ligaban por obligaciones personales de fidelidad
y servicio. El desarrollo de la economía monetaria,
las dificultades de algunos sectores de la nobleza o su
agotamiento en guerras y rivalidades, el renacimiento de
ideales derivados del antiguo derecho romano, contribuyeron
a afirmar un proceso de fortalecimiento del poder de los
reyes, que se expresó en la recuperación de
la soberanía cedida a los señores feudales,
en la aparición de burocracias y ejércitos
reales y en el desarrollo de sistemas tributarios con alguna
eficacia. Estos nuevos estados, en los que el monarca tenía
una capacidad creciente de hacerse obedecer dentro de un
territorio que comenzaba a corresponder a una nación,
adquirieron así mayor capacidad para apoyar y proteger
empresas más costosas y audaces, como aquellas ligadas
a las nuevas aventuras imperiales.
Mientras
tanto, las actitudes culturales de los habitantes de Europa
habían cambiado bastante, sobre todo en las ciudades,
donde el influjo de comerciantes, financistas, pilotos,
geógrafos, etc., daba cierto énfasis a las
preocupaciones mundanas y disminuía la importancia
de las formas de pensamiento religioso. La cultura del "renacimiento",
que se afirmó inicialmente en los centros urbanos
italianos y se extendió a los demás países
de Europa Occidental, aunque llena de elementos contradictorios,
estuvo marcada por la crítica a la tradición
dogmática de la Iglesia, la búsqueda de nuevas
formas de religiosidad, la afirmación del individualismo,
el creciente interés por el descubrimiento de los
secretos del universo y del hombre y, por supuesto, por
el redescubrimiento de las letras y las ciencias de la antigüedad.
El
renacimiento de la ciencia experimental fue impulsado por
motivos muy diversos, que iban desde la afirmación
de una mentalidad más pragmática y la búsqueda
de soluciones a problemas concretos por parte de artesanos,
constructores e inventores hasta los esfuerzos más
místicos por hallar las más recónditas
claves de los secretos del universo, pasando por la especulación
filosófica que abría el paso a nuevas formas
de concebir la realidad. Pero hayan sido cualesquiera los
motivos, el hecho es que la ciencia y la tecnología
europeas se convirtieron hacia 1400 en las más avanzadas
del universo, superando las creaciones chinas o del mundo
árabe. Esta superioridad científica y tecnológica
europea sería decisiva en los siglos siguientes y
se haría cada día mayor; inicialmente, en
el contacto con nuevos pueblos, resultó crucial la
diferencia en dos áreas: la navegación y la
guerra. Es probable que la mayor sofisticación y
desarrollo de la tecnología agrícola hubiera
sido a la larga más importante para explicar el conjunto
de la evolución europea; en términos inmediatos,
sin embargo, los dos aspectos mencionados fueron decisivos.
Los avances en la navegación, que se manifestaron
en las técnicas de construcción de navíos
-modificaciones en las formas de los cascos y el velamen
y, hacia 1400, el uso del timón de cola, que dio
mucha maniobrabilidad a los buques- y en los conocimientos
geográficos y astronómicos, hicieron posible
lanzarse a alta mar y abandonar la limitación al
Mediterráneo y a las cercanías de las costas
atlánticas. Estos cambios, que abrían el Atlántico
a la actividad de marinos y descubridores europeos, irían
a afectar la posición de los estados occidentales,
al permitir a Inglaterra, Francia, España y Portugal
lanzarse a una actividad comercial que antes había
estado centrada en Italia. Por otro lado, las formas de
hacer la guerra fueron afectadas substancialmente con el
descubrimiento de la pólvora, realizado por los chinos
pero aprovechado en forma rápida y eficaz por los
europeos. Hacia 1320 comenzó el uso de los cañones
en Europa y unos 150 años más tarde se empezaba
a generalizar el de armas de fuego manuales. Las armas de
fuego y los avances en la navegación, unidos a otras
ventajas culturales como el uso generalizado de la escritura
y la disponibilidad de animales domésticos, en especial
el caballo, permitieron a los europeos lanzarse a una etapa
de descubrimientos y conquistas que inaugurarían,
hacia 1500, una fase completamente nueva del desarrollo
de la llamada cultura occidental: la de la expansión
de la civilización europea, el sometimiento de los
demás pueblos al dominio colonial por parte del Viejo
Continente, y la unificación creciente del mundo
bajo la tutela del capitalismo.
2.
El Reino de Castilla a fines de la Edad Media
España
no parecía, a finales del siglo XV, destinada a un
futuro muy brillante. Durante casi 800 años gran
parte de la energía de los pueblos españoles
se había desgastado en una lenta y larga lucha contra
los árabes, lo que había dado un carácter
peculiar a la sociedad y la mentalidad de los habitantes
de la península. Al mismo tiempo, no se había
logrado la unificación de la península bajo
un solo reino, y en su territorio existían todavía
las monarquías de Navarra, Portugal, Aragón
y Castilla2.
Castilla
contaba hacia 1500 con unos 6 o 7 millones de habitantes,
que ocupaban un territorio más bien árido
y poco productivo. Durante los siglos de la reconquista
la necesidad de poblar las zonas arrebatadas al enemigo
había dado pie para que la monarquía ofreciera,
en los periodos iniciales, condiciones favorables a los
campesinos, sobre los que nunca recayó una condición
plena de servidumbre, similar a la existente en otros países
europeos. Pero la nobleza recibió de todos modos
y en particular durante los dos últimos siglos de
la reconquista grandes territorios, principalmente en el
sur del país, con los que se constituyeron inmensos
señoríos bajo el control de órdenes
religioso-militares o de nobles o grandes prelados. Durante
la guerra con los árabes la nobleza adquirió
un ethos militar y religioso más bien hostil a las
actividades rutinarias de la vida económica. Acostumbrados
a vivir del botín de la guerra y a fundar su poder
en el dominio de la tierra, los nobles fueron adoptando
una mentalidad dominada por virtudes militares como el valor
y el honor. Esta mentalidad, además, se extendió
a amplios sectores de población distintos de la aristocracia,
como burgueses y artesanos, e incluso puede sostenerse que
llegó a permear a toda la sociedad española.
Dueños
de una tierra poco fértil y colocados en un ambiente
de frontera militar en el que la posibilidad de moverse
con facilidad era una notable ventaja, los nobles se dedicaron
con preferencia a la cría de ganado lanar, que encontraba
amplios mercados a causa del dramático crecimiento
de la industria textil europea. La introducción de
las ovejas merino de Africa hacia 1300 permitió mejorar
una producción ya muy rentable y la peste negra de
mediados del siglo XIV, al limitar la disponibilidad de
mano de obra, cargó aún más la balanza
en favor de la ganadería, menos exigente en este
aspecto que la agricultura. La monarquía castellana,
débil y enredada con frecuencia en complejos problemas
de sucesiones, sin una burguesía nativa capaz de
apoyarla en un eventual enfrentamiento con la nobleza, dejó
que ésta aumentara su dominio del campo castellano
y ampliara sus poderes políticos. El latifundio se
extendió hasta niveles asombrosos: se decía
que Leonor de Albuquerque podía viajar de Aragón
a Portugal sin dejar de pisar sus propias tierras, y se
ha calculado que la nobleza, que representaba menos del
3% de la población, tenía el control del 97%
de las tierras no eclesiásticas de Castilla y Aragón3.
Los propietarios de ganado lanar, por su parte, organizaron
asociaciones de criadores que en 1373 se unieron en la Mesta,
un cuerpo gremial investido de amplios poderes económicos
y judiciales. Para evitar que los agricultores entrabaran
la migración anual del ganado de un extremo de Castilla
al otro, la Mesta logró que se consagrara legalmente
la norma de que ninguna tierra utilizada alguna vez para
pastos pudiera dedicarse a la agricultura (1501), lo que
dio la victoria final a los ganaderos sobre los cultivadores
de trigo.
Pero
a pesar del fuerte dominio de la aristocracia sobre la población
castellana, abrumadoramente rural, algunos rasgos de la
sociedad eran profundamente diferentes de los de las sociedades
feudales europeas. Sólo en algunas pocas regiones
de la población rural era estrictamente servil y
estaba adscrita a la tierra.
En
la mayor parte de Castilla los campesinos eran libres -aunque
el límite entre servidumbre y libertad fuera muy
borroso e incluyera todo un continuo de etapas intermedias-
y usaban la tierra pagando a los titulares de los señoríos
diversos derechos y rentas y sujetándose, mientras
habitaran en la tierra del señor, a sus poderes judiciales.
Así pues, algunos de los rasgos del feudalismo -como
la existencia de poder político y judicial en manos
de los nobles dueños de señoríos, las
relaciones de vasallaje entre el monarca y los nobles y
las obligaciones de servicios y tributos de los campesinos
a los señores- estuvieron presentes en España,
y se acentuaron durante los siglos XIII a XV, pero la ausencia
de servidumbre total y de una rigurosa jerarquía
de vinculaciones personales entre el monarca y los señores,
así como el mantenimiento de algunas prerrogativas
de la monarquía, impidieron la consolidación
de un orden social y político propiamente feudal4.
La fuerza de la nobleza y la debilidad correlativa de la
Corona, sin embargo, nunca se consagraron en un sistema
constitucional que limitara explícitamente los poderes
del monarca. Las cortes -representantes de la nobleza, la
Iglesia y algunas ciudades- eran convocadas usualmente a
voluntad de la Corona, casi siempre cuando ésta requería
algún subsidio para corregir sus habituales déficit
o para iniciar una nueva campaña militar. Pero no
se requería la aprobación de las cortes para
promulgar nuevas leyes -aunque sí para derogar las
antiguas- , y la nobleza y el clero, exentos de obligaciones
tributarias, se desentendieron usualmente de las funciones
de las cortes y dejaron a las ciudades sufrir aisladas la
presión fiscal del rey, sin pretender utilizar un
organismo tal para formalizar y consolidar un poder de hecho
que parecía alejado de toda posible discusión.
El
escaso desarrollo urbano y la ausencia de incentivos para
el desarrollo de manufacturas -España tenía
ya un buen producto de exportación en la lana, requería
pocas importaciones y tenía una amplia industria
doméstica artesanal, casi toda para autoconsumo-
impidieron la formación de una burguesía amplia
y fuerte. Buena parte de las actividades comerciales y financieras
fueron asumidas por extranjeros, como los italianos o judíos.
Mientras la burguesía formaba un grupo débil,
la Iglesia había adquirido un amplio poder. La guerra
santa, religiosa y nacional al mismo tiempo, había
dado a las órdenes militares religiosas (las de Calatrava,
Alcántara y Santiago) inmensas riquezas y vastos
señoríos en las zonas que habían ayudado
a ganar para el cristianismo. Obispos y clérigos,
exentos de impuestos, acumularon concesiones y donaciones
hasta que los ingresos de muchos prelados se igualaron a
los de los más ricos nobles. El destino de la Iglesia
se fue confundiendo con el de Castilla. A falta de una unidad
nacional y cultural clara, se forjó sobre todo a
partir del siglo XIII una exaltada unidad religiosa que
adquiría ilimitado vigor con ocasión de cada
guerra o cada crisis nacional. Los judíos, tolerados
en la Edad Media a pesar de la legislación antisemita
de la Iglesia, se convirtieron en objeto del odio popular
desde las pestes del siglo XIV, a lo que se sumó
la animadversión de los grupos tradicionales hacia
quienes como prestamistas, usureros, cobradores de impuestos,
etc., controlaban el poder financiero y buena parte del
capital comercial. Muchos judíos, presionados, se
convirtieron al cristianismo y entraron a la burocracia
o al patriciado urbano y continuaron ejerciendo sus funciones
económicas tradicionales. Pero renovadas tensiones
y motines condujeron a las primeras normas de limpieza de
sangre en 1449, en las que se exigía demostrar que
no se tenía sangre de judíos ni de conversos
para desempeñar cargos públicos. Pese a esto
los reyes siguieron tolerando la presencia judía,
aunque los cristianos nuevos tropezaron con crecientes dificultades;
sólo el esfuerzo final de unificación nacional,
a fines del siglo XV, hizo que la Corona pusiera su fuerza
en las luchas contra los judíos, en un momento en
el que finalmente las metas de la nación se confundían
inextricablemente con los ideales religiosos; así,
en 1492 cuando la conquista de Granada eliminaba la última
posesión árabe en la península, los
judíos fueron definitivamente expulsados de España.
3. La situación de Aragón
El
reino de Aragón había tenido un desarrollo
histórico muy diferente al de Castilla. Menos poblado
(contaría quizás con 1.000.000 de habitantes
a finales del siglo XV), formado por Cataluña, Aragón
y Valencia, había consolidado entre 1270 y 1400 una
economía basada en la producción y exportación
de textiles. La monarquía, al servicio de un patriciado
urbano que cosechaba los beneficios del comercio textil,
emprendió exitosas aventuras imperiales, que le permitieron
incorporar en 1409 las islas de Cerdeña y Sicilia
al cetro aragonés. Las cortes de Cataluña,
Aragón y Valencia, apoyadas en el gran poder de la
burguesía y en una tradición feudal más
profunda que la de Castilla, se reunían con frecuencia
y lograron consolidar un sistema constitucional en el que
se definían claramente los poderes y obligaciones
de gobernantes y gobernados; las cortes gozaban de poderes
legislativos y para expedirse cualquier ley era necesario
el consentimiento mutuo del rey y las cortes.
Pero
Aragón, vinculado estrechamente a la economía
urbana del Mediterráneo, sufrió con dureza
la crisis de finales de la Edad Media. Ya para 1400 eran
visibles las señales de decadencia. La población
rural, disminuida por las pestes (el número de habitantes
de Cataluña pasó de unos 430.000 en 1365,
cuando ya había pasado la más violenta de
las plagas, a unos 280.000 en 1497) aprovechó la
coyuntura para debilitar los derechos feudales y mejorar
su situación. Una áspera lucha social se desarrolló
durante toda la primera mitad del siglo XV y culminó
en una guerra civil, de 1462 a 1472, a la que confluyeron
otros elementos de crisis. La industria textil se enfrentaba
a una creciente competencia europea y muchos de los patricios
urbanos prefirieron invertir sus capitales en tierras. Los
genoveses desplazaron en parte a los aragoneses del comercio
con Castilla y de las actividades financieras; el comercio
con el Mediterráneo se hallaba hacia 1450 en clara
decadencia. En el ambiente cada vez más cargado los
artesanos, pequeños comerciantes, obreros textiles,
etc., derribaron a la oligarquía de rentistas y comerciantes
que controlaban las instituciones municipales de Barcelona
e intentaron poner en marcha un programa de rígida
protección textil (1453). Tratando de transferir
los costos de la crisis al campo, el Rey abolió en
1455 los derechos feudales y la obligación de residir
en la tierra del señor. La nobleza esperaba una eventual
revocación de estas decisiones, pero la proclamación
de Fernando (el Católico) como heredero de Aragón,
en vez de su hermano medio Carlos, aliado de los nobles,
hizo perder esperanzas a la nobleza que se enfrentó
entonces con las armas a la monarquía. Una violenta
guerra civil se extendió por Aragón. Los múltiples
enfrentamientos -el Rey contra la aristocracia, señores
contra campesinos, grandes burgueses contra pequeños
burgueses y artesanos, familias rivales en busca de poder
local- dieron a la guerra un confuso carácter y la
hicieron muy destructiva. A consecuencia de ella el poder
real se consolidó y las medidas contra la nobleza
quedaron en pie. Sin embargo la crisis económica
se acentuó y Aragón resultó incapaz
de reconstruir las bases de su poderío comercial
e industrial.
4. La unión de Castilla y Aragón
Los
dos reinos de Castilla y Aragón eran los más
importantes de la Península Ibérica al finalizar
el siglo XV. Ambos habían incorporado varios reinos
y dominios más pequeños en su proceso de expansión
hacia el sur y Castilla, en especial, había afirmado
una voluntad de cruzada que podía ser puesta al servicio
de ideales de unidad nacional. Pero la unión de los
dos reinos hecha posible por el matrimonio de los dos herederos
-Isabel de Castilla y Fernando de Aragón- en 1469,
fue más la consecuencia de consideraciones dinásticas
que el resultado de confusas y tal vez inexistentes aspiraciones
nacionales. Cuando Isabel recibió el trono en 1474,
y Fernando el suyo en 1479, cada uno heredaba únicamente
el mando sobre su propio reino, sin que se considerara una
posible unificación de Castilla y Aragón.
Aunque Fernando e Isabel gobernarían en forma conjunta,
al final de su reino cada monarquía seguiría
independiente. En la práctica la unión, que
era teóricamente de iguales, resultó en la
subordinación de Aragón -el reino más
avanzado y moderno, pero más débil demográfica
y militarmente- a Castilla y a sus intereses. Y esto ocurrió
aunque fuera Fernando quien se encargara de la política
internacional, apoyándose en su mayor familiaridad
con las complejidades de esa naciente diplomacia renacentista
en la que, como lo revelara la obra de Maquiavelo, quien
consideró a Fernando un magnífico ejemplo
de ella, se advierte el triunfo de la astucia y la voluntad
de poder sobre la moral tradicional.
Los
nuevos monarcas, apoyados en su creciente poder interno,
lograron rápidamente la culminación de las
luchas de la Reconquista. En 1482 Castilla se apoderó
del Alhama, en 1487 cayó Málaga y en enero
de 1492 fue capturado el último reducto árabe,
Granada. En la exaltación del triunfo se ordenó
la expulsión de los judíos; así la
nobleza veía desaparecer el único grupo social
distinto de ella con algún poder económico
de significación. Los que quisieran convertirse podrían
permanecer en España, aunque quienes lo hicieron
se convirtieron con frecuencia en víctimas favoritas
de la Inquisición. La situación tenía
adicional ironía si se piensa que durante años
se había atacado continuamente a los conversos; ahora
se presionaba la conversión más o menos coactiva
de miles más. En 1502 el obispo Francisco Jiménez
de Cisneros impuso a los moros de Castilla la disyuntiva
de convertirse o emigrar, que muchos resolvieron con una
conversión aparente. Con esto se lograba al menos
nominalmente la unidad religiosa; ahora sólo quedaban
en España, fuera de los cristianos viejos, los "conversos"
judíos y los recientes conversos del Islam (los "moriscos");
algunos moros de Aragón, que eran fuerza de trabajo
de la nobleza, fueron tolerados hasta 1526. A cambio de
esta unidad religiosa, que iba a adquirir mucho peso en
la mentalidad de los españoles, sufría la
economía, pues la salida de unos 120 a 150.000 judíos
implicó el retiro de gran parte del capital comercial
y financiero y la pérdida de muchos especialistas
y artesanos, mientras que la expulsión de los árabes
que rehusaron convertirse acentuó la debilidad de
la agricultura española. La ausencia judía
fue especialmente grave y sólo pudo ser suplida en
parte por la intervención creciente de otros grupos
de capitalistas extranjeros. Genoveses, flamencos, alemanes
pudieron así adquirir en un momento u otro el dominio
de sectores claves de la economía española,
aunque los conversos, con su número recién
inflado, desempeñaron un continuo papel en tales
actividades y siguieron, por lo tanto, siendo víctimas
de la mentalidad anticapitalista de fuertes sectores nobiliarios
y de la sospecha acerca de la sinceridad de la conversión,
mantenida con impecable lógica por quienes habían
aprobado que se les obligara a adoptar la cristiandad5.
Tan
importantes como el fin de la reconquista fueron las modificaciones
que los Reyes Católicos introdujeron en la balanza
del poder interno de España. Aunque ambos monarcas
se mantuvieron aferrados al ideal medieval del buen príncipe,
cuya autoridad no está limitada pero que al orientarse
al bien común no puede chocar con las prerrogativas,
derechos y fueros de los gobernados, Castilla evolucionó
en un claro sentido autoritario, que aumentó los
recursos políticos de la Corona a costa de los poderes
de la nobleza y la burguesía. Aragón, gobernado
casi siempre en ausencia, afirmó por el contrario
los elementos contractuales de su constitución; con
esto los dos reinos se separaron aún más en
sus formas reales.
Etapas
decisivas en el proceso de afirmación de la autoridad
real en Castilla fueron las Cortes de Madrigal (1476) en
las que se creó un cuerpo permanente de policía
y administración judicial rural, la Santa Hermandad,
que logró pacificar el campo español, presa
de bandidos y vagabundos. Las cortes de Toledo (1480) dieron
un fuerte golpe a la nobleza, al exigir que devolviera la
mitad de todo el ingreso usurpado al rey por los nobles
desde 1464 (aprovechando sobre todo las guerras civiles,
en particular la que enfrentó a Isabel con la pretendiente
al trono, Juana la Beltraneja, entre 1474 y 1479). La importancia
de esto no debe exagerarse: les quedaba en todo caso la
mitad de lo usurpado, y pronto muchos nobles fueron compensados
por lo que debieron ceder. Además se instauró
un consejo real, el Consejo de Castilla, que reemplazó
a la nobleza en el ejercicio de las funciones políticas
de la corte. Esta medida refleja en forma justa el sentido
de la evolución de la monarquía, aún
más que la orden de devolución. Los reyes
querían esencialmente debilitar el poder político
de la nobleza, pero no estaban interesados en disminuir
sus poderes económicos y sociales. El Consejo de
Indias estuvo compuesto en su mayoría por letrados,
burgueses o plebeyos, usualmente fieles a la corona a la
que debían su encumbramiento y desligados de toda
solidaridad de clase con la burguesía o los sectores
populares. Ver en el ascenso de estos individuos un ascenso
burgués es optimista, como lo muestra la firmeza
con la que se enfrentó la realeza con los poderes
políticos de las municipalidades y las cortes. En
efecto, a partir de 1480 la corona nombró |corregidores,
delegados directos suyos, en casi todas las ciudades; estos
nuevos funcionarios limitaron de manera drástica
las funciones de los cabildos, la institución en
la que se expresaban los intereses autónomos urbanos.
Asumieron también muchas de las tareas judiciales
ejercidas antes o por el alcalde (nombrado por el cabildo)
o por el señor, en los casos en los que la villa
estaba sometida a un señorío. El sistema judicial
se completó con la formación de tribunales
reales para resolver los casos sujetos a una segunda instancia
(Audiencias).
Más
bien que disminuir, el dominio económico y social
de la nobleza sobre el sector rural aumentó; la reorganización
del estado hecha por la monarquía no había
sido hecha contra la nobleza sino más bien en alianza
con ella. Nuevas tierras fueron concedidas a los nobles
tras la conquista de Granada; en 1515 se confirmó
y extendió el derecho a establecer mayorazgos, lo
que reforzaba el orden estamental español. Además
los Reyes concedieron muchas hidalguías, una
política que iba en el mismo sentido de las
anteriores. En la jerarquía social española,
después de los "grandes" (unos 25, que
conservaban el sombrero en presencia del rey) y de
los nobles titulados, venían los hidalgos, exentos
como los anteriores de toda obligación tributaria.
Los hidalgos tenían derecho a ser tratados con el
título de "don" y constituían una
capa de nobles muchas veces empobrecidos; una gran parte
de la población española estaba formada por
hidalgos, y a esa parte se añadían cada vez
nuevos grupos, en premio de determinadas acciones o, después
de 1520, por compra del título. Este último
procedimiento, al ser utilizado por plebeyos enriquecidos,
sacaba de las listas tributarias a quienes tenían
precisamente con que pagar impuestos, y gravaba en
forma creciente al pueblo bajo y en especial a los campesinos.
Este hecho, junto con la prohibición a los nobles
de desempeñar oficios "viles", que retiraba
del trabajo productivo a muchos hidalgos recientes, acentuó
la crisis de la agricultura que la decisión de 1501
en favor de la Mesta no había hecho sino subrayar.
En
el terreno económico, la corona adoptó políticas
monopolistas: el tráfico de lana fue entregado al
Consulado de Burgos (1494), siguiendo antecedentes aragoneses,
con el objetivo adicional de facilitar el cobro de tributos
a una de las fuentes esenciales de ingresos de los reyes.
La industria, menos fácil de someter a un sistema
simple de impuestos, fue atendida menos por Isabel y Fernando.
España tenía un conjunto de industrias artesanales
bastante amplio, y una proporción muy alta de la
población castellana empleaba parte de su tiempo
en ellas, en su propio hogar o incluso como asalariados.
Fernando, siguiendo el ejemplo aragonés, trató
de organizar estas industrias en gremios, lo que iría
a dificultar su desarrollo. En un momento en el que los
gremios entraban en crisis en Europa, la adopción
de una política de este tipo, hostil a innovaciones
tecnológicas, disminuciones de costos y aumentos
de la producción, no podía ser más
inadecuada. Pero a pesar de que la política económica
de los Reyes Católicos no condujo a un desarrollo
importante de la producción española, excepto
indirectamente, en cuanto garantizaron un buen grado de
paz interior y en la medida en que apoyaron las expediciones
de descubrimiento y conquista de América, la política
tributaria fue mucho más exitosa: la corona aumentó
sus ingresos en forma extraordinaria y logró
en la práctica una plena independencia de las contribuciones
de las Cortes.
A
los anteriores aspectos de afirmación del poder real
se añadió la política relativa a la
Iglesia. Una de las más importantes medidas de los
reyes fue incorporar a la corona las órdenes religiosas
militares, colocando a Fernando como patrón. Con
esta medida se incorporaban al dominio real tal vez un millón
de vasallos y se ponían en manos de Fernando unos
1.500 cargos para premiar a sus amigos. En esta incorporación
se advierte el frío realismo con el que se manejaron
estos asuntos, evidente también en la pretensión
de Isabel de que el Papa se limitara a confirmar sus nombramientos
de obispos. Nada se logró en este sentido hasta 1486,
cuando Inocencio VIII, que requería la ayuda militar
y política de Fernando para apoyarse en Italia, dio
a los reyes el derecho de "patronato" -o sea de
seleccionar los obispos- en las iglesias que se establecieron
en Granada. El proceso siguió, y otra vez interesado
en apoyo en los conflictos italianos Alejandro VI concedió
en 1493 el derecho exclusive a evangelizar en América
-fuera de legitimar la autoridad temporal de los reyes españoles
sobre los territorios descubiertos- y en 1501 cedió
los diezmos que se cobraran en las nuevas tierras. Julio
II, el belicoso sucesor de Alejandro, entregó en
1508 el patronato sobre las iglesias de Indias y Adriano
VI dio a Carlos V en 1523 el derecho de presentación
de todos los obispos de España, con lo que se garantizaba
la subordinación política de la Iglesia al
estado español. Esta subordinación no representó
una gran prueba para la Iglesia. Más bien la fortaleció,
en la medida en que Isabel se esforzó por reformarla,
escogiendo con cuidado los obispos, colocando en las sedes
eclesiásticas a hombres severos e ilustrados, impulsando
la reforma de los colegios y los monasterios, en muchos
de los cuales se vivía sin disciplina ni moralidad.
Fue tal la decisión con que se hicieron las reformas
que se dice que un buen número de monjes en Andalucía
se convirtió al islamismo por no soportar los rigores
de la nueva disciplina.
Con
un estado más moderno y efectivo del que existía
pocas décadas antes, capaz de recaudar una elevada
tributación, de imponer su voluntad sobre nobles,
ciudades y prelados, España se encontraba en una
nueva situación a finales del siglo XV. La monarquía
había acumulado suficiente poder para apoyar con
decisión las empresas imperiales que pronto
se plantearían a España, en parte como continuación
del impulso de la misma Reconquista. La nobleza, beneficiada
con su poderío económico en aumento y por
la eliminación de los sectores burgueses, estaba
lista para empresas imperiales en Europa y para buscar beneficios
eventuales en la conquista de América. Por otro
lado, la orientación de la economía hacia
la ganadería favorecía la creación
de continuos excedentes de población sin empleo,
la aparición de gente dispuesta a toda clase de aventuras
militares y coloniales. La estructura económica española,
aunque no fuera muy sana ni pudiera transformarse fácilmente
para romper las limitaciones que en especial le imponía
la situación agraria, podía sin embargo
soportar una alta dosis de tributación. La experiencia
de la reconquista y la de los dominios aragoneses en Italia
dieron a España, tanto al prestar gran importancia
a las virtudes y habilidades militares y al orientar
buena parte de la población hacia ideales guerreros
como al conformar antecedentes para la administración
de colonias y poblaciones conquistadas, una experiencia
de la que se nutriría en el proceso de la conquista
americana. Por último, la conciencia de misión
y de cruzada y la religiosidad exaltada y febril derivada
de la lucha contra los árabes permitían
a los españoles colorear las más audaces aventuras
imperiales con los honestos matices del servicio a
Dios y a la cristiandad. Todos los factores mencionados,
de un modo u otro, se entrelazaron hacia el año
1500 para dar a España los medios y la energía
necesarios para la empresa americana.