| El
Cine en la Ultima Década del siglo XX: Imágenes Colombianas |
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Por
Luis Alberto Alvarez
Comenzando
la última década del siglo XX, el director y los intérpretes
de "Amar y Vivir", llegan en limosina alquilada a la première
de su película, con un gesto tan cómico como desamparado. Comenzando
la última década del siglo XX el cine colombiano reanuda su ciclo
de errores inveterados, sin aprender nada del pasado. Comenzando la última
década del siglo XX, la entidad estatal creada para hacer posible el cine
colombiano, es un ente inútil e intolerablemente costoso como otros muchos
que constituyen el Estado. Comenzando la última década del
siglo XX las perspectivas del cine colombiano son tan inquietantes y oscuras como
nunca.
Desde
los años veinte no ha dejado de haber esfuerzos por establecer una
cinematografía nacional colombiana. Estos esfuerzos se han polarizado casi
siempre hacia la creación de una industria pero sólo ocasionalmente
han buscado aplicar reflexiones sobre una identidad o expresiones de una posición
estética. En lo técnico, el país cuenta hoy con un número
cada vez mayor de personas con experiencia y habilidad, adquiridas sobre todo
en la producción de comerciales y aprendida en escuelas audiovisuales
internacionales. En cuanto a la temática, el cine marginal y el documental
político y antropológico, que en los años setenta logró
hablar un lenguaje propio y llamar la atención internacionalmente,
frenó su ritmo de producción hasta llegar, casi, a desaparecer.
Dentro de las exiguas estructuras comerciales, por otra parte no han faltado los
intentos de realizar algunas películas de prestigio y respetabilidad, con
el fin de buscar, por lo menos, éxitos morales en los festivales internacionales
y aprovechar la ocasión que éstos ofrecen de limitadas distribuciones
en el extranjero. Algunas de estas cintas lograron el objetivo, no carente de
importancia, de poner a Colombia en el mapa del cine, algo que hasta entonces
sólo habían logrado algunas producciones marginales y de agitación
política.
En
los años cuarenta y cincuenta se ensayó para luego enterrarse definitivamente
el esfuerzo de construir una industria cinematográfica comercial,
sobre el esquema de las existentes en México, Brasil o Argentina. Los nombres
de las compañías productoras de ese entonces, Ducrane, Patria Films,
Cofilma, Procinal, Pelco, son el eco lejano de algo que no logró desembocar
nunca en lo que pretendía: crear cine colombiano. En todos los países
del mundo la salida del esquema industrial de cinematográfico en busca
de perspectivas más personalizadas e independientes, está estrechamente
unida, tanto a un cambio de actitud estética como a las posibilidades ofrecidas
por la tecnología. El desarrollo de formatos económicos y de equipos
ligeros logró romper la barrera de una producción pesada, masiva,
necesariamente ligada a grandes capitales. Intentos como el de "La Langosta
Azul" de 1954, hecha por nombres hoy míticos como los de García
Márquez, Grau y Cepeda Samudio son, naturalmente, jugueteo amateur, pero
permiten detectar, por primera vez en el país, la necesidad de expresarse
a través del cine. Por otra parte, una película como "El Milagro
de Sal", realizada por el mexicano Luis Moya en 1958, es el único
ejemplo de la década de los cincuenta, narrativa y técnica relativamente
sólida y cuenta una historia de una cierta coherencia, identificable
con nuestra realidad. Sin embargo, la línea comercial de "El Milagro
de la Sal", no encontró continuidad en ese entonces. Sus herederas
son ciertas telenovelas de prestigio de nuestros días.
Un
momento importante llega en los sesenta. Se trata de una promesa fallida pero
que, esta vez, no está representada por proyectos o nombres de compañías,
sino por películas reales. José María Arzuaga y Julio Luzardo
se constituyeron con ello en los dos únicos "clásicos"
con que ha podido contar el cine colombiano hasta el presente. Arzuaga, sobre
todo, creó imágenes que siguen mostrando una enorme sensibilidad,
una aguda mirada sobre la realidad, que sólo se ha repetido en el cine
argumental en nuestros días, con Víctor Gaviria. "Raíces
de Piedra" (1962) y "Pasado el Meridiano" (1967), son películas
fracasadas por las precarias condiciones de producción, por la carencia
de colaboradores técnicos a la altura de las exigencias e ideas de
su director, con los clásicos fallidos del cine colombiano, insuficientes
en sí mismos pero, sin embargo, valiosos como testimonio e indicador.
En grado menor puede decirse lo mismo del cine de Julio Luzardo, más acabado
técnicamente que el de Arzuaga, más "presentable",
aunque varios grados menos sensible. "Tres cuentos colombianos" (1962),
realizada con Alberto Mejía y "El río de las tumbas completas"
(1964), complementan lo que podría considerarse el exiguo segundo cine
colombiano (el primero fue el mudo de los años veinte, tan difícil
de juzgar por su inaccesibilidad), que podría haberse constituido en simiente
de algo muy bueno y permanente.
Los
años sesenta y setenta están marcados en todas partes, pero muy
especialmente en el tercer mundo, con la aparición de los diversos cines
políticos y de lucha. La candente actualidad, la sensibilización
y la radicalización política en artistas e intelectuales, llevaron
al surgimiento de un limitado cine colombiano marginal, un cine de contrainformación
y de didáctica política, un cine de consigna, al mismo tiempo analítico
y emocionalizado. Los escasos productos de este cine, que habría que volver
a juzgar desde las nuevas perspectivas, llevaron al cine colombiano, por
primera vez, a foros internacionales. El encarcelamiento del realizador Carlos
Alvarez lo convirtió en símbolo mundial de una expresión
artística amordazada y durante mucho tiempo sólo su nombre (y poco
después los de Martha Rodríguez y Jorge Silva), fueron considerados
cine colombiano legítimo. Si el cine de Alvarez puede ser visto fundamentalmente
como coyuntural, Martha Rodríguez y Jorge Silva siguieron con el suyo un
camino propio de reflexión antropológica y política, un cine
de observación y paciente respeto de la realidad, que terminó en
ocasiones produciendo imágenes fuertes e inviolables. Particularmente
"Chircales" (1967/72) y "Nuestra voz de tierra, memoria y
futuro" (1982), poseen una permanencia humana y estética difícilmente
lograda por otros productores latinoamericanos. Una contrapartida de este
cine marginal, más marcado por ciertas tendencias de vanguardia, fueron
los documentales realizados en Cali por Carlos Mayolo y Luis Ospina. Cintas como
"Oiga Vea" (1971), a diferencia del cine marginal bogotano, observaban
críticamente la realidad pero con toque surreal, sarcástico y distanciado.
El
cine marginal tuvo un efecto inmediato en las tendencias comerciales: la presión
para obtener del Estado un apoyo a la creación cinematográfica,
a partir de la conciencia, cada vez más clara, de que era imposible hacer
un cine colombiano y competir con los grandes monopolios internacionales de exhibición
y distribución sin el fomento oficial. Surgió de ahí la ley
del sobreprecio a las entradas a los cines, con la obligación de exhibir
en cada sesión cortometrajes nacionales. Para algunos esta fue la ocasión
de experimentar, de practicar un lenguaje y de llegar a un público hasta
entonces inaccesible; pero para una gran mayoría (entre ellos el gran monopolio
nacional de exhibición), la nueva ley se convirtió en inesperada
fuente de ingresos. La producción de cortometrajes "de cuota"
de ínfima calidad fue enorme, y la junta de calidad establecida para aprobar
su exhibición se demostró incapaz de oponerse a las presiones de
todo tipo. La palabra "película colombiana" se convirtió
en maldición para millones de espectadores, obligados a la fuerza a ver
las cosas más ineptas y carentes de interés.
Un
segmento de sobreprecistas produjo incluso un estilo crítico-social, a
la vera de los marginalistas: películas como "Corralejas"
de Ciro Durán y Mario Mitrioti (1974); "El Oro es Triste" de
Luis Alfredo Sánchez (1972); "La Patria Boba" de Luis Alfredo
Sánchez (1972) y "El cuento que enriqueció a Dorita" de
Luis Alfredo Sánchez (1974), fueron panfletos de impacto inmediato, que
incluso llegaron a ser acogidos por festivales internacionales, pero cuya
entidad se desmoronó en muy poco tiempo. Esta generación de cineastas,
algunos de ellos educados en escuelas de cine del exterior, fueron la primera
generación con que contó luego Focine para la producción
de nuevos largometrajes en Colombia.
Pero
antes del establecimiento del fomento estatal al largometraje, gente como
Gustavo Nieto Roa intentó de nuevo la suerte dentro de esquemas puramente
comerciales, empleando para ello figuras popularizadas por los medios, especialmente
la televisión, e historias ligeras cómicas y melodramáticas.
El éxito relativo de algunas de estas películas no compensó
el esfuerzo productivo y dejó en claro que la estructura nacional de distribución
y exhibición no es apta ni siquiera para los productos locales más
comerciales. En la línea de Nieto Roa continuarían más tarde
profesionales de la publicidad como Manuel Busquets y Manuel José Alvarez,
sin que lograran mejorar las condiciones para un cine comercial de factura nacional.
Ciertos
directores, entre ellos algunos provenientes del sobreprecio, quisieron dar
el paso a algo que mezclara el atractivo comercial con el comentario sociopolítico,
evitando pretensiones estéticas. "Mamagay" de Jorge Gaitán
(1977); "El Candidato" de Mario Mitrotti (1978) y "El Patas"
de Pepe Sánchez (1978), son ejemplos de esta tendencia que no produjo nada
de interés y que, como siempre, se resquebrajó ante los obstáculos
de promoción, distribución y exhibición. En esta misma época
Ciro Durán hizo una serie de cortometrajes en 16 mm, que terminó
fundiéndose en un largo y que documenta la situación de los niños
bogotanos de la calle. "Gamín" (1976) es una película
ambigua, cuyo retrato despiadado de la realidad se mezcla con comentarios y aprovechamientos
oportunistas, que dieron su fruto en un éxito internacional inesperado.
Películas como "Gamín" son el blanco de la crítica
de la cinta "Agarrando Pueblo" de Carlos Mayolo y Luis Ospina (1977),
un ácido e inteligente comentario a la llamada "pomomiseria",
que estaba cundiendo en la producción cinematográfica del país,
sirviéndose de la moda tercermundista y particularmente latinoamericanista,
entonces viva en Europa.
Sólo
una película de largometraje intentó liberarse de las características
esclavitudes y funcionar con sus propios medios.
"Canaguaro"
(1981) del chileno Dunav Kuzmanich se convirtió en una especie de leyenda,
pero también en una respuesta para nada concreta y efectiva a las necesidades
del cine nacional. Es cierto que la cinta posee un cierto aliento épico
y momentos de veracidad e identidad ausentes de los largometrajes comerciales,
pero sus interminables defectos técnicos y narrativos prácticamente
la inutilizan y hacen de ella, una vez más, un paquete más de buenas
intenciones.
En
ese momento había ya mucha gente en Colombia que quería hacer cine,
trabajar dentro de una de las muchas posibilidades que el medio ofrecía
en lo técnico y en lo creativo. Máxime que cada vez habla más
gente preparada para hacerlo. Pero nadie sabía todavía cómo
debía ser este cine y, mucho menos, cuál era la manera de producirlo
y de hacerlo llegar a un público. De estos interrogantes y para hacer
posible un cine nacional. Focine vio la luz en 1979, con la tan difundida y peligrosa
teoría colombiana de que las cosas hay que hacerlas nacer y después
"se arreglan las cargas por el camino". De este tipo de nacimientos
surgen contradicciones insalvables, que en última instancia terminan
por destruir los mejores propósitos. En todo caso, la sola existencia de
la entidad posibilitó la realización de un número tan grande
de películas colombianas como antes no había sido posible.
Personajes
que llevaban años esperando su oportunidad, algunos de ellos preparados
en el exterior, tuvieron así la oportunidad de hacer su primer largometraje,
que en muchos casos ha seguido siendo el único. Francisco Norden pudo así
tocar el tema de la violencia colombiana, basándose en la novela de
Alvarez Gardeazábal. Su película "Cóndores no entierran
todos los días" (1984), probablemente no perfecta, pero sí
alentadora y con cualidades hasta entonces inéditas, dramatúrgica,
visual y temáticamente. Más decepcionante fue el arranque de
otro de los veteranos del sobreprecio, Luis Alfredo Sánchez. El, como otros,
siguió sintiéndose espantado por el fantasma económico, por
la amenaza de no poder recuperar lo invertido y su intento de mezclar fórmulas
atractivas con ciertos comentarios sobre el país en "La Virgen y el
fotógrafo" (1982) resultó fallido. Lisandro Duque Naranjo,
por su parte, inició una carrera en el largometraje comercial que, pese
a su irregularidad, ha sido la única que ha podido tener cierta continuidad
y considerarse coherente. Al "Escarabajo" (1982) le siguió la
interesante "Visa USA" (1986) con "Milagro en Roma" (1988),
gracias al sistema de prestigio internacional de la marca García Márquez,
pudo lograr incluso un cierto nivel de internacionalización.
Del
sobreprecio salió también Camila Lobo-Guerrero, con educación
visual y cierto talento para la comedia. Después de su primer largo, una
aceptable comedia, se vio envuelta en una "superproducción"
en los momentos más críticos de Focine y más oscuros para
el cine colombiano. Las grandes ambiciones (1990) de "María Cano"
concluyeron en un producto desequilibrado e insatisfactorio. Después
de haber comenzado como director de fotografía y con una alta capacitación
técnica, ejercitada como uno de los mejores creadores de imágenes
publicitarias del país, Sergio Cabrera buscó con su primer largometraje
"Técnicas de duelo" (1988), una comedia de nivel, salir de la
banalidad y el provincialismo del cine nacional. La cinta tuvo éxitos internacionales
pero nunca se estrenó comercialmente en el país y la segunda cinta
de Cabrera se quedó enredada en los problemas burocráticos de Focine.
Ya
desde el comienzo, la cinematografía del Valle del Cauca aprovechó
la política de fomento para lanzarse con entusiasmo a una manera propia
de hacer cine. El grupo caleño alrededor del escritor Andrés Caicedo,
educado en cineclubes y con mucho impulso creativo, comenzó por los
caminos del "Underground". En los años ochenta (cuando ya el
profeta Caicedo había fallecido), se lanzó al experimento del largometraje
comercial, con una mezcla de cine de género y de parodia intelectual que
no logró encontrar eco en el público. Luis Ospina realizó,
con excelente nivel técnico y una aproximación muy fría,
un comentario sarcástico a la terratenencia valluna en "Pura Sangre"
(1982). En la misma línea Carlos Mayolo con "Carne de tu carne"
(1983), creó un largometraje lleno de aciertos pero que se desmorona inexorablemente
después de un tiempo. Ospina no ha realizado ningún otro largo,
pero Mayolo hizo un apreciable ensayo de adaptación literaria en "La
mansión de Araucaíma" (1986), antes de dedicarse de lleno a
la serie televisiva de éxito "Azúcar" (1990), siempre
con las mismas variantes de su mundo personal y su entorno. Con apoyo de Ospina
y Mayolo, Carlos Palau (con experiencias problemáticas en el sobreprecio),
hizo la película "A la salida nos vemos" (1986), al parecer con
intenciones de evocación nostálgica. Desgraciadamente el resultado
se asemeja más a las comedias estilo Nieto Roa que a una declaración
personal.
Focine
intentó una apertura a mercados internacionales por medio de coproducciones.
"A la salida nos vemos" se realizó junto con Venezuela, y con
Argentina se hizo "El día que me quieras", una película
surgida en medio de las críticas más agudas a Focine, con un
alto presupuesto y con un resultado que refleja las presiones, los desequilibrios
y las crisis por las que debió pasar. Su realizador es otro valluno, Sergio
Dow, y la cinta tampoco llegó a los teatros. Notable fue el éxito
internacional de "Tiempo de Morir" (1985), una rígida puesta
en escena de Jorge Alí Triana sobre un viejo guión de García
Márquez. La película había sido producida en video y fue
repetida en 35 mm y realizada en coproducción con Cuba. Es una cinta
respetable cuya forma inicial, sin embargo, había sido más efectiva.
Después
de la primera ola de largometrajes la primera parálisis productiva llevó
a la búsqueda de nuevas alternativas. Interesante fue la producción
amplia de mediometrajes en 16 mm para televisión, una idea que les permitió
superar el ocio a muchos cinematografistas y técnicos y que dio oportunidad
de hacer experimentos sin restricciones comerciales, pero que dejó por
resultado un trabajo prácticamente aéreo, sin canales de difusión.
Porque la televisión colombiana le dio a estas películas una atención
muy limitada en todo sentido y otro tipo de distribución o exhibición
no existe para ellas en este país. En todo caso, la serie reveló
talentos vitales y si bien muchas de estas películas son insignificantes,
una cuantas tienen ya un lugar asegurado en nuestra precaria historia del cine.
Talentos de provincia como Víctor Gaviria en Argentina y Luis Fernando
Bottía en Barranquilla, le trajeron oxígeno temático y visual
a un cine marcado por los vicios de casi cuarenta años de televisión
centralizada.
A
la gran euforia inicial de Focine siguieron la crisis de reconocimiento,
las acusaciones, la burocratización, la inestabilidad laboral, los intereses
políticos, las fórmulas a medias y, finalmente, una parálisis
de la que no se acierta a salir. Uno de los aspectos más paradójicos
de la política de fomento en Colombia es que la actividad de Focine, más
que impulsar, ha terminado frenando la creatividad cinematográfica.
Las políticas de Focine reflejaban las insuperables contradicciones de
los mismos cineastas. Algunos conjuraban el espectro de la comercialidad,
la necesidad de hacer cosas vendibles para un gran público. Otros, en cambio,
veían en la existencia de la entidad del estado la oportunidad adecuada
para visualizar sus propios fantasmas y dar rienda suelta a sus necesidades expresivas,
sin tener que preocuparse demasiado por los riesgos económicos. Pero
el problema real no estaba en este debate, ya que cualquiera de las dos aproximaciones
puede ser aceptable dentro de una cinematografía que funciona. El problema
crucial fue la incapacidad de un gran elefante blanco burocrático, atendiendo
por su cuenta las soluciones prácticas e inmediatas que una producción
de cine requiere.
Definir
los problemas del cine colombiano en términos de antagonismo entre
"cine cultural" y "cine comercial", es desconocer la raíz
de la crisis. La dificultad reside en una falta de replanteamiento global
de la comunicación y de sus canales y en un tener en cuenta las fuerzas
que los mueven y controlan. Creo que al considerar el cine colombiano y sus eventualidades
no es posible limitarse a problemas de producción y distribución
o incluso de estática y lenguaje, descuidando el estado de conciencia
del público, las capacidades de recepción alteradas por los medios
que ese público consume. La política estatal de comunicación,
en la cual debe estar comprendido el cine, no sólo debe ocuparse de que
éste o aquel cine, conveniente, adecuado y útil para los colombianos
debe ser impulsado, sino intentar captar qué tipo de cine los colombianos
están en capacidad de ver, en su actual estado de conciencia.
Los
acontecimientos del país son exasperaciones de un espíritu que ha
penetrado en nuestra realidad por muchos canales. Una exasperación, sin
duda, de las condiciones sociales, de los urbanismos inhumanos, del hambre, de
las desigualdades abismales, de una ética que se quedó sin fundamento.
Pero son también exasperación de un espíritu que el
manejo descontrolado, ambicioso, irresponsable, cínico de los medios de
comunicación social ha contribuido a difundir. Hay que llevar a cabo una
discusión a fondo de la política medial. El descuido en que los
políticos y los gobernantes tienen estos temas, la carencia de expertos
que los informen adecuadamente, hace que la comunicación en Colombia sea
una jungla donde sólo los más astutos y arteros sobreviven. Es posible
que sea ya muy tarde para que el gobierno asuma su responsabilidad sobre los medios
de comunicación e intente devolverles su obvio sentido de servicios
públicos.
Otra
de las constantes paradojas es la evidente dificultad del cine colombiano para
contar historias por medio del cine. Una tradición literaria, retórica
en su peor forma, le cierra el camino a las historias puramente cinematográficas,
contadas con el insuperable grado de realidad que otorga la imagen del cine. Una
literatura de paisajes, de mitos, de metáforas, de fantasías y de
juegos de lenguaje, de objetos que no significan lo que son sino alguna otra cosa,
resulta muy poco adecuada a las necesidades de nuestro cine. Frente a una
literatura acogida universalmente, el lenguaje en imágenes cree tener
que seguir las huellas de ésta, ampararse bajo su sombra, para poder ser
atendido y tomado en serio. Nuestros mitos literarios se ven acartonados, falsos,
intolerablemente simbólicos cuando se trasponen a la pantalla.
El
síndrome García Márquez ha resultado, pues, canceroso y particularmente
paralizante para el cine latinoamericano en general y el colombiano en particular,
un cine que se siente inhibido para contar historias simples cotidianas, sencillamente
directas o de complejidad realista y psicológica, y obligado a acudir al
legendarismo trascendental cuando pretende crear arte cinematográfico.
Los administradores culturales, por su parte, sueñan con promover un cine
de ilustración de nuestras glorias literarias o patrióticas
y quieren para él los "grandes temas", pensando que sólo
ellos le darán carta de nobleza a nuestro cine, impidiendo así el
nacimiento de ideas fílmicas propias.
El
cine de identidad colombiana, el cine que refleja la realidad nacional, colectiva
o individual, el cine que rescata los modos de ser regionales, el espectro cultural
del país, el que identifica valores y antivalores y asume una actitud
crítica frente a la organización social, el que toma posición
ante hechos concretes o ante vicios o virtudes permanentes, el que propone,
sacude, polemiza, se indigna o entusiasma por cosas y hechos que para nosotros
son identificables y comprensibles, el que parte de los elementos, imágenes
y sonidos que tienen que ver con este país para crear propuestas estéticas,
ideas, narraciones, un cine colombiano, fundamentalmente para Colombia pero también
accesible y comprensible en otras esferas, es el cine que todavía estamos
en mora de crear.
En
mi opinión, "No Futuro" (1990) de Víctor Gaviria, es el
primer largometraje colombiano argumental que no necesita bastones literarios,
que refleja directa e inteligentemente la candente realidad urbana colombiana,
que se aleja de los vicios y clisés visuales e interpretativos y revela
en cada uno de sus aspectos la concepción de un director. Es una película
que abre perspectivas y posibilidades. He seguido muy de cerca la obra audiovisual
de Gaviria, como también la de otros realizadores colombianos de cine y
televisión y, con toda honestidad, tengo que decir que nadie como él
ha realizado una búsqueda ni presentado unos resultados tan concretos
sobre lo que podríamos llamar cine de identidad nacional.
Gaviria
ha sido el único director colombiano de cine de ficción (exceptuando
ciertos balbuceos de José María Arzuaga y los primeros trabajos
de Carlos Mayolo), en cuya obra es totalmente reconocible el hombre colombiano
y su entorno.
Se
cae en una trampa muy peligrosa al considerar que ciertos directores colombianos
de corte televisivo poseen un mayor "profesionalismo". El hecho de utilizar
con cierta seguridad rutinas de lenguaje repetidas, tomadas de esquemas establecidos
y fosilizados del cine comercial de todos los países, no puede ser el mejor
aporte para un cine colombiano legítimo. Es cierto que el trabajo con actores
naturales o en lugares auténticos presenta espinosas dificultades, que
no siempre tiene como resultado imágenes perfectas, pero esa manera de
hacer cine siempre ha contado con estos obstáculos. Pero en lo que se refiere
a calidad narrativa, conocimiento y uso del lenguaje cinematográfico, puedo
decir que el cine de Gaviria le lleva años luz a las "frases de cajón"
que ostentan nuestras películas de prestigio, "Cóndores no
entierran todos los días", "María Cano", "El
día que me quieras", "Tiempo de Morir".
Sin
embargo, esta discusión sería de importancia secundaria, si olvidáramos
que "No Futuro" ha sido la única película colombiana de
todos los tiempos que ha adquirido importancia como producto de comunicación
social. Ha sido vista espontáneamente en copias piratas y sin ninguna promoción
publicitaria en niveles que parecerían imposibles para otro cine: barrios,
escuelas públicas, colegios de todas las clases, sindicatos, universidades
y en su exhibición comercial ha sido vista de modo relativamente masivo
por un público que, por primera vez, se reconoce, reconoce su espacio,
su lenguaje, el mundo en el que vive. Este hecho es atribuible a la función
de reflejo que la película cumple con su exactitud documental. Ello es
el fruto de un delicado e importante trabajo, una búsqueda de autenticidad
en lenguaje y comportamiento que nadie había realizado hasta ahora
en este país. El folclorismo de "La casa de las dos palmas",
el paisismo, el vallunismo o el bogotanismo ficticio de las series televisivas,
se desbarata inmisericordemente frente al realismo y la veracidad de este tipo
de imágenes y sonidos. Comenzando la última década del siglo
XX, es necesario comprender que todas las estructuras mediales y audiovisuales
están estrechamente interrelacionadas y que, si bien no se puede pretender
crear un cine colombiano en el sentido de las cinematografías tradicionales,
sí es absolutamente indispensable una reflexión medial a fondo y
una organización racional de la expresión artística,
la información y el entretenimiento que utilizan los canales cada
vez más perfeccionados y cada vez más difíciles de controlar
adecuadamente de la comunicación. Es posible que ya no tengamos muchas
películas colombianas en los teatros de cine o en festivales internacionales,
pero es necesario que haya imágenes colombianas pensadas, útiles,
expresivas, que nuestro presente y pasado esté documentado y siempre presente
audiovisualmente, que el talento nacional deje de estar sumido en la perpetua
frustración. Comenzando la última década del siglo XX
no podemos darnos el lujo de ignorar estas necesidades.
Nota
bibliográfica
Historia
1.
MARTINEZ Pardo, Hernando. Historia del cine colombiano. Bogotá, Editorial
América Latina, 1978 El libro de Martínez Pardo incluye importantes
(aunque no siempre bien verificadas) investigaciones históricas, tomadas
en parte del trabajo de recopilación de Hernando Salcedo Silva. A pesar
de múltiples imprecisiones y de datar de un momento todavía embrionario
de la producción colombiana, sigue siendo una fuente indispensable.
2. ALVAREZ, Luis Alberto. Historia del cine colombiano, en Nueva historia
de Colombia, volumen VI: literatura y pensamiento, artes y recreación (director
Alvaro Tirado Mejía) Bogotá, Planeta Colombiana Editorial, 1989.
3. DUQUE, Edda Pilar. Crónica del cine en Medellín, en Historia
de Antioquia (director Jorge Orlando Melo). Medellín, Editorial Presencia,
1988.
4. ALVAREZ, Luis Alberto. El cine desde finales de los años
cincuenta hasta hoy, en Historia de Antioquia (director Jorge Orlando Melo). Medellín,
Editorial Presencia, 1988.
5. DUQUE, Edda Pilar. La aventura del cine en
Medellín. Medellín, Tesis de grado para la Facultad de Comunicación
de la Universidad Pontificia Bolivariana.
6. DUQUE, Edda Pilar. Veintiún
centavos de cine. Medellín, Autores Antioqueños, 1988. Edda
Pilar Duque ha realizado una extensa labor investigativa sobre la historia del
cine en Medellín, que ha plasmado en su tesis de grado, en el libro Veintiún
centavos de cine sobre el pionero Camilo Correa y en su artículo para la
historia de Antioquia. El suyo es el único trabajo existente de historiografía
cinematográfica regional y de importancia amplia por el papel que el cine
antioqueño tuvo en momentos claves del cine nacional.
7. SALCEDO Silva,
Hernando. Crónicas del cine colombiano 1897-1950. Bogotá, Carlos
Valencia Editores, 1981.
8. VALVERDE, Umberto. Reportaje crítico al
cine colombiano. Cali, editorial Toronuevo 1978.
9. Cinemateca Distrital.
Cuadernos de cine colombiano. Bogotá, desde marzo de 1981. Estas publicaciones
están emparentadas por ser recopilaciones de memoria cinematográfica.
El libro de Salcedo Silva cubre por medio de entrevistas la época pionera
del cine colombiano, con invaluables datos recogidos a manera de agradables crónicas.
El libro de Valverde está situado en la época del "Sobreprecio"
y de los primeros intentos de largometraje y entrevista a todos los protagonistas
creativos de ese momento. Los cuadernos de cine buscaron hacer monografías
de todos los directores colombianos que habían accedido al largometraje
y contienen entrevistas y filografías completas hasta el momento de su
publicación.
10. ALVAREZ, Carlos. El cortometraje de sobreprecio (Datos
1970-1980). Bogotá, Archivo Fílmico Colombiano, 1982. .
11.
ALVAREZ, Carlos. Una década de cortometraje colombiano 1970-1980. Bogotá,
Borradores de cine, 1982. Estas dos publicaciones son, en realidad, una sola.
La primera es oficial; la segunda contiene lo que fuera vetado por los editores
de la primera, ante todo un prólogo muy crítico del autor. Son indispensables
ambas para el período del cortometraje de sobreprecio.
12. SANCHEZ
Méndez, Isabel, Comp. Cine de la violencia. Bogotá, Universidad
Nacional de Colombia, 1987. Compilación de guiones colombianos (realizados
y no realizados), que giran en tomo al tema de la violencia política
13. Peter B. Schumann. Historia del cine latinoamericano. Buenos Aires, Editorial
Legasa, 1987. Schumann, el experto europeo más consagrado al cine de nuestro
continente, le dedica al cine colombiano un capítulo en el cual se subrayan
desequilibradamente la producción "marginal" y política
y se ignora olímpicamente cualquier otro tipo de actividad cinematográfica.
14. GUMUCIO Dagrón, Alfonso Colombia. Censura feudal, en Cine, censura
y exilio en América latina. Ediciones film/historia, La Paz Bolivia, 1979.
Importante enfoque sobre la historia de la intervención estatal y de otras
instancias en las producciones cinematográficas nacionales.
15.
Focine, catálogos varios. Con cierta regularidad la Compañía
estatal de fomento ha publicado catálogos de las películas
nacionales en cuya producción ha participado. Es fuente indispensable para
datos, fichas técnicas y artísticas y, en ocasiones, sinopsis.
16. SUAREZ Melo, Mario. Legislación cinematográfica colombiana.
Bogotá, Suárez Melo, 1984. Util recopilación de las diversas
legislaciones colombianas en el campo del cine. Recopilaciones críticas
17. RAMOS Garbiras, Alberto. Textos de cine 1977-1982. Cali, 1982
18.
ALVAREZ, Luis Alberto. Páginas de cine. Medellín, Universidad de
Antioquia, 1988.
19. LAURENS, Mauricio. El vaivén de las películas
colombianas (de 1977 a 1987). Bogotá, Contraloría General de la
República, 1988.
20. ALVAREZ, Carlos. Sobre cine colombiano y latinoamericano.
Universidad Nacional de Colombia 1989. Estas publicaciones son selecciones de
artículos escritos por sus autores en diversos periódicos y revistas.
Se trata, casi siempre, de reacciones inmediatas a la aparición de
las películas. Todos los libros están dedicados al cine internacional,
pero tienen una parte significativa sobre el cine colombiano. Revistas
21.
Guiones.
22. Cinemas. Estas revistas de los años sesenta tienen valioso
material sobre el cine colombiano de esos años, en uno de sus momentos
más prometedores (Arzuaga, Luzardo, etc.).
23. Ojo al cine. Cali de
1974 a 1977 (6 números).
24. Cinemateca Distrital. Cinemateca.
25. Compañía de Fomento Cinematográfico. Cine. Bogotá
1980 a 1982 (10 números).
26. Arcadia va al cine. Bogotá 1982
a 1987 (17 números). Estas revistas contienen el material informativo y
crítico más importante de la época más intensa del
cine colombiano. Este material es, con frecuencia, más profundo y significativo
que el de los libros. Ojo al cine, publicada por el grupo caleño de Caicedo,
Ospina, Mayolo y Romero, publicó una de las primeras cronologías
completas del cine colombiano. Intentó una continuación en
Caligari, revista que no subsistió. En Cali se publicaron también
algunos números de Trailer (dirigida por Umberto Valverde), donde también
se encuentran artículos críticos interesantes sobre el cine
colombiano. En Medellín Alberto Aguirre publicó durante un tiempo
Cuadro y ahora se está publicando Kinetoscopio, revista que ha comenzado
también a publicar artísticos sobre el cine colombiano. Hasta
el momento lleva ocho números.